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Comunista

LENIN Y LA REVOLUCION DE OCTUBRE (*)
                                                         Por GUSTAVO ESPINOZA M.
            Lenin aparece incontestablemente en nuestra época como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista… la revolución rusa constituye, acéptenlo o no los reformistas, el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”.
                        José Carlos Mariátegui. “Defensa del Marxismo”
Con alguna frecuencia se suele asociar la Revolución Socialista de Octubre a los hechos que ocurrieran en Petrogrado en 1917  y que abrieran camino al primer régimen soviético de la historia humana. Así, los cañonazos del Crucero Aurora, la toma del Palacio de Invierno y la aparición de Lenin en la tribuna del Congreso de los Soviets se entremezclan en imágenes sucesivas y nos proporcionan una visión heroica y triunfal de uno de los procesos más complejos y a la vez más ricos de nuestro tiempo.
Pero la Revolución Rusa, definida como uno de los grandes acontecimientos de la historia por nuestro Mariátegui, implica una expresión mucho más vasta que esa. Sus antecedentes se pierden entre los hilos del tiempo hasta llegar a la gesta de Espartaco, y su marcha se vincula forzosamente con el surgimiento y el desarrollo de la clase obrera y las concepciones del socialismo científico que encarnaran en su momento Carlos Marx y Federico Engels.
En el espíritu de lucha de hombres como Espartaco, en efecto, y en las ideas esenciales de Marx y Engels pueden y deben hallarse los eslabones más directos que condujeron a la experiencia revolucionaria rusa que queremos recordar esta noche en homenaje a la figura excepcional que la hiciera posible, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, definido por los historiadores como el revolucionario más consecuente y capaz de la historia humana.
En verdad, Lenin y la Revolución Rusa constituyen lo que podríamos definir, usando la expresión de Plutarco, vidas paralelas. Sus primeros pasos, pero también sus primeras derrotas y su posterior victoria y hasta su caída temporal, se anudan en un proceso social del cual se pueden extraer diversas lecciones. Sobre todo ahora, cuando, luego de los contrastes en la construcción del socialismo, el mundo parece estar regido por la voluntad del Imperio que atenaza los resortes del Poder en todas partes y amenaza a la humanidad entera.
De ese modo lo percibió Mariátegui, en su Defensa del Marxismo, pero lo resaltó aún antes, desde las páginas de Variedades en septiembre de 1923 cuando aludiendo al líder de los bolcheviques rusos, aseguró:
“Lenin es un revolucionario sin desconfianza, sin vacilaciones, sin grimas. Es, antes bien, un político ágil, flexible, dinámico, que revisa, corrige y rectifica sagaz y continuamente su obra. Que la adapta y la condiciona a la marcha de la historia”
Aunque se ha discutido mucho el papel de las masas y el de la personalidad en la historia, nadie puede negar que en los grandes procesos sociales el hombre y la multitud se amalgaman hasta hacerse una misma figura. Eso ocurre sobre todo en los momentos de cambio, cuando profundas  mutaciones sociales asoman y vigorosas personalidades  congregan multitudes y llegan a la conciencia de los pueblos, que es donde radica, precisamente, la fuerza de la idea.
Globalización e interdependencia.
Estudiar el pensamiento marxista en nuestros días, no es detenerse entonces en el análisis de una determinada etapa, sino descubrir un escenario en el que asoma en toda su dimensión la contradicción fundamental del régimen capitalista, la que deriva del carácter social de la producción y del carácter privado de la propiedad. 
Recordemos tan sólo que en el Manifiesto Comunista sus autores desarrollan como idea central una formulación que tiene en nuestros días una esplendorosa actualidad. Dicen, en efecto:
“La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del paìs, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local  y nacional que se bastaba a sí mismo y en donde no entraba nada de fuera; ahora la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece en la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones, vienen a formar un acervo común”
¿Alguien podría sostener en nuestro tiempo que esa realidad así descrita en 1848, ya no existe, que ella ha cambiado, y que la sociedad de nuestro tiempo se rige por otras leyes, diferentes a las definidas por los fundadores del socialismo, que el régimen capitalista es básicamente distinto en nuestro tiempo?
Es posible admitir que las formas de la dominación capitalista han variado, pero la esencia sigue siendo la misma. Y es que se basa en el carácter de la sociedad y plantea a los pueblos de hoy, las mismas tareas que a los de ayer y a los de mañana: acabar con la explotación humana y abrir paso a una sociedad más justa.
Apreciaciones referidas a los cambios en la estructura de la clase obrera, pueden ser válidas, pero ellas no niegan la existencia de las clases en el seno de la sociedad capitalista, ni la lucha entre ellas, Ni soslayan tampoco una verdad indiscutible: que la lucha entre las clases es la rueda de la historia. Esto, que fue señalado por Marx en 1852 en su célebre Carta a Waydemeyer, se confirma también en nuestro tiempo.
El itinerario de Lenin.
Hemos dicho que entre la Revolución de Octubre y la vida de Lenin se puede establecer un verdadero y estricto paralelo. Vamos a intentarlo ocupándonos luego de las áreas principales de la actividad revolucionaria y de las concepciones basicas del pensamiento leninista.  
La vida política de nuestro personaje se inició cuando tenia 17 años y  su hermano mayor, Alejandro, fue detenido por su participación en un complot terrorista orientado a acabar con la vida del Zar. Alejandro era, en efecto, un activista de “La voluntad del pueblo”, una sociedad secreta organizada para la lucha contra la autocracia que escogió el camino del terror individual para castigar a los opresores. Su táctica reservaba para el líder de la acción un papel heroico y sacrificado, pero adjudicaba a las masas populares un rol pasivo. En el fondo de esa concepción subyacía la idea errónea de que un pequeño grupo de conspiradores podría derribar al régimen y resolver los problemas de Rusia. Alejandro Ulianov fue ahorcado en marzo de 1887. Vladimir asimiló la experiencia y perfiló su propio derrotero. Objetando el accionar terrorista, dicen algunos historiadores que esbozó una idea básica: “seguiremos otro camino”. Y así fue, en efecto.
Que conoció las dificultades impuestas por la represión lo acredita el hecho que fuera encarcelado ese mismo año, el 5 de diciembre de 1887; que participara solidariamente en las primeras protestas obreras ocurridas en la región redactando los volantes que acompañaban sus luchas. Y, sobre todo, que estudiara prolijamente las obras de Marx que caían en sus manos así como los informes y análisis de la realidad rusa que lo ayudaban a comprender los fenómenos que discurrían ante él.
  
Sus primeros contactos con las figuras más destacadas del socialismo de ese entonces, le permitieron también conocer los grandes temas del debate de su tiempo. Debió descubrir y enfrentar pronto las deformaciones del marxismo que se expresaban a través de dos corrientes muy definidas: los llamados “marxistas legales” que buscaban el debate político, pero no la acción revolucionaria y los economistas, que no creían en el papel independiente de la clase obrera ni en sus luchas. A partir de allí, su vida fue una constante polémica que nunca ocultó. Describiéndola, en 1916 le diría a Inessa Armand: “desde 1893 vivo pasando de una lucha a otra, siempre contra la estupidez y la bellaquería política”.
Se refería, por cierto, a sus críticos constantes, los mencheviques, los oportunistas de uno y otro signo, los liquidadores y los reformistas. También, a los mixtificadores del socialismo que buscaban sorprender al pueblo con ideas equívocas.
Los principales hitos de su actividad revolucionaria coincidieron con sus prisiones y destierros. Y es que Lenin no fue un “revolucionario legal” ni consentido que gozó de las libertades burguesas, sino un combatiente que conoció diversos avatares de la lucha. Acosado por la policía, fue apresado por primera vez en diciembre de 1887 y debió enfrentar similares apremios incluso hasta la víspera de la insurrección de 1917, cuando salió de la ilegalidad para dirigir el alzamiento victorioso de Petrogrado.
Estando en Siberia, como se recuerda, tuvo lugar en 1898 el I Congreso del Partido Social Demócrata Ruso, celebrado en Minsk con la presencia de apenas 9 delegados que abandonaron sus funciones apenas concluido el evento. Asumiendo esa voluntad, sin embargo,  en colaboración con Jorge Plejanov, resolvió retomar la conducción de ese partido y fundar “La Iskra”, que salió a luz el 24 de diciembre de 1900. El siguiente paso, fue dotar a la organización partidista de una estructura, un Programa y un Plan de Acción que respondiera a las necesidades del movimiento. A ese reto corresponden las tareas de Lenin en torno al II Congreso del POSDR de 1903, a la célebre escisión con los Mencheviques y a su primera polémica política recogida en las páginas del “¿Qué hacer?”, libro fundamental para conocer sus concepciones básicas.
Tan decisiva fue esta etapa de la historia, que mucho después Lenin diría: “El bolchevismo existe como corriente del pensamiento político y como partido político desde 1903”
Un nuevo hito en la vida de Lenin estuvo ligado por cierto a la Revolución de 1905, considerado luego como el “ensayo general de la Revolución de 1917”. La heroica lucha de ese entonces, La insurrección del Potemkim en el mar de Odesa, las Barricadas de Moscú en el barrio de Vyborg, el surgimiento de los Soviets como órganos de auto gobierno integrados por obreros, campesinos y soldados, y el enorme avance de la conciencia revolucionaria de los trabajadores; fueron los elementos que cerraron esta etapa que puso a prueba no sólo la capacidad de acción de los revolucionarios, sino también su calidad política.
Vinieron luego los duros años de derrota, repliegue y dispersión del movimiento, del trabajo del enemigo por minar el prestigio y la autoridad del bolchevismo y descalificar a Lenin. El debate interno con los partidarios de Martov, Plejanov, Trotski, Bogdanov y otros, pero también la lucha desembozada contra todas las expresiones del revolucionarismo pequeño burgués –los “liquidadores” - que asomó con toda su crudeza al integrarse el denominado “Bloque de Agosto” orientado en 1911 a aislar a Lenin y a los Bolcheviques; estuvieron en esa ruta. La Conferencia de Praga de 1912 permitió superar la crisis y reconstruir el movimiento, pero también afinar la estructura política para colocar en disposición de librar la jornada victoriosa que se aproximaba.
La I Guerra Interimperialista, a partir de agosto de 1914 y el deslinde  con los líderes de la II Internacional; fue un factor decisivo para la recuperación del movimiento. Mientras las figuras formales del socialismo europeo marchaban de furgón de cola de sus burguesías locales insuflados por un patrioterismo desenfrenado; Lenin y los suyos lanzaban vigorosas proclamas y llamamientos para transformar la guerra y orientar los fusiles contra los explotadores en todos los países. Los escritos de Lenin recogidos bajo el título genérico de “El socialismo y la guerra” constituyen piezas esenciales para el dominio de la época.
Como lo previeron los Bolcheviques la guerra fue el resultado natural de la crisis de descomposició n del capitalismo, que incapaz de resolver sus contradicciones por vía pacífica, alentó el enfrentamiento y la rapiña entre Estados usando a los pueblos como carne de cañón. Esa guerra estaba llamada a debilitar la estructura de dominación. Y así ocurrió. Acarreó la crisis a todos los países y generó violentas convulsiones sociales. En ese marco, la cadena de la explotación imperialista se rompió por su eslabón más débil: Rusia. “El Imperialismo, fase superior del capitalismo” fechado en 1916, es una de las obras cumbres del período.
En febrero de 1917 cayó el régimen de los Zares, pero la gestión del Estado no fue asumida por el pueblo sino por diversos segmentos de la burguesía liberal soldada con el capital internacional. Febrero del 17 abrió en Rusia un periodo en extremo convulso, pero también riquísimo en experiencias y en lecciones políticas que permitieron que Lenin brillara con luz propia combatiendo en las condiciones más adversas.
Para comprender este periodo, hay que remitirse a las “Cartas desde lejos”, que Lenin enviara a Rusia desde su exilio en Suiza; pero también a las célebres “Tesis de abril” en las que se llamara a negar cualquier apoyo al gobierno provisional y a luchar más bien por la transformació n de la Revolución Burguesa, en Revolución Proletaria, es decir, socialista.
Es útil subrayar que este agitado periodo de la historia rusa conoció confrontaciones de todo tipo. Ellas asomaron incluso en el Comité Central del Partido Bolchevique, instancia que sólo una personalidad descollante, como Lenin, podía enrumbar. En esa circunstancia, alentando la insurrección armada ya en la orden del día, Lenin escribió:
“Para poder triunfar la insurrección debe apoyarse no en un complot, ni un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el ascenso revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascendente en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor”.  
La toma del Poder, la instauración del primer régimen soviético en la historia humana y la expectativa mundial que el hecho generó; cerraron un capítulo de la historia y abrieron otro: el de la construcción de un orden social nuevo, más humano y más justo. Pero esa tarea, pasaba por la necesidad imperiosa de cerrar los saldos que quedaban del pasado. Poner fin a la guerra de rapiña era el único modo de crear las condiciones para cumplir el Programa Bolchevique reducido a cuatro palabras mágicas: Pan, Paz, Tierra y Libertad.
Para conocer este periodo, resulta esencial estudiar las Actas del Comité Central tomadas entre agosto de 1917 y febrero de 1918. Con ellas se puede  comprender a cabalidad acontecimientos excepcionales, como las matanzas de julio, la preparación y ejecución de la insurrección de octubre del 17, la composición monocolor y unipartidista del primer del Consejo de Comisarios del Pueblo, la lucha de Lenin contra las corrientes diversionistas y la firma del Tratado de Paz con Alemania, herramienta decisiva para la afirmación del gobierno bolchevique. También, por cierto, los primeros avatares de la Guerra Civil que, iniciada en 1918, concluyera finalmente con la victoria del Poder Soviético en 1921.
En la azarosa lucha política Lenin encontró siempre enormes obstáculos y la oposición de, incluso, dirigentes de su propio Partido. Más de una vez sus posiciones fueron transitoriamente vencidas, pero no derrotadas. Lo importante es subrayar que nunca concilió con sus adversarios ni buscó “soluciones intermedias”. Presionado para aceptar las erróneas posiciones de sus críticos, optó por quedarse en minoría consciente que tenía la razón. A quienes confiaban en él los alentaba con sabias palabras: “aprendamos a estar en minoría, aclaremos, expliquemos, convenzamos…” dijo, pero nunca nadie escuchó de sus labios la expresión “conciliemos”.
Ya en diciembre de 1920. ante el VII Congreso de los Soviets, Lenin confesó públicamente que se sentía enfermo. Habían ocurrido muchos graves acontecimientos en el periodo. Uno de ellos, el atentado cometido contra él en agosto de 1918. El doloroso percance, el exceso de trabajo, la fatiga acumulada y la naturaleza de los problemas, incubó un cuadro delicado que hizo crisis y le generó una parálisis en marzo de 1922. Luego de un proceso fugaz de recuperación, la dolencia volvió a la ofensiva y lo dejó virtualmente paralizado. El 21 de enero de 1924 falleció, dejando un vacío que nadie pudo llenar.
La figura de Lenin pasó a la historia humana como una estela encendida. En su honor, Mariátegui pronunciaría un sentido homenaje cinco días más tarde, la noche del 26 de enero de 1924. El cronista de la época, que recogió las incidencias del acto, subraya que el Amauta sostuvo que el proletariado mundial se asociaba al duelo de los trabajadores rusos por la desaparición de esta gran figura del movimiento obrero.
 Para comprender mejor la trascendencia de la vida y la obra de Lenin, hay que ligarla ahora a los elementos esenciales de su concepción: la lucha por el Poder y la transformació n revolucionaria de la sociedad, el papel de la clase obrera, la formación del Partido Revolucionario, el rol de la prensa y la importancia decisiva de la lucha de las ideas en nuestro tiempo. Veamos.
La Toma del  Poder y la revolución.    
En su estudio “Gramsci y el leninismo” Palmiro Togliatti sostiene que Lenin aportó al marxismo tres nuevos capítulos: Una doctrina del imperialismo, como fase superior del capitalismo; una doctrina de la revolución y una doctrina del Partido.
En la base del pensamiento doctrinario leninista está la idea de la transformació n revolucionaria de la sociedad. Y ella se expresa, como se ha señalado ya, en la lucha contra el reformismo en todas sus variantes. No se trata de una “conclusión” a la que arribara el Jefe bolchevique al final de su experiencia, sino de una constante de la que partió desde un inicio, cuando se enfrentó con los “marxistas legales” y los economistas”, que resumieron sus concepciones en un “Credo” publicado en diciembre de 1900 en el que sostuvieron que el marxismo debía pasar a una fase nueva en la que “en lugar de perseverar en sus tentativas de lucha por la conquista del poder, se dedicará a transformar la sociedad existente con un espíritu democrático”.
La idea pareciera haber sido escrita ahora, hace poco, por los personeros de la izquierda legal, que han reemplazado la lucha revolucionaria por entendimientos de corte electoral en pos de ubicaciones parlamentarias, como si hubieran llegado a la conclusión de que la tarea no es ya hacer la Revolución en el país sino arrancar concesiones a la clase dominante desplegando una lucha “dentro” del sistema de dominación capitalista.
No necesariamente es malo para los revolucionarios intervenir en elecciones en una sociedad capitalista. Los Bolcheviques también lo hicieron desde 1908, y aún antes, alcanzando representació n en la vieja Duma de los Zares; pero no por eso renegaron nunca de la lucha, ni perdieron de vista el objetivo central que partía de una clara concepción revolucionaria. Y de eso tuvo conciencia Lenin desde el inicio de su accionar. Respondiendo entonces al Credo de los reformistas dijo:
“La lucha política y económica del proletariado forma un todo indisoluble. La tarea fundamental del Partido debe seguir siendo la conquista del poder para trasformar la sociedad burguesa en sociedad socialista”
Poco después, en el célebre Qué hacer, al tiempo que reivindicó el rol que jugaran los primeros social demócratas en Rusia, recordó que ellos, al ocuparse de la agitación económica, lejos de estimarla como su única tarea, se asignaban desde el inicio las más amplias tareas de la socialdemocracia en general, pero el derrocamiento de la autocracia zarista en particular. El tema de la transformació n revolucionaria de la sociedad estuvo presente siempre, y no sólo en una determinada circunstancia de la historia.
Y es que olvidar el tema de la lucha por el Poder o relegar a un segundo o tercer plano el indispensable debate en torno a la Revolución como camino de lucha de los trabajadores y objetivo central del Partido de Vanguardia, es simplemente capitular deshonrosamente ante el enemigo de clase, y admitir a perpetuidad la dominación capitalista. Lenin nunca cometió este error, y nunca tampoco renunció a situar los temas de debate en su real dimensión.
Hay ahora quienes sostienen que Lenin y sus compañeros no “tomaron el Poder” sino que éste “cayó sólo”, que fue necesario apenas “un empujoncito” para que se derrumbara el podrido edificio del zarismo y el régimen provisional, y que el Partido Bolchevique aprovechó más bien de la coyuntura para “apoderarse”, gracias a un “golpe de mano” de algo que virtualmente ya no existía. Nada más falso. No sólo porque el Partido Bolchevique ya en ese entonces era un verdadero Partido de Masas, sino porque tenía objetivamente la iniciativa política en una circunstancia en la que el país estaba trabado y millones de personas veían  como únicamente válida la alternativa que este ofrecía al pueblo. Por eso lo siguieron.
Los sucesos del 25 de octubre de 1917 de acuerdo al viejo calendario ruso, no fueron episodios imprevistos, ni sorpresivos, ni circunstanciales. Fueron el corolario natural de un proceso violento en el que una parte del pueblo impuso su voluntad a una minoría envilecida y en derrota que no atinaba a resolver los problemas del país porque estaba atada a los intereses del Gran capital. Fueron, en suma, el momento culminante de una Revolución.
Para Lenin, la Revolución fue siempre y esencialmente, una acción de masas y no el movimiento de pequeños grupos por revolucionarios o audaces que parezcan. La capacidad de los revolucionarios para ganar el apoyo del pueblo constituye la garantía de la justeza de su línea, pero también la antesala de su victoria. Cuando la Vanguardia es capaz de ganar para su causa a millares y a millones de trabajadores, está abriendo camino serio para la transformació n revolucionaria de la sociedad. Cuando eso no ocurre y cuando la izquierda desperdigada y en derrota no es capaz de unirse ni avanzar, entonces las posibilidades de éxito del proletario, simplemente se esfuman.
En las páginas de “El Estado y la Revolución”, aludiendo a las formas de lucha de los trabajadores, Lenin reivindicaba la acción de masas revolucionarias y la combinación de diversas formas de acción en la batalla contra el Capital. Pero fue aún antes, en Las Tesis de Abril, de 1917, cuando se refleja una realidad nueva: la lucha por el Poder dejó de ser una concepción estratégica insoslayable y se convirtió en una demanda táctica que los bolchevique debieron plantear de manera inmediata: la `transformació n de la revolución burguesa en revolución socialista.
La toma del Poder, la transformació n revolucionaria de la sociedad y la instauración de la Dictadura del Proletariado, no fueron frases, sino la enumeración de principios inabdicables.
Hay que subrayar, sin embargo que esta última expresión, la dictadura del proletariado, se ha prestado a diversas confusiones en el mundo contemporáneo en el que pululan dictaduras de la burguesía y del Gran Capital en las más variadas formas. Ha habido quienes, entonces han optado por usar esa expresión en su versión dialéctica asegurando –como es verdad-  que la dictadura del proletariado equivale a la democracia popular más amplia; del mismo modo que la democracia burguesa es tan solo comparable a la dictadura de clase de la burguesía. Otros, sin embargo, han renunciado a la formulación por pereza, por comodidad o simplemente por renuencia a enfrentar el debate de clase contra la burguesía y sus aliados.
Por eso se ha “puesto de moda” la idea aquella de que la dictadura del proletariado es ya “un concepto superado”, que la lucha de clases “ya no existe” y que el sindicalismo de clase “es una concepción obsoleta”  
La clase obrera, como fuerza fundamental
El centro del interés revolucionario fue, desde el primer momento, ganar la conciencia de los trabajadores.
En nombre del Proletariado Lenin inició la construcción del Partido y desarrolló sus concepciones básicas. En nombre del Proletariado condujo todas las acciones porque estaba convencido de lo que Marx había asegurado muchos años antes:
“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar”
Hay quienes sostienen hoy que la modernización capitalista ha hecho desaparecer a la clase obrera, que el proletariado, en consecuencia, ya no existe. Y que, por tanto, no resultan válidas las formulaciones marxistas en torno a la materia.
Que el proletariado de hoy es distinto al proletariado de hacer dos décadas, es absolutamente cierto como lo es también distinto el “modelo” de dominación que ha escogido  la burguesía para perpetuar su régimen. Pero esos cambios son naturales y no debieran sorprender a nadie. La clase obrera que en 1871 se alzó en la Comuna de Paris, no era ciertamente la misma Clase Obrera de la Revolución de 1848. Pero no se mantuvo tampoco estancada. En 1905, la clase obrera rusa que hizo las barricadas, era ciertamente diferente al proletariado francés de tres décadas anteriores. Y los obreros que hicieron posible la Revolución del 17, no fueron tampoco iguales al proletariado europeo después de la Segunda Guerra Mundial. En todas las etapas de la historia se registran cambios que siempre hay que tomar en cuenta, pero ellos no desnaturalizan las leyes sociales ni alteran el desarrollo mismo de las sociedades.
Mientras subsista la explotación capitalista, es decir mientras los mecanismos de dominación generen plusvalía, habrá un segmento de la sociedad que se enriquecerá con el trabajo ajeno. Unos serán los explotadores. Y otros, los explotados. La lucha entre unos y otros –lucha, y no concertación- será inevitablemente impuesta por la historia. Subsistirán entonces las contradicciones de clase y la lucha  entre las clases seguirá siendo el motor de la historia.
En el plano del accionar reivindicativo los trabajadores podrán discutir sus condiciones de trabajo y sus salarios con los patrones o el Estado; pero su lucha no podrá constreñirse ni limitarse al plano sindical o reivindicativo. Hay que devolverle al proletariado su condición de herramienta política básica y por lo tanto de fuerza –única fuerza- capaz de transformar revolucionariamente la sociedad.
Limitar a los trabajadores a la acción sindical y hacer de las marchas obreras un ritual reivindicacionista, sin educar políticamente al proletariado, sin discutir abiertamente con los trabajadores los problemas del país y sus deberes como clase; conducirá inevitablemente a la desmoralizació n y a la desmovilizació n del proletariado, a la conciliación de clases y al embellecimiento de la política de capitulación que caracteriza al sindicalismo amarillo. En el plano concreto, eso llevará a debilitar las fuerzas del movimiento sindical clasista y a fortalecer el reducto el esquirolaje y la traición.
El Partido Revolucionario:
Cuando le preguntaron a Lenin en lucha contra qué enemigos en el seno del movimiento obrero había podido crecer, fortalecerse y templarse el bolchevismo, respondió sin titubeo: “en primer lugar, y sobre todo, en lucha contra el oportunismo”.
El oportunismo en el movimiento obrero  es consecuencia de una política sin principios. Se expresa en vaivenes políticos y en “bandazos” “de izquierda” y de “derecha” que desconciertan al proletariado y abre paso a la derrota del movimiento, y en la renuncia a posiciones de principio.
 El oportunismo es también la secuela de la política de colaboración de clases. Se basa en la postración ante el movimiento obrero espontáneo que incuba la ilusión de una transformació n gradual del capitalismo. En el fondo, refleja el estado de ánimo de líderes apoltronados y conformistas, y de sectores medios de la sociedad capitalista que han alcanzado un determinado “sitial”, que les parece suficiente para vivir sin procesos convulsos. Buscan, entonces, “acomodarse”, en lugar de luchar. Y prefieren “esperar” que la situación cambie por sí sola. Cuando esa concepción toma forma en la estructura partidista, nos hallamos ciertamente ante el caso de la descomposició n moral y política del Partido de Vanguardia.
Cuando eso ocurre, la clase pierde el rumbo, los militantes no perciben el proceso que viven, ni tampoco cuáles son sus objetivos  esenciales. Reina la confusión y el desánimo y miles de activistas revolucionarios finalmente desertan o dedican sus esfuerzos a otras tareas renunciando objetivamente a sus deberes revolucionarios. Eso hace un profundo daño al proceso político nacional porque permite a la clase dominante consolidar fácilmente y sin mayor resistencia sus orientaciones fundamentales. Eso equivale, para decirlo en palabras de Lenin “a desarmar por completo al proletariado en provecho de la burguesía”.
La prensa bolchevique
Fue el 24 de diciembre de 1900 que salió a luz el primer periódico revolucionario ideado por Ulianov. La Iskra –“La Chispa”- tenía un lema indicativo: “De la chispa, brotará la llama”, decía premonitoriamente.
Para el combatiente, una prensa revolucionaria era un fin en sí mismo, pero también un instrumento para alcanzar otros fines. Cumplía su papel, pero contribuía decisivamente a crear conciencia política, formación ideológica y cultura entre los trabajadores y el pueblo. Para esa función, primero fue la Iskra, pero después muchas otras publicaciones del mismo corte, como la revista Zariá (Aurora) que publicó el primer artículo de Ulianov bajo el seudónimo de Lenin. También Volna (La Ola), Vperiod (Adelante), Novaia Zhins (Vida Nueva), Proletari y Pravda, entre otros.
En muchos casos se trataba de prensa ilegal pero tenía ese carácter no por voluntad propia sino por decisión de sus adversarios, que la perseguían con odio desenfrenado. No hay que olvidar, por ejemplo, que Pravda, entre 1912 y 1917 sufrió muy duros embates. Contra sus redactores fueron instruidos 36 procesos judiciales. Ellos, en promedio, estuvieron tras las rejas 47 meses y 5 días. El periódico fue clausurado 8 veces por el gobierno y de los 636 número que se editaron, 41 fueron simplemente confiscados.
En todos los casos, eran publicaciones que buscaban regularidad en las condiciones más adversas de la represión zarista, pero que cumplían funciones invalorables de educación y organización popular. Para ese efecto, Lenin tenía en diversas ciudades sus “corresponsales” , los célebres “comitards”,  verdaderos activistas que enviaban reportes, recibían la prensa y la difundían afrontando severos riesgos. A esa estirpe de combatientes pertenecieron hombres como Noguin, Piatakov, Rykov, Smilga y otros.
A ellos, que eran sus colaboradores de mayor confianza, les  inculcaba el amor infinito al trabajo revolucionario, la preocupación constante por los problemas y las tareas a enfrentar, los inducía a mostrar las cualidades más apreciadas en cualquier combatiente revolucionario: la capacidad de entrega, el sacrificio, la mística revolucionaria, la lealtad y la modestia. Los corresponsales fueron, en ese sentido, una cantera inagotable de recursos humanos no sólo para la prensa, sino también para el cumplimiento de todas las tareas revolucionarias.
Después de las experiencias de la prensa leninista se puede asegurar que si un Partido por voluntad propia carece de prensa regular, deja realmente de ser un partido de vanguardia porque no puede expresar una línea, trasmitir una orientación, ni está en condiciones ni en capacidad de llevar su pensamiento a los trabajadores y al pueblo.
Objetivamente, y sin presunción alguna, los integrantes del Colectivo Nuestra Bandera, que en febrero del próximo año cumpliremos cinco años consecutivos de publicación regular, podemos preciarnos del hecho que, sin ser un Partido ni pretender asumir tareas que no nos corresponden, hemos aportado al movimiento con una prensa de clase al servicio de los trabajadores-
La lucha de las ideas.
Un viejo aserto leninista nos asegura que “sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria” .
La frase tiene diversas aristas de interpretació n. Establece, en primer lugar, la relación estrecha que existe entre la teoría y la práctica. Pero, prioriza la fuerza de las ideas porque ellas son las que generan el accionar de los revolucionarios.
La teoría revolucionaria tiene distintas fuentes. La primera, es el análisis de la realidad. Hacerlo debe ser tarea constante y permanente de los revolucionarios.
No siempre es posible desarrollar estudios profundos de temas puntuales, pero es indispensable siempre estudiar el escenario político y sus implicancias, para distinguir el todos los casos dos elementos claves:
Cuál es el enemigo fundamental que enfrenta el país, y cuál el peligro principal que amenaza nuestra lucha.
Es claro que, en las circunstancias actuales, el enemigo fundamental es el imperialismo norteamericano, pero él se expresa gráficamente en la aplicación del modelo neoliberal que ejecuta la clase dominante y que sirve para esquilmar sistemáticamente a nuestro pueblo. La lucha contra ese modelo y contra el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, por ejemplo, no es una frase. Ni siquiera una consigna de agitación momentánea. Implica un accionar cotidiano, una práctica constante, una movilización permanente.
No se trata de repetir acciones a cada instante, lo que, por lo demás, no se hace, sino de convencer y persuadir a los trabajadores y al pueblo de que ambos -el neo liberalismo y el TLC- son instrumento de la dominación imperialista y remachan el subdesarrollo y la dependencia que nos ata a la administració n norteamericana. Para eso se requiere una labor permanente, constante y activa de discusión, debate, educación y persuasión. Un trabajo ideológico amplio y de gran envergadura que debe hacerse de un modo sistemático y organizado llegando en primer lugar y antes que nada, a la conciencia política de los trabajadores.
Este trabajo debe poner en evidencia también la esencia de la política imperialista en nuestro tiempo. La guerra de Irak, la política de expansión del Gran Capital, el bloqueo a Cuba, las amenazas sistemática de la administració n Bush contra pueblos y naciones y los peligros que se ciernen sobre el mundo de hoy deben ser constantemente abordados por las fuerzas de vanguardia y llevados al calor del debate a las asambleas de trabajadores, en primer lugar, y a las concentraciones populares también-
Igualmente hay que tener conciencia plena de lo que constituye la amenaza principal que se yergue contra el país. Ella es ciertamente el fortalecimiento de las tendencias represivas y mafiosas del régimen del Presidente García y sus aliados. Es público el hecho que el gobierno aprista ha pactado con la Mafia fujimorista y con todo lo que ella significa, y con las fuerzas más reaccionarias representadas en Unidad Nacional. Combatir a esas fuerzas obliga a los sectores avanzados de la sociedad a enfrentar la impunidad y la corrupción en todas sus variantes. Permitir que ella prospere, es abrir cauce a la restitución de un régimen neo nazi extremadamente peligroso para los trabajadores y el pueblo.
La unidad más amplia, es decir la unidad de todas las fuerzas democráticas y progresistas de la sociedad, constituye no sólo un deber esencial, sino también un apremiante reto. Pero esa unidad no puede ser una frase abstracta, sino una acción concreta, militante, activa, cotidiana, que no de tregua a nuestros enemigos y que levante el ánimo y la moral de nuestros combatientes.
Por eso hay que decir también en este caso que la unidad no es un fin en si mismo, sino una herramienta para alcanzar otros fines.
Llegar a ella implica tener una determinada concepción –es decir, una idea- del proceso peruano, pero también asumir un compromiso de lucha que resulta indispensable. Y es que la unidad puede ser la culminación victoriosa de una lucha justa, pero también un simple “compromiso” transitorio de fuerzas que ocultan tras palabras hueras su política electoral o su conducta oportunista.
En ningún caso se puede eludir el trabajo ideológico ni organizativo de las fuerzas de  la vanguardia. Ni tampoco la unidad puede  suponer una renuncia a los objetivos revolucionarios de las fuerzas más  avanzadas. Al contrario, las incluirían como una garantía de progreso en la lucha por la sociedad socialista.
Por eso esta noche hay que decirles, a los que olvidaron a Lenin, que su mensaje está vivo; y que nosotros, seguimos en la lucha.
Muchas gracias.
(*) Exposición en acto de homenaje a Lenin y la Revolución de Octubre convocado por el Colectivo de Nuestra Bandera y celebrado en la Casa Mariátegui la noche del miércoles 8 de noviembre del 2006
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