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Espacio de reflexión del pensamiento comunista, y de revaloración del legado marxista, leninista y de José Carlos Mariátegui

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31/05/2007

MARX Y MARIATEGUI: CONFLUENCIAS EN LA HISTORIA

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 Por GUSTAVO ESPINOZA M. (*)           

“Los tiempos pasados, amigo mío, son para nosotros un                                                                     libro de siete sellos” Goethe 

Volver a Marx y a Mariátegui es, como decía Goethe, abrir un libro de siete sellos. Pero no porque sus vidas pertenezcan al pasado, sino porque reflejan un mundo ya vivido, que retorna en nuestro tiempo al escenario de nuestras luchas, y asoma como un vigoroso reto para los hombres de hoy, y de mañana. Emprendamos la tarea.                

Y es que en pocas ocasiones como en ésta -el evento convocado por los Amigos de Mariátegui- surge la posibilidad de abordar un tema poco trabajado en nuestro tiempo: el que vincula las vidas de dos insignes personalidades que -cada uno en su momento, y en su contexto concreto- aportaron creadoramente al pensamiento universal, y hoy asoman cada vez más ligados al destino de nuestros pueblos. No se trata de forzar paralelos, ni de caer en la tentación de comparar ni de equilibrar a uno con otro, que son personalidades distintas; sino simplemente de perfilar las confluencias de la historia en un escenario muy vasto, que tiene como telón de fondo el combate de los trabajadores por la liberación y el socialismo.   Formalmente cabría reconocer, en efecto,  diferencias entre Carlos Marx y José Carlos Mariátegui. Aunque nacieron ambos en el siglo XIX, pertenecieron a épocas distintas.

El Titán de Tréveris –la pequeña aldea renana de la Alemania del oeste- nació en 1818, y murió a los 65 años de edad, en 1883, en Londres: En tanto, El Amauta, si bien conoció la vida a partir de 1894, vivió más bien plenamente la primera parte del siglo XX, y falleció antes de cumplir 36 años, en abril de 1930. Marx perteneció a una familia ilustrada. Aunque en el transcurso de su vida, y sobre todo en su etapa más creadora, debió afrontar penalidades materiales extremas que sólo alcanzó a vencer gracias a la colaboración solidaria de sus compañeros más cercanos entre los que sobresalió Federico Engels; tuvo notable formación académica que le permitió dominar los temas de la economía, la filosofía, la historia, la política y el derecho. Visitante asiduo de los ambientes universitarios y de las grandes bibliotecas, el autor de “El Capital” fue realmente un sabio, es decir un hombre de muy amplia cultura, vastos conocimientos, relaciones diversas y producción intelectual calificada. Bien se le podría considerar insuperable en el manejo de los temas cardinales del conocimiento. Nadie, en el Siglo XIX, brilló en el mundo a su altura. Y él mismo en la vastedad de su pensamiento, hizo honor siempre a la vieja sentencia de Terencio: “nada de lo humano, me es ajeno”. Mariátegui, hombre de méritos excepcionales en nuestro continente, tuvo otro origen y dificultades tal vez más profundas que afrontar. Enfermó de niño –como se sabe- y sufrió los efectos de un mal apabullante que finalmente lo privó de la vida a una edad temprana, cuando sobre su horizonte se erguía una vasta y creadora obra. 

Mariátegui no fue universitario. Antes bien, él mismo se proclamó extra universitario, y hasta anti universitario; porque recusó conscientemente la formación ritual, decimonónica y dogmática que proporcionaba la institución universitaria de su época. Impelido por la circunstancia, buscó obsesivamente la auto formación y se convirtió en el forjador de su propia personalidad y cultura. Abierto al mundo, sin embargo, pudo absorber fragmentos de la realidad europea, y conocer de fuente directa el pensamiento marxista. Identificado con las ideas socialistas desde 1918, pudo leer a Marx en alemán, y estuvo también en su país, entusiasmado por el coraje y arrojo del proletariado, cuyas acciones siguió después desde el Perú. Aún se recuerda, en efecto, que hincado por un internacionalismo consciente y definido, reseñaría las históricas barricadas de 1923 subrayando un concepto ciertamente novedoso para los peruanos de su época.

Cada uno de los obreros que cae en estos momentos en las calles  de Berlín o en las barricadas de Hamburgo, no cae sólo por la causa del proletariado alemán. Cae también por vuestra causa, compañeros del Perú” dijo emocionado la noche del viernes 2 de noviembre de ese año en los amplios salones de las Universidades Populares González Prada. Más allá de las distancias y de las diferencias, sin embargo, bien puede esbozarse una identidad entre estas figuras de la historia. Y es que si Carlos Marx es considerado hoy el Hombre del Milenio, Mariátegui se afirma crecientemente como el más destacado pensador marxista de América en el siglo XX. Ambos, ciertamente, son dos estrellas que brillan con luz propia en el firmamento revolucionario de los pueblos. Sin complejos, entonces, es bueno que alentemos la idea de subrayar las coincidencias que fluyen de la vida y la obra de estas admirables personalidades, expresiones muy altas del pensamiento humano. CUATRO COINCIDENCIAS BASICAS. Si nos detenemos en el análisis del proceso social, encontraremos que, entre Marx y Mariátegui, existen innegables coincidencias básicas. Nos ocuparemos de cuatro de ellas por considerarlas quizá las más netas y definidas, las que perfilan con mayor claridad, la identificación de estas señeras figuras. 

1.- Los dos arribaron al dominio del socialismo científico y lo convirtieron en su concepción del mundo y de la vida, en teoría y en doctrina, pero también en guía para la acción. Como un homenaje a Marx, hoy se considera expresiones sinónimas Socialismo Científico y Marxismo. Y es que la vida y la lucha de los pueblos han convertido a ambas, en similares.  Pero hay ciertamente una amplia gama del pensamiento socialista que careció de base científica y que los historiadores les adscribieron diversas denominaciones.  Incluso en El Manifiesto Comunista se habla del “socialismo reaccionario” considerando como expresión del mismo el llamado socialismo feudal, el socialismo pequeño burgués, y el socialismo alemán. Pero a continuación se distingue también el socialismo burgués o conservador y el socialismo y el comunismo critico, como expresión de “las primeras tentativas del proletariado para ahondar directamente en sus intereses de clase”. Y es que, a lo largo de un prolongado proceso de la historia, el pensamiento socialista no fue una doctrina, sino más bien un ideal. De alguna manera podemos verlo reflejado en la lucha de los oprimidos desde los primeros años de la historia. Espartaco, por ejemplo, simbolizó  este ideal no sólo con su vigorosa rebelión ahogada en sangre, sino también en sus anhelos primarios, pero muy sentidos. Ellos fueron alegóricamente recogidos  en el mensaje que el líder Tracio entregara a un romano, a quien nombrara Legado, encargándole trasmitir su mensaje al soberbio Senado.  Cuenta la leyenda, en efecto, que Espartaco llamó a un anónimo soldado  al que había capturado luego de una batalla, y le dio el Bastón de Marfil pidiéndole que trasmitiera sus palabras. La historia no ha reconstruido el texto aludido, pero Howard Fast da una versión literaria del mismo. Aunque la forma no se corresponda necesariamente con el original, sin duda recoge la esencia del movimiento liberador de los esclavos, fuente inagotable de todas las batallas humanas por la libertad y la justicia.  “Diles que ellos enviaron contra nosotros sus cohortes y que nosotros las hemos destruido. Diles que somos esclavos, lo que ellos llaman el instrumentum vocale, la herramienta con voz. Cuéntales lo que nuestras voces dicen. Decimos que el mundo está cansado de ellos, cansado de vuestro podrido Senado y de vuestra podrida Roma. El mundo esta cansado de la riqueza y el esplendor que vosotros habéis succionado de nuestra carne y de nuestros huesos. El mundo está cansado de la canción del látigo… Esa es la única canción que conocen los romanos…” Nosotros -dijo finalmente Espartaco imaginando su victoria-  “Construiremos ciudades mejores, limpias, ciudades sin muros donde la humanidad pueda vivir unida, en paz, y felizmente”. De ese modo se expresó desde aquellos años lo que constituye a través de la historia humana el ideal socialista, la idea que permanece y al que se aferran los hombres de nuestro tiempo asqueados ya del régimen de dominación capitalista, que ha tornado inmunda la vida de los hombres y se ha convertido en un verdadero reto para la especia humana. Marx y Mariátegui lucharon, sin duda por una sociedad más humana en la que fuera posible conquistar la libertad más plena y el acceso a todas las creaciones de la cultura, el arte y la vida. Un mundo en el que la especie humana pueda vivir unida, en paz, y felizmente. 

2.- Un segundo elemento a considerar nos lleva a reconocer que tanto Marx como Mariátegui fueron acentuadamente internacionalistas. Tuvieron una visión mundial de la política y no la consideraron nunca encerrada en los estrechos marcos nacionales. Marx nació en Alemania, pero vivió en Francia e Inglaterra, considerada como el laboratorio más calificado del capitalismo desarrollado. Y se solidarizó plenamente con la lucha de los trabajadores de todos los países. En sus escritos, habló con frecuencia del proceso político de la vieja  Rusia –en el que incubó fundadas expectativas-, Polonia, Bélgica. Irlanda, Italia y otros Estados Europeos; pero también La India, China y América. Estados Unidos generó también su atención al extremo que, en un momento y luego de la crisis de la Asociación Internacional de Trabajadores –la I Internacional-planteó la posibilidad de instalarla en ese país, como una manera de preservarla de las deformaciones que amagaban ya al proletariado europeo de la época, alentadas en el periodo por la prédica anarquista de los bakuninistas. El interés de Marx por determinados países puede comprenderse desde su posición doctrinaria. Abrigaba, en efecto, la idea que el socialismo como nuevo sistema mundial, sería posible sólo como creación de la Clase Obrera, que se abriría paso a partir del agotamiento de la sociedad capitalista. Dicho de otro modo Marx estaba convencido que para el triunfo del socialismo era indispensable un proletariado fuerte, numeroso, organizado y consciente. Y que esto, sólo podría surgir en el marco de una sociedad capitalista altamente desarrollada. De ahí -anota Ivanov- su interés particular por Londres, “emporio comercial e industrial del mundo”, donde vivió 33 de sus 40 años de actividad pública. Era allí, en efecto, donde recibía a sus visitantes –al decir de Pieper- no con saludos, sino con fórmulas económicas. Mariátegui, curiosamente, nunca fue a Londres. Su periplo europeo –tal vez por falta de recursos- estuvo distante de este laboratorio del capitalismo mundial. Buscó más bien otros escenarios: Alemania, Francia y, sobre todo, Italia, en donde más que la producción industrial, brillaba la conciencia obrera emergente que iniciaba sus luchas y su proceso de organización de clase. En la presentación de sus “7 Ensayos”, consciente de su evolución política, El Amauta diría en forma categórica: “He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América, sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”. Fue ciertamente el sentido internacionalista de su concepción política el que lo llevó a aceptar en 1919 la “invitación” que le formulara el gobierno de Leguía como una manera de alejarlo de aquí. Lo que el régimen de entonces no intuyó, fue el hecho que Europa, en lugar de alejarlo del Perú, lo acercó a él. Le permitió reflexionar acerca  de nuestra realidad y le abrió nuevos horizontes gracias a los que le fue posible comprender más cabalmente la naturaleza de nuestros problemas.  El tema, sobre todo en las condiciones concretas de nuestro país, puede prestarse a delicadas y aun acaloradas controversias. Hay quienes, en efecto, buscan contraponer internacionalismo y nacionalismo, como si fueran expresiones excluyentes. La maniobra no es nueva. La usó en su momento incluso Haya de la Torre, quien calificó a Mariátegui de “europeísta” y de ver “desde afuera” nuestra realidad. El APRA, como se recuerda, asomó en el escenario nacional en su momento como la “versión peruana del socialismo”. “El marxismo para Europa, y el aprismo para el Perú” pareció ser la síntesis del pensamiento de Haya desde los años aurorales del Antiimperialismo y el APRA, y fue la tesis que ofreció  a Zinoviev en los quiméricos sueños del Kuo Ming Tang Latinoamericano, en 1925. En el fondo, generaba una contradicción entre nacionalismo e internacionalismo, como si quien interpretara la realidad nacional, lo hiciera a expensas, y en detrimento de la cultura universal.  Podría considerase esa sutileza del debate como un fenómeno superado. Pero no lo es, por dos razones: porque ahora renace en el Perú un sentimiento nacional definido que toma forma incluso en el plano político; y porque, al mismo tiempo, se alientan en nuestro continente rivalidades de orden nacional, territorial o fronterizo que buscan enfrentar, en nuestra región, a unos países con otros. El tema del internacionalismo, entonces no es figura del pasado. Tiene enorme vigencia. Mariátegui, como se recuerda, no consideró contrapuestos estos conceptos. Es más, juzgó que el nacionalismo que en los países desarrollados jugaba un papel chovinista y reaccionario, y que podría incluso  servir de base al fascismo –como ocurrió realmente en Italia y Alemania y hoy sucede en buena medida en Estados Unidos; en   países dependientes como el nuestro adquiría otro signo y podía  ser incluso revolucionario porque se ligaba a la emancipación nacional, a la afirmación de los valores propios. Esta idea, le permitió precisar mejor el sentido de su política: nacional por su forma, pero internacional por su contenido. Para entender mejor el mensaje, podríamos referirnos a nuestra propia experiencia con el nacionalismo y sus proyecciones. Veamos, entonces ¿No fue acaso revolucionaria –dentro de los límites de la Revolución  Democrático Burguesa- la experiencia de Velasco? ¿No podría ser revolucionaria, en las condiciones de hoy, una política que impulsara transformaciones profundas en la estructura de dominación capitalista y ayudara a afirmar la nacionalidad y enfrentar la voracidad imperialista en una circunstancia como la actual cuando las fuerzas del Imperio buscan devorarnos con el modelo Neo Liberal y el TLC?  Y es que el nacionalismo bien entendido asegura la preservación de los valores propios, los aportes de la cultura nacional, los sentimientos y expectativas de nuestro pueblo Pero no puede contraponerse a la lucha internacional de los trabajadores porque el capitalismo opresor no es un fenómeno peruano, sino mundial. Y la lucha contra él no se constriñe -obviamente- a las fronteras nacionales. El Perú es un país muy rico en todas las expresiones de la vida humana. Pero, además, tiene historia, antiguas tradiciones, y cultura; que nos pueden llenar de un íntimo y legitimo orgullo nacional. No tenemos que envidiar a otros pueblos, porque no somos menos que ninguno. Pero tampoco somos más que ninguno. El orgullo nacional no puede llevarnos a incubar ideas de superioridad, con relación a otros pueblos que sufren al igual que nosotros los efectos de la dominación capitalista, que son víctimas de la voracidad y la perfidia de las oligarquías locales y de la expoliadora acción de los Monopolios. Todos quienes vivimos bajo la férula del imperialismo y la clase dominante, tenemos el deber de luchar contra ellos hasta vencer, y afirmar a partir de esa lucha, el diseño de una sociedad mejor en la que desaparezca la opresión capitalista y el trabajo asalariado. Mariátegui fue un abanderado neto de esa posición de clase. Y bregó resueltamente por alentar y promover la amistad y la solidaridad entre nuestros pueblos. Y cuando el imperialismo buscó explotar diferencias nacionales entre Estados de la región promoviendo conflictos armados, como ocurrió en su tiempo entre Paraguay y Bolivia, El Amauta dijo: “El deber de la inteligencia, sobre todo, es en Latinoamérica más que en ningún otro sector del mundo,  el de mantenerse alerta contra toda aventura bélica. Una guerra entre dos países latinoamericanos seria una traición al destino y a la misión del continente. Sólo los intelectuales, que se entretienen en plagiar los nacionalismos europeos pueden mostrarse indiferentes a este deber. Y no por pacifismo sentimental, ni por abstracto humanitarismo que nos toca vigilar contra todo peligro bélico. Es por el interés elemental de vivir prevenidos contra la amenaza de balcanización de nuestra América en provecho de los imperialismo, que se disputan sordamente sus mercados y sus riquezas”. ¡Cuánta sencillez y cuánta precisión la de nuestro Amauta! ¡Cuánta actualidad tienen sus palabras en nuestro tiempo, cuando comienzan a sonar tambores de guerra en el continente azuzados por el Imperio! Estados Unidos, y más precisamente la Administración Bush, traen a nuestras orillas conflictos de orden bélico para alinearnos en “ejes” en función de los intereses del Gran Capital. Habla por eso ahora de conflictos con Ecuador, de adiestramiento militar agresivo contra el Perú en Bolivia, de la ingerencia venezolana en nuestra política, de las antiguas diferencias con Chile. Cambia el tono, según la ocasión, pero la afirmación del sentido nacionalista de carácter patriotero y chovinista muestra las orejas sin rubor.  Bajo el pretexto de la “bandera de la patria”, uno de los más caracterizados sicofantes de la burguesía, pidió recientemente que instaláramos bases militares norteamericanas en nuestro suelo; y el gobierno de los Estados Unidos nos envía tropa yanqui que está ya en el Perú y permanecerá en actividades de orden bélico hasta el próximo 30 de septiembre. ¿Para encubrir eso sirve la prédica chovinista? Para enfrentar esa política, debemos afirmar el internacionalismo de Mariátegui, que fue también el de Marx, y que es finalmente el internacionalismo revolucionario del proletariado que no tiene odios nacionales sino la voluntad suprema de hacer justicia en su propio país acabando con los privilegios de clase de los explotadores, al margen de cuál fuera su nacionalidad. Debemos decir sin ambages, que nuestros enemigos no son –ni serán nunca- los trabajadores de otros países, sino los explotadores del nuestro y de los demás. Porque la lucha no es entre Estados, sino entre clases. Una guerra justificable, entonces, no será nunca la que enfrente a países y pueblos hermanos, sino a clases opuestas. Esto debieran tenerlo muy en cuenta sobre todo quienes se sienten comunistas, dicen serlo, o aspiran a llegar a ese nivel de definición humana porque Marx diferenciaba a los comunistas del resto del proletarios en una sola cosa: “los comunistas –decía- no se distinguen  de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientemente de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto” 3) Marx y Mariátegui se definieron con meridiana claridad en torno al tema de la Revolución Social como un fenómeno orientado a cambiar de raíz la estructura de dominación de la sociedad. El tema de la Revolución como fenómeno político nos retrotrae a un antiguo debate: la contraposición -que puede ser verdadera o falsa- entre reforma y revolución. Desde los primeros socialistas hubo quienes desestimaron la idea de cambios radicales en la sociedad. Unos los consideraron inviables, utópicos, imposibles, inevitablemente destinados a la derrota. Otros, simplemente los juzgaron innecesarios. Para los primeros, tentar un cambio radical, lucía inútil. Era algo así como un reto imposible, que no podía emprenderse por estéril. Para los segundos, era mejor impulsar cambios breves, pequeños, destinados a mejorar gradualmente la condición de los trabajadores en el marco de la sociedad capitalista. En otras palabras, resultaba mejor promover “reformas” que pudieran perfeccionar –podríamos decir, embellecer- la sociedad capitalista, en lugar de demolerla.

Estos fueron los reformistas. Marx luchó firmemente contra quienes levantaron la bandera de las reformas juzgándolos inoperantes y utópicos. Llamó a tomar distancia de ellos de un modo definido y claro. Y por eso alentó y promovió la organización independiente de los comunistas, la lucha revolucionaria del proletariado y el asalto al Poder. Alentó entonces, la Revolución. “La Revolución no sólo es necesaria –dijo Marx en La Ideología Alemana- porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundir la sociedad sobre nuevas bases” Y Mariátegui siguió escrupulosamente el mismo derrotero. No sólo polemizó abiertamente con Henri de Man, el más caracterizado exponente del socialismo reformista europeo de su tiempo, sino que se enfrentó a todas las variantes del reformismo incluso en su propio entorno. No hay que olvidar, en efecto, que tomó distancia del grupo de Luciano Castillo en el marco de los debates referidos al tema. Mariátegui fue partidario de la revolución social, y no afincó ilusión alguna en la posibilidad de  cambiar la sociedad a través de reformas. Pero tuvo una idea clara de lo que era una Revolución. Una Revolución -dijo- “no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución. Una revolución no se cumple sino en muchos años. Y con frecuencia tiene periodos alternados de predominio de las fuerzas revolucionarias, y de predominio de las fuerzas contrarrevolucionarias”. “La idea de la Revolución –insistió Mariátegui- es lo que ha salvado al proletariado del rebajamiento”. Hay que advertir, sin embargo, el peligro de una deformación. No es malo per sé luchar en el marco de la sociedad capitalista por reformas o cambios que mejoren la vida o la situación de los explotados. Hay que defenderse más bien de la idea de que esa lucha es el camino y la solución a los problemas de los trabajadores; y que agota, por tanto, el programa estratégico del proletariado. En otras palabras, la lucha por las reformas no supone en ningún caso la renuncia al trabajo por la revolución, por el cambio radical y profundo de las relaciones de producción. Las reformas pueden acelerar la revolución, o retrasarla; pero en ningún caso, reemplazarla. El tema se vincula adicionalmente a otro debate: cuando hablamos de un cambio radical -y violento- de la sociedad ¿estamos hablando siempre y en todos los casos, de formas armadas de lucha, de enfrentamientos físicos y materiales entre personas y de derramamiento de sangre? Ciertamente que no. Un cambio radical implica un cambio desde la raíz, es decir, desde la base misma de la sociedad. Marx lo dijo en su tiempo: “Ser radical, es comprender la raíz de las cosas”. Pero la idea de un cambio violento no implica necesariamente que éste se haga con métodos violentos. Significa sí que se procese de un modo ágil y rápido. Pero, sobre todo, desde posiciones de fuerza. En el fondo, el tema tiene que ver con otra discusión de largo aliento: la existencia de las clases, la lucha entre ellas y la llamada dictadura del proletariado, que sonroja a ciertos reformistas y escarapela el cuerpo a los oportunistas de todo pelaje, no obstante ser simplemente la democracia popular más amplia. Hoy hay quienes afirman temerariamente que la globalización capitalista ha atenuado, cuando no desaparecido, la existencia de las clases y la lucha entre ellas Como una manera de fundamentar el concepto, se han valido de argumentos supuestamente “universales”. Han dicho, por ejemplo, que fenómenos como la contaminación ambiental, el recalentamiento planetario, las catástrofes naturales o la falta de agua, existen “al margen de las clases” y “afectan a todos” independientemente de la clase a la que pertenezcan. Son problemas, dicen, que trascienden la lucha de clases, y la superan. Y eso, es rigurosamente falso. La contaminación ambiental no la generan los pueblos ni los trabajadores, sino los grandes consorcios industriales y mineros empeñados en succionar la riqueza de la tierra sin escatimar medios para lograrlo. En nuestro país, por ejemplo, es un hecho conocido que el centro metalúrgico de La Oroya está contaminado en extremo debido a las operaciones de la minera Doe Run. Hoy, allí, el 96% de los niños menores de 11 años tienen los pulmones atravesados por plomo ¿Es esto responsabilidad de los trabajadores, o de la empresa imperialista, expoliadora en esencia a la que el estado capitalista, además, de manera cómplice la libera de compromisos de protección al medio ambiente? El recalentamiento global ¿no es acaso consecuencia directa de la ampliación del hueco de la atmósfera -hoy más grande que el territorio de Canadá- y del debilitamiento de la capa de ozono que se produce precisamente por la contaminación ambiental y el uso de productos que dañan la naturaleza y el eco sistema? ¿Acaso no es sabido que las catástrofes naturales como las ocurridas en los últimos años en Indonesia y en los Estados Unidos, son la consecuencia natural de las agresiones hechas a la ecología? Y la falta de agua –los deshielos del ártico y de las zonas nevadas- ¿no son acaso otra cosa sino una consecuencia del recalentamiento global? Las grandes empresas, el gran capital, los monopolios, desarrollan una política de expoliación y contaminación que afecta a toda la humanidad y llevan al globo terráqueo al borde de su destrucción. Luchar en defensa de la ecología y el medio ambiente, por la protección de los recursos naturales y de la bio diversidad no sólo es una exigencia legítima sino también una manera calificada de desarrollar la lucha de clases defendiendo los intereses de los pueblos y enfrentando la ofensiva del capital. La lucha de clases no fue por cierto una maquiavélica invención del socialismo. Y no es tampoco un fenómeno pasajero que puede evaporarse como el agua sometida al calor extremo. La lucha de clases es una realidad vigente en el plano interno de cada país y en el escenario de nuestro tiempo. Y se expresa de manera dramática en los índices de miseria, desnutrición, abandono, atraso social, analfabetismo y otras lacras. Pero también en la política esquilmadora y agresiva del imperialismo contra los pueblos, en la guerra de Irak, en el suelo Afgano, en el bloqueo a Cuba, en el exterminio del pueblo Palestino, en los ataques a Hugo Chávez, en la campaña contra Ecuador y Bolivia.  

4) El cuarto elemento común entre las personalidades que abordamos es su identificación plena y absoluta con la lucha social. Carlos Marx fue ciertamente un teórico notable, pero fue al mismo tiempo un activista revolucionario de extraordinaria calidad. Consciente de la certeza de sus ideas, no se limitó a formularlas sino que trabajó por ellas activamente en la lucha concreta de los trabajadores. Tenía 24 años cuando emprendió la tarea de divulgar sus concepciones fundamentales publicando la célebre “Gaceta del Rin, que tuvo corta duración, pero que desempeñó un rol de excepcional importancia en la tarea de afirmar ideas de clase en la cabeza de los trabajadores. Y 30 años cuando, cuando vinculado ya a Federico Engels, entregó “El Manifiesto del Partido Comunista”, publicado en febrero de 1848. Hay que subrayar, sin embargo, que en todo ese periodo, el vínculo de Marx con la lucha del proletariado estuvo signado por el proceso de la historia. Recordemos, en efecto, que la Revolución Francesa de 1789 tuvo un periodo histórico muy corto y acabó anegada en sangre, envuelta en las vicisitudes del gobierno del Terror de Robespierre, las intrigas de José Fouché, y los afanes conspirativos del Directorio y Bonaparte. La etapa más convulsa -post revolucionaria- se desarrolló en Francia entre 1796 y 1815. Los estertores de la etapa concluyeron ese año con el retorno de los Borbones al trono de París bajo la forma de una monarquía constitucional. La realeza fue repuesta en sus funciones luego del Congreso de Viena, y ello permitió comprobar que los desterrados de Coblenza, al decir de los críticos de la época, en sus años de destierro nada habían aprendido, y nada habían olvidado. La dulce Francia volvió a los años dorados de la corte, pero el proletariado persistió impetuoso en la lucha por una sociedad mejor. Una contradicción de esa magnitud entre los intereses de unos y de otros, no podía resolverse sino a través de la fuerza. Y ella se abrió paso a partir de la constante agitación social vivida sobre todo entre 1842 y 1848. Ella no ocurrió sólo en el antiguo territorio de los Galos, sino también en la Germania. De ese modo, Francia y Alemania vivieron una etapa convulsa que permitió cambios súbitos en la conducción del Estado. En el centro de ese proceso estuvo la Revolución de 1848 que, desde París, finalmente restauró La República y puso el Poder en manos de la burguesía. Fue esa una etapa de complejas luchas en las que el proletariado buscó afanosamente abrir paso a demandas legítimas en el marco de una crisis profunda que asoló el viejo continente. La hambruna extendida generó agudas tensiones internas, pero también conflictos de frontera entre diversos Estados. Revoluciones y guerras asomaron en el escenario dando la impresión de un inminente estallido de proporciones colosales. Las grandes capitales de los países capitalistas vieron muy de cerca distintas expresiones de la lucha de clases al extremo que Flaubert pronosticaba que, a la cabeza del Imperio Otomano, Constantinopla se convertiría en los próximos cien años en la capital del mundo. Marx y Engels, actores del proceso, se involucraron abiertamente en la acción de los pueblos insurgentes, pero sobre todo en las luchas de los campesinos y los obreros empeñados en forjar un nuevo orden social. En ese contexto, la represión desplegada por la Clase Dominante, no se hizo esperar.  Marx fue obligado a abandonar Francia en tanto que Engels tomó las armas para participar en las revueltas de la época. Entre 1848 y 1851, cuando resonaban en el viejo continentes las solemnes profecías del Manifiesto Comunista las masas combatían en las condiciones más adversas  haciendo frente a una brutal represión. Expresión nítida de ella fue sin duda el Proceso a los Comunistas de Colonia, de 1852, incoado originalmente contra Marx y sus colaboradores más inmediatos. Fue esa la primera experiencia en el mundo de un supuesto “complot comunista”. 75 años más tarde, en junio de 1927, la teoría del “complot comunista” fue usada por primera vez en el Perú contra José Carlos Mariátegui y sus compañeros. La actitud de Marx ante el Proceso a los 11 comunistas de Colonia y la de posición de Mariátegui ante el presunto complot comunista del 27, fue muy parecida. Marx puso en evidencia el carácter deleznable de las acusaciones contra sus compañeros. Y Mariátegui hizo exactamente lo mismo en una recordada carta redactada desde el Hospital Militar de San Bartolomé, donde fuera transitoriamente confinado. Allí, como se recuerda, aprovechó para desmentir el infundido del Ministerio de Gobierno de entonces subrayando si distancia de “todo género de complots criollos de los que aquí puede producir todavía la vieja tradición de las conspiraciones. La palabra revolución tiene otra acepción y otro sentido” Marx y Mariátegui tuvieron en muy alta estima, sin duda, el papel de la Clase Obrera como la fuerza revolucionaria como excelencia y constructora de la nueva sociedad. Ella, decía el autor de “El Manifiesto” “no puede emanciparse ya de la clase que la explota y oprime, de la burguesía, sin al mismo tiempo emancipar para siempre y por entero a la sociedad de la explotación y la opresión”. El Proletariado era, en esa concepción, la garantía de la victoria, y del futuro. El papel del proletariado fue subrayado con meridiana claridad por Mariátegui en su “Defensa del Marxismo. “No creemos –dijo- que la empresa de crear un nuevo orden social incumba a una amorfa masa de parias y de oprimidos guiada por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo no se alimenta de compasión ni de envidia. En la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y lo heroico de su ascensión, el proletariado debe elevarse a una moral de productores”. “El proletariado -añadió- no ingresa en la historia política sino como clase social; en el instante en que descubre su misión de edificar, con los elementos allegados por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden social superior” Fueron similares, entonces las opiniones de Marx y de Mariátegui en torno a la Clase Obrera, a su papel en el proceso social, a su organización política y a sus luchas, a sus tareas esenciales y a sus formas de acción. También, ciertamente en el análisis de la perspectiva del movimiento, cuando, finalmente, sea destruida la sociedad de la opresión y emerja sobre bases firmes un orden social nuevo y más justo. COINCIDENCIAS PUNTUALES. Los otros elementos, fluyen del estudio de ambas vidas. Curiosamente, Marx y Mariátegui fueron periodistas desde una muy temprana edad. Mientras el primero publicó muy joven la Gaceta del Rin y después los Anales Franco Prusianos; el segundo edito en nuestro país primero Nuestra Epoca y luego La Razón -que hoy usurpa el diario de La Mafia-. Y después Amauta y Labor.  

Ambos  escribieron numerosas obras, no todas las cuales fueron publicadas en el transcurso de sus vidas. Estudios sociales, políticos y económicos, análisis de la realidad nacional y mundial. Fueron escritores brillantes en su tiempo. Y aportaron ideas  acordes a los intereses de los pueblos. Por eso la mayoría de sus obras fueron entregadas al conocimiento del mundo por sus seguidores –que suman millones- en diversas latitudes del planeta.

 Los dos buscaron trabajar por la organización del proletariado creando estructuras representativas de movimiento obrero en todos sus niveles. Pero al mismo tiempo, se solidarizaron con sus luchas y participaron en ellas porque fueron combatientes de clase y no apoltronados dirigentes.  También buscaron. Por eso, dar luz política al proletariado alumbrando estructuras partidarias que cumplieron una función vital en su momento. No capturaron puestos dirigentes para quedarse en ellos, sino que se valieron de su lugar en la batalla de clase para servir la causa de los pueblos. Sufrieron, en ese esfuerzo, el rigor de la lucha de clases, y fueron víctimas no sólo de la agresión económica del capital, sino además, de la represalia brutal de los regímenes a los que debieron enfrentar en condiciones adversas. Marx legó una hermosa herencia al proletariado mundial. Y Mariátegui hizo lo propio con relación al movimiento obrero y revolucionario peruano y latinoamericano. Los dos, en suma, fueron soñadores, y nos permiten recordar ahora en su memoria la hermosa frase de Anatole France: “sin los soñadores, la humanidad viviría aún en las cavernas”  Marx murió en 1883, cuando en el mundo el capitalismo salía de una de sus crisis periódicas y alcanzaba una relativa estabilización que se quebraría después, en el nuevo siglo. Mariátegui nació en 1894 y adquirió plena conciencia política con la Revolución Rusa, fenómeno histórico de incalculable valor y cuyos 90 años celebraremos también  en nuestro país dignamente. Mariátegui siempre se sintió profundamente influido por el pensamiento Marxista. Por eso, en su polémica con Henri de Man no trepidó en subrayar: “Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo, libran en el mundo innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina”. Muchas gracias  Lima, 23 de mayo del 2007 

(*) Secretario General de la Asociación Amigos de Mariátegui (Casa Mariátegui) y miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera. (www.nuestra-bandera.com)  

31/05/2007 16:23 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Historia Hay 1 comentario.

11/11/2006

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LENIN Y LA REVOLUCION DE OCTUBRE (*)
                                                         Por GUSTAVO ESPINOZA M.
            Lenin aparece incontestablemente en nuestra época como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista… la revolución rusa constituye, acéptenlo o no los reformistas, el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”.
                        José Carlos Mariátegui. “Defensa del Marxismo”
Con alguna frecuencia se suele asociar la Revolución Socialista de Octubre a los hechos que ocurrieran en Petrogrado en 1917  y que abrieran camino al primer régimen soviético de la historia humana. Así, los cañonazos del Crucero Aurora, la toma del Palacio de Invierno y la aparición de Lenin en la tribuna del Congreso de los Soviets se entremezclan en imágenes sucesivas y nos proporcionan una visión heroica y triunfal de uno de los procesos más complejos y a la vez más ricos de nuestro tiempo.
Pero la Revolución Rusa, definida como uno de los grandes acontecimientos de la historia por nuestro Mariátegui, implica una expresión mucho más vasta que esa. Sus antecedentes se pierden entre los hilos del tiempo hasta llegar a la gesta de Espartaco, y su marcha se vincula forzosamente con el surgimiento y el desarrollo de la clase obrera y las concepciones del socialismo científico que encarnaran en su momento Carlos Marx y Federico Engels.
En el espíritu de lucha de hombres como Espartaco, en efecto, y en las ideas esenciales de Marx y Engels pueden y deben hallarse los eslabones más directos que condujeron a la experiencia revolucionaria rusa que queremos recordar esta noche en homenaje a la figura excepcional que la hiciera posible, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, definido por los historiadores como el revolucionario más consecuente y capaz de la historia humana.
En verdad, Lenin y la Revolución Rusa constituyen lo que podríamos definir, usando la expresión de Plutarco, vidas paralelas. Sus primeros pasos, pero también sus primeras derrotas y su posterior victoria y hasta su caída temporal, se anudan en un proceso social del cual se pueden extraer diversas lecciones. Sobre todo ahora, cuando, luego de los contrastes en la construcción del socialismo, el mundo parece estar regido por la voluntad del Imperio que atenaza los resortes del Poder en todas partes y amenaza a la humanidad entera.
De ese modo lo percibió Mariátegui, en su Defensa del Marxismo, pero lo resaltó aún antes, desde las páginas de Variedades en septiembre de 1923 cuando aludiendo al líder de los bolcheviques rusos, aseguró:
“Lenin es un revolucionario sin desconfianza, sin vacilaciones, sin grimas. Es, antes bien, un político ágil, flexible, dinámico, que revisa, corrige y rectifica sagaz y continuamente su obra. Que la adapta y la condiciona a la marcha de la historia”
Aunque se ha discutido mucho el papel de las masas y el de la personalidad en la historia, nadie puede negar que en los grandes procesos sociales el hombre y la multitud se amalgaman hasta hacerse una misma figura. Eso ocurre sobre todo en los momentos de cambio, cuando profundas  mutaciones sociales asoman y vigorosas personalidades  congregan multitudes y llegan a la conciencia de los pueblos, que es donde radica, precisamente, la fuerza de la idea.
Globalización e interdependencia.
Estudiar el pensamiento marxista en nuestros días, no es detenerse entonces en el análisis de una determinada etapa, sino descubrir un escenario en el que asoma en toda su dimensión la contradicción fundamental del régimen capitalista, la que deriva del carácter social de la producción y del carácter privado de la propiedad. 
Recordemos tan sólo que en el Manifiesto Comunista sus autores desarrollan como idea central una formulación que tiene en nuestros días una esplendorosa actualidad. Dicen, en efecto:
“La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del paìs, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local  y nacional que se bastaba a sí mismo y en donde no entraba nada de fuera; ahora la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece en la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones, vienen a formar un acervo común”
¿Alguien podría sostener en nuestro tiempo que esa realidad así descrita en 1848, ya no existe, que ella ha cambiado, y que la sociedad de nuestro tiempo se rige por otras leyes, diferentes a las definidas por los fundadores del socialismo, que el régimen capitalista es básicamente distinto en nuestro tiempo?
Es posible admitir que las formas de la dominación capitalista han variado, pero la esencia sigue siendo la misma. Y es que se basa en el carácter de la sociedad y plantea a los pueblos de hoy, las mismas tareas que a los de ayer y a los de mañana: acabar con la explotación humana y abrir paso a una sociedad más justa.
Apreciaciones referidas a los cambios en la estructura de la clase obrera, pueden ser válidas, pero ellas no niegan la existencia de las clases en el seno de la sociedad capitalista, ni la lucha entre ellas, Ni soslayan tampoco una verdad indiscutible: que la lucha entre las clases es la rueda de la historia. Esto, que fue señalado por Marx en 1852 en su célebre Carta a Waydemeyer, se confirma también en nuestro tiempo.
El itinerario de Lenin.
Hemos dicho que entre la Revolución de Octubre y la vida de Lenin se puede establecer un verdadero y estricto paralelo. Vamos a intentarlo ocupándonos luego de las áreas principales de la actividad revolucionaria y de las concepciones basicas del pensamiento leninista.  
La vida política de nuestro personaje se inició cuando tenia 17 años y  su hermano mayor, Alejandro, fue detenido por su participación en un complot terrorista orientado a acabar con la vida del Zar. Alejandro era, en efecto, un activista de “La voluntad del pueblo”, una sociedad secreta organizada para la lucha contra la autocracia que escogió el camino del terror individual para castigar a los opresores. Su táctica reservaba para el líder de la acción un papel heroico y sacrificado, pero adjudicaba a las masas populares un rol pasivo. En el fondo de esa concepción subyacía la idea errónea de que un pequeño grupo de conspiradores podría derribar al régimen y resolver los problemas de Rusia. Alejandro Ulianov fue ahorcado en marzo de 1887. Vladimir asimiló la experiencia y perfiló su propio derrotero. Objetando el accionar terrorista, dicen algunos historiadores que esbozó una idea básica: “seguiremos otro camino”. Y así fue, en efecto.
Que conoció las dificultades impuestas por la represión lo acredita el hecho que fuera encarcelado ese mismo año, el 5 de diciembre de 1887; que participara solidariamente en las primeras protestas obreras ocurridas en la región redactando los volantes que acompañaban sus luchas. Y, sobre todo, que estudiara prolijamente las obras de Marx que caían en sus manos así como los informes y análisis de la realidad rusa que lo ayudaban a comprender los fenómenos que discurrían ante él.
  
Sus primeros contactos con las figuras más destacadas del socialismo de ese entonces, le permitieron también conocer los grandes temas del debate de su tiempo. Debió descubrir y enfrentar pronto las deformaciones del marxismo que se expresaban a través de dos corrientes muy definidas: los llamados “marxistas legales” que buscaban el debate político, pero no la acción revolucionaria y los economistas, que no creían en el papel independiente de la clase obrera ni en sus luchas. A partir de allí, su vida fue una constante polémica que nunca ocultó. Describiéndola, en 1916 le diría a Inessa Armand: “desde 1893 vivo pasando de una lucha a otra, siempre contra la estupidez y la bellaquería política”.
Se refería, por cierto, a sus críticos constantes, los mencheviques, los oportunistas de uno y otro signo, los liquidadores y los reformistas. También, a los mixtificadores del socialismo que buscaban sorprender al pueblo con ideas equívocas.
Los principales hitos de su actividad revolucionaria coincidieron con sus prisiones y destierros. Y es que Lenin no fue un “revolucionario legal” ni consentido que gozó de las libertades burguesas, sino un combatiente que conoció diversos avatares de la lucha. Acosado por la policía, fue apresado por primera vez en diciembre de 1887 y debió enfrentar similares apremios incluso hasta la víspera de la insurrección de 1917, cuando salió de la ilegalidad para dirigir el alzamiento victorioso de Petrogrado.
Estando en Siberia, como se recuerda, tuvo lugar en 1898 el I Congreso del Partido Social Demócrata Ruso, celebrado en Minsk con la presencia de apenas 9 delegados que abandonaron sus funciones apenas concluido el evento. Asumiendo esa voluntad, sin embargo,  en colaboración con Jorge Plejanov, resolvió retomar la conducción de ese partido y fundar “La Iskra”, que salió a luz el 24 de diciembre de 1900. El siguiente paso, fue dotar a la organización partidista de una estructura, un Programa y un Plan de Acción que respondiera a las necesidades del movimiento. A ese reto corresponden las tareas de Lenin en torno al II Congreso del POSDR de 1903, a la célebre escisión con los Mencheviques y a su primera polémica política recogida en las páginas del “¿Qué hacer?”, libro fundamental para conocer sus concepciones básicas.
Tan decisiva fue esta etapa de la historia, que mucho después Lenin diría: “El bolchevismo existe como corriente del pensamiento político y como partido político desde 1903”
Un nuevo hito en la vida de Lenin estuvo ligado por cierto a la Revolución de 1905, considerado luego como el “ensayo general de la Revolución de 1917”. La heroica lucha de ese entonces, La insurrección del Potemkim en el mar de Odesa, las Barricadas de Moscú en el barrio de Vyborg, el surgimiento de los Soviets como órganos de auto gobierno integrados por obreros, campesinos y soldados, y el enorme avance de la conciencia revolucionaria de los trabajadores; fueron los elementos que cerraron esta etapa que puso a prueba no sólo la capacidad de acción de los revolucionarios, sino también su calidad política.
Vinieron luego los duros años de derrota, repliegue y dispersión del movimiento, del trabajo del enemigo por minar el prestigio y la autoridad del bolchevismo y descalificar a Lenin. El debate interno con los partidarios de Martov, Plejanov, Trotski, Bogdanov y otros, pero también la lucha desembozada contra todas las expresiones del revolucionarismo pequeño burgués –los “liquidadores” - que asomó con toda su crudeza al integrarse el denominado “Bloque de Agosto” orientado en 1911 a aislar a Lenin y a los Bolcheviques; estuvieron en esa ruta. La Conferencia de Praga de 1912 permitió superar la crisis y reconstruir el movimiento, pero también afinar la estructura política para colocar en disposición de librar la jornada victoriosa que se aproximaba.
La I Guerra Interimperialista, a partir de agosto de 1914 y el deslinde  con los líderes de la II Internacional; fue un factor decisivo para la recuperación del movimiento. Mientras las figuras formales del socialismo europeo marchaban de furgón de cola de sus burguesías locales insuflados por un patrioterismo desenfrenado; Lenin y los suyos lanzaban vigorosas proclamas y llamamientos para transformar la guerra y orientar los fusiles contra los explotadores en todos los países. Los escritos de Lenin recogidos bajo el título genérico de “El socialismo y la guerra” constituyen piezas esenciales para el dominio de la época.
Como lo previeron los Bolcheviques la guerra fue el resultado natural de la crisis de descomposició n del capitalismo, que incapaz de resolver sus contradicciones por vía pacífica, alentó el enfrentamiento y la rapiña entre Estados usando a los pueblos como carne de cañón. Esa guerra estaba llamada a debilitar la estructura de dominación. Y así ocurrió. Acarreó la crisis a todos los países y generó violentas convulsiones sociales. En ese marco, la cadena de la explotación imperialista se rompió por su eslabón más débil: Rusia. “El Imperialismo, fase superior del capitalismo” fechado en 1916, es una de las obras cumbres del período.
En febrero de 1917 cayó el régimen de los Zares, pero la gestión del Estado no fue asumida por el pueblo sino por diversos segmentos de la burguesía liberal soldada con el capital internacional. Febrero del 17 abrió en Rusia un periodo en extremo convulso, pero también riquísimo en experiencias y en lecciones políticas que permitieron que Lenin brillara con luz propia combatiendo en las condiciones más adversas.
Para comprender este periodo, hay que remitirse a las “Cartas desde lejos”, que Lenin enviara a Rusia desde su exilio en Suiza; pero también a las célebres “Tesis de abril” en las que se llamara a negar cualquier apoyo al gobierno provisional y a luchar más bien por la transformació n de la Revolución Burguesa, en Revolución Proletaria, es decir, socialista.
Es útil subrayar que este agitado periodo de la historia rusa conoció confrontaciones de todo tipo. Ellas asomaron incluso en el Comité Central del Partido Bolchevique, instancia que sólo una personalidad descollante, como Lenin, podía enrumbar. En esa circunstancia, alentando la insurrección armada ya en la orden del día, Lenin escribió:
“Para poder triunfar la insurrección debe apoyarse no en un complot, ni un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el ascenso revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascendente en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor”.  
La toma del Poder, la instauración del primer régimen soviético en la historia humana y la expectativa mundial que el hecho generó; cerraron un capítulo de la historia y abrieron otro: el de la construcción de un orden social nuevo, más humano y más justo. Pero esa tarea, pasaba por la necesidad imperiosa de cerrar los saldos que quedaban del pasado. Poner fin a la guerra de rapiña era el único modo de crear las condiciones para cumplir el Programa Bolchevique reducido a cuatro palabras mágicas: Pan, Paz, Tierra y Libertad.
Para conocer este periodo, resulta esencial estudiar las Actas del Comité Central tomadas entre agosto de 1917 y febrero de 1918. Con ellas se puede  comprender a cabalidad acontecimientos excepcionales, como las matanzas de julio, la preparación y ejecución de la insurrección de octubre del 17, la composición monocolor y unipartidista del primer del Consejo de Comisarios del Pueblo, la lucha de Lenin contra las corrientes diversionistas y la firma del Tratado de Paz con Alemania, herramienta decisiva para la afirmación del gobierno bolchevique. También, por cierto, los primeros avatares de la Guerra Civil que, iniciada en 1918, concluyera finalmente con la victoria del Poder Soviético en 1921.
En la azarosa lucha política Lenin encontró siempre enormes obstáculos y la oposición de, incluso, dirigentes de su propio Partido. Más de una vez sus posiciones fueron transitoriamente vencidas, pero no derrotadas. Lo importante es subrayar que nunca concilió con sus adversarios ni buscó “soluciones intermedias”. Presionado para aceptar las erróneas posiciones de sus críticos, optó por quedarse en minoría consciente que tenía la razón. A quienes confiaban en él los alentaba con sabias palabras: “aprendamos a estar en minoría, aclaremos, expliquemos, convenzamos…” dijo, pero nunca nadie escuchó de sus labios la expresión “conciliemos”.
Ya en diciembre de 1920. ante el VII Congreso de los Soviets, Lenin confesó públicamente que se sentía enfermo. Habían ocurrido muchos graves acontecimientos en el periodo. Uno de ellos, el atentado cometido contra él en agosto de 1918. El doloroso percance, el exceso de trabajo, la fatiga acumulada y la naturaleza de los problemas, incubó un cuadro delicado que hizo crisis y le generó una parálisis en marzo de 1922. Luego de un proceso fugaz de recuperación, la dolencia volvió a la ofensiva y lo dejó virtualmente paralizado. El 21 de enero de 1924 falleció, dejando un vacío que nadie pudo llenar.
La figura de Lenin pasó a la historia humana como una estela encendida. En su honor, Mariátegui pronunciaría un sentido homenaje cinco días más tarde, la noche del 26 de enero de 1924. El cronista de la época, que recogió las incidencias del acto, subraya que el Amauta sostuvo que el proletariado mundial se asociaba al duelo de los trabajadores rusos por la desaparición de esta gran figura del movimiento obrero.
 Para comprender mejor la trascendencia de la vida y la obra de Lenin, hay que ligarla ahora a los elementos esenciales de su concepción: la lucha por el Poder y la transformació n revolucionaria de la sociedad, el papel de la clase obrera, la formación del Partido Revolucionario, el rol de la prensa y la importancia decisiva de la lucha de las ideas en nuestro tiempo. Veamos.
La Toma del  Poder y la revolución.    
En su estudio “Gramsci y el leninismo” Palmiro Togliatti sostiene que Lenin aportó al marxismo tres nuevos capítulos: Una doctrina del imperialismo, como fase superior del capitalismo; una doctrina de la revolución y una doctrina del Partido.
En la base del pensamiento doctrinario leninista está la idea de la transformació n revolucionaria de la sociedad. Y ella se expresa, como se ha señalado ya, en la lucha contra el reformismo en todas sus variantes. No se trata de una “conclusión” a la que arribara el Jefe bolchevique al final de su experiencia, sino de una constante de la que partió desde un inicio, cuando se enfrentó con los “marxistas legales” y los economistas”, que resumieron sus concepciones en un “Credo” publicado en diciembre de 1900 en el que sostuvieron que el marxismo debía pasar a una fase nueva en la que “en lugar de perseverar en sus tentativas de lucha por la conquista del poder, se dedicará a transformar la sociedad existente con un espíritu democrático”.
La idea pareciera haber sido escrita ahora, hace poco, por los personeros de la izquierda legal, que han reemplazado la lucha revolucionaria por entendimientos de corte electoral en pos de ubicaciones parlamentarias, como si hubieran llegado a la conclusión de que la tarea no es ya hacer la Revolución en el país sino arrancar concesiones a la clase dominante desplegando una lucha “dentro” del sistema de dominación capitalista.
No necesariamente es malo para los revolucionarios intervenir en elecciones en una sociedad capitalista. Los Bolcheviques también lo hicieron desde 1908, y aún antes, alcanzando representació n en la vieja Duma de los Zares; pero no por eso renegaron nunca de la lucha, ni perdieron de vista el objetivo central que partía de una clara concepción revolucionaria. Y de eso tuvo conciencia Lenin desde el inicio de su accionar. Respondiendo entonces al Credo de los reformistas dijo:
“La lucha política y económica del proletariado forma un todo indisoluble. La tarea fundamental del Partido debe seguir siendo la conquista del poder para trasformar la sociedad burguesa en sociedad socialista”
Poco después, en el célebre Qué hacer, al tiempo que reivindicó el rol que jugaran los primeros social demócratas en Rusia, recordó que ellos, al ocuparse de la agitación económica, lejos de estimarla como su única tarea, se asignaban desde el inicio las más amplias tareas de la socialdemocracia en general, pero el derrocamiento de la autocracia zarista en particular. El tema de la transformació n revolucionaria de la sociedad estuvo presente siempre, y no sólo en una determinada circunstancia de la historia.
Y es que olvidar el tema de la lucha por el Poder o relegar a un segundo o tercer plano el indispensable debate en torno a la Revolución como camino de lucha de los trabajadores y objetivo central del Partido de Vanguardia, es simplemente capitular deshonrosamente ante el enemigo de clase, y admitir a perpetuidad la dominación capitalista. Lenin nunca cometió este error, y nunca tampoco renunció a situar los temas de debate en su real dimensión.
Hay ahora quienes sostienen que Lenin y sus compañeros no “tomaron el Poder” sino que éste “cayó sólo”, que fue necesario apenas “un empujoncito” para que se derrumbara el podrido edificio del zarismo y el régimen provisional, y que el Partido Bolchevique aprovechó más bien de la coyuntura para “apoderarse”, gracias a un “golpe de mano” de algo que virtualmente ya no existía. Nada más falso. No sólo porque el Partido Bolchevique ya en ese entonces era un verdadero Partido de Masas, sino porque tenía objetivamente la iniciativa política en una circunstancia en la que el país estaba trabado y millones de personas veían  como únicamente válida la alternativa que este ofrecía al pueblo. Por eso lo siguieron.
Los sucesos del 25 de octubre de 1917 de acuerdo al viejo calendario ruso, no fueron episodios imprevistos, ni sorpresivos, ni circunstanciales. Fueron el corolario natural de un proceso violento en el que una parte del pueblo impuso su voluntad a una minoría envilecida y en derrota que no atinaba a resolver los problemas del país porque estaba atada a los intereses del Gran capital. Fueron, en suma, el momento culminante de una Revolución.
Para Lenin, la Revolución fue siempre y esencialmente, una acción de masas y no el movimiento de pequeños grupos por revolucionarios o audaces que parezcan. La capacidad de los revolucionarios para ganar el apoyo del pueblo constituye la garantía de la justeza de su línea, pero también la antesala de su victoria. Cuando la Vanguardia es capaz de ganar para su causa a millares y a millones de trabajadores, está abriendo camino serio para la transformació n revolucionaria de la sociedad. Cuando eso no ocurre y cuando la izquierda desperdigada y en derrota no es capaz de unirse ni avanzar, entonces las posibilidades de éxito del proletario, simplemente se esfuman.
En las páginas de “El Estado y la Revolución”, aludiendo a las formas de lucha de los trabajadores, Lenin reivindicaba la acción de masas revolucionarias y la combinación de diversas formas de acción en la batalla contra el Capital. Pero fue aún antes, en Las Tesis de Abril, de 1917, cuando se refleja una realidad nueva: la lucha por el Poder dejó de ser una concepción estratégica insoslayable y se convirtió en una demanda táctica que los bolchevique debieron plantear de manera inmediata: la `transformació n de la revolución burguesa en revolución socialista.
La toma del Poder, la transformació n revolucionaria de la sociedad y la instauración de la Dictadura del Proletariado, no fueron frases, sino la enumeración de principios inabdicables.
Hay que subrayar, sin embargo que esta última expresión, la dictadura del proletariado, se ha prestado a diversas confusiones en el mundo contemporáneo en el que pululan dictaduras de la burguesía y del Gran Capital en las más variadas formas. Ha habido quienes, entonces han optado por usar esa expresión en su versión dialéctica asegurando –como es verdad-  que la dictadura del proletariado equivale a la democracia popular más amplia; del mismo modo que la democracia burguesa es tan solo comparable a la dictadura de clase de la burguesía. Otros, sin embargo, han renunciado a la formulación por pereza, por comodidad o simplemente por renuencia a enfrentar el debate de clase contra la burguesía y sus aliados.
Por eso se ha “puesto de moda” la idea aquella de que la dictadura del proletariado es ya “un concepto superado”, que la lucha de clases “ya no existe” y que el sindicalismo de clase “es una concepción obsoleta”  
La clase obrera, como fuerza fundamental
El centro del interés revolucionario fue, desde el primer momento, ganar la conciencia de los trabajadores.
En nombre del Proletariado Lenin inició la construcción del Partido y desarrolló sus concepciones básicas. En nombre del Proletariado condujo todas las acciones porque estaba convencido de lo que Marx había asegurado muchos años antes:
“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar”
Hay quienes sostienen hoy que la modernización capitalista ha hecho desaparecer a la clase obrera, que el proletariado, en consecuencia, ya no existe. Y que, por tanto, no resultan válidas las formulaciones marxistas en torno a la materia.
Que el proletariado de hoy es distinto al proletariado de hacer dos décadas, es absolutamente cierto como lo es también distinto el “modelo” de dominación que ha escogido  la burguesía para perpetuar su régimen. Pero esos cambios son naturales y no debieran sorprender a nadie. La clase obrera que en 1871 se alzó en la Comuna de Paris, no era ciertamente la misma Clase Obrera de la Revolución de 1848. Pero no se mantuvo tampoco estancada. En 1905, la clase obrera rusa que hizo las barricadas, era ciertamente diferente al proletariado francés de tres décadas anteriores. Y los obreros que hicieron posible la Revolución del 17, no fueron tampoco iguales al proletariado europeo después de la Segunda Guerra Mundial. En todas las etapas de la historia se registran cambios que siempre hay que tomar en cuenta, pero ellos no desnaturalizan las leyes sociales ni alteran el desarrollo mismo de las sociedades.
Mientras subsista la explotación capitalista, es decir mientras los mecanismos de dominación generen plusvalía, habrá un segmento de la sociedad que se enriquecerá con el trabajo ajeno. Unos serán los explotadores. Y otros, los explotados. La lucha entre unos y otros –lucha, y no concertación- será inevitablemente impuesta por la historia. Subsistirán entonces las contradicciones de clase y la lucha  entre las clases seguirá siendo el motor de la historia.
En el plano del accionar reivindicativo los trabajadores podrán discutir sus condiciones de trabajo y sus salarios con los patrones o el Estado; pero su lucha no podrá constreñirse ni limitarse al plano sindical o reivindicativo. Hay que devolverle al proletariado su condición de herramienta política básica y por lo tanto de fuerza –única fuerza- capaz de transformar revolucionariamente la sociedad.
Limitar a los trabajadores a la acción sindical y hacer de las marchas obreras un ritual reivindicacionista, sin educar políticamente al proletariado, sin discutir abiertamente con los trabajadores los problemas del país y sus deberes como clase; conducirá inevitablemente a la desmoralizació n y a la desmovilizació n del proletariado, a la conciliación de clases y al embellecimiento de la política de capitulación que caracteriza al sindicalismo amarillo. En el plano concreto, eso llevará a debilitar las fuerzas del movimiento sindical clasista y a fortalecer el reducto el esquirolaje y la traición.
El Partido Revolucionario:
Cuando le preguntaron a Lenin en lucha contra qué enemigos en el seno del movimiento obrero había podido crecer, fortalecerse y templarse el bolchevismo, respondió sin titubeo: “en primer lugar, y sobre todo, en lucha contra el oportunismo”.
El oportunismo en el movimiento obrero  es consecuencia de una política sin principios. Se expresa en vaivenes políticos y en “bandazos” “de izquierda” y de “derecha” que desconciertan al proletariado y abre paso a la derrota del movimiento, y en la renuncia a posiciones de principio.
 El oportunismo es también la secuela de la política de colaboración de clases. Se basa en la postración ante el movimiento obrero espontáneo que incuba la ilusión de una transformació n gradual del capitalismo. En el fondo, refleja el estado de ánimo de líderes apoltronados y conformistas, y de sectores medios de la sociedad capitalista que han alcanzado un determinado “sitial”, que les parece suficiente para vivir sin procesos convulsos. Buscan, entonces, “acomodarse”, en lugar de luchar. Y prefieren “esperar” que la situación cambie por sí sola. Cuando esa concepción toma forma en la estructura partidista, nos hallamos ciertamente ante el caso de la descomposició n moral y política del Partido de Vanguardia.
Cuando eso ocurre, la clase pierde el rumbo, los militantes no perciben el proceso que viven, ni tampoco cuáles son sus objetivos  esenciales. Reina la confusión y el desánimo y miles de activistas revolucionarios finalmente desertan o dedican sus esfuerzos a otras tareas renunciando objetivamente a sus deberes revolucionarios. Eso hace un profundo daño al proceso político nacional porque permite a la clase dominante consolidar fácilmente y sin mayor resistencia sus orientaciones fundamentales. Eso equivale, para decirlo en palabras de Lenin “a desarmar por completo al proletariado en provecho de la burguesía”.
La prensa bolchevique
Fue el 24 de diciembre de 1900 que salió a luz el primer periódico revolucionario ideado por Ulianov. La Iskra –“La Chispa”- tenía un lema indicativo: “De la chispa, brotará la llama”, decía premonitoriamente.
Para el combatiente, una prensa revolucionaria era un fin en sí mismo, pero también un instrumento para alcanzar otros fines. Cumplía su papel, pero contribuía decisivamente a crear conciencia política, formación ideológica y cultura entre los trabajadores y el pueblo. Para esa función, primero fue la Iskra, pero después muchas otras publicaciones del mismo corte, como la revista Zariá (Aurora) que publicó el primer artículo de Ulianov bajo el seudónimo de Lenin. También Volna (La Ola), Vperiod (Adelante), Novaia Zhins (Vida Nueva), Proletari y Pravda, entre otros.
En muchos casos se trataba de prensa ilegal pero tenía ese carácter no por voluntad propia sino por decisión de sus adversarios, que la perseguían con odio desenfrenado. No hay que olvidar, por ejemplo, que Pravda, entre 1912 y 1917 sufrió muy duros embates. Contra sus redactores fueron instruidos 36 procesos judiciales. Ellos, en promedio, estuvieron tras las rejas 47 meses y 5 días. El periódico fue clausurado 8 veces por el gobierno y de los 636 número que se editaron, 41 fueron simplemente confiscados.
En todos los casos, eran publicaciones que buscaban regularidad en las condiciones más adversas de la represión zarista, pero que cumplían funciones invalorables de educación y organización popular. Para ese efecto, Lenin tenía en diversas ciudades sus “corresponsales” , los célebres “comitards”,  verdaderos activistas que enviaban reportes, recibían la prensa y la difundían afrontando severos riesgos. A esa estirpe de combatientes pertenecieron hombres como Noguin, Piatakov, Rykov, Smilga y otros.
A ellos, que eran sus colaboradores de mayor confianza, les  inculcaba el amor infinito al trabajo revolucionario, la preocupación constante por los problemas y las tareas a enfrentar, los inducía a mostrar las cualidades más apreciadas en cualquier combatiente revolucionario: la capacidad de entrega, el sacrificio, la mística revolucionaria, la lealtad y la modestia. Los corresponsales fueron, en ese sentido, una cantera inagotable de recursos humanos no sólo para la prensa, sino también para el cumplimiento de todas las tareas revolucionarias.
Después de las experiencias de la prensa leninista se puede asegurar que si un Partido por voluntad propia carece de prensa regular, deja realmente de ser un partido de vanguardia porque no puede expresar una línea, trasmitir una orientación, ni está en condiciones ni en capacidad de llevar su pensamiento a los trabajadores y al pueblo.
Objetivamente, y sin presunción alguna, los integrantes del Colectivo Nuestra Bandera, que en febrero del próximo año cumpliremos cinco años consecutivos de publicación regular, podemos preciarnos del hecho que, sin ser un Partido ni pretender asumir tareas que no nos corresponden, hemos aportado al movimiento con una prensa de clase al servicio de los trabajadores-
La lucha de las ideas.
Un viejo aserto leninista nos asegura que “sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria” .
La frase tiene diversas aristas de interpretació n. Establece, en primer lugar, la relación estrecha que existe entre la teoría y la práctica. Pero, prioriza la fuerza de las ideas porque ellas son las que generan el accionar de los revolucionarios.
La teoría revolucionaria tiene distintas fuentes. La primera, es el análisis de la realidad. Hacerlo debe ser tarea constante y permanente de los revolucionarios.
No siempre es posible desarrollar estudios profundos de temas puntuales, pero es indispensable siempre estudiar el escenario político y sus implicancias, para distinguir el todos los casos dos elementos claves:
Cuál es el enemigo fundamental que enfrenta el país, y cuál el peligro principal que amenaza nuestra lucha.
Es claro que, en las circunstancias actuales, el enemigo fundamental es el imperialismo norteamericano, pero él se expresa gráficamente en la aplicación del modelo neoliberal que ejecuta la clase dominante y que sirve para esquilmar sistemáticamente a nuestro pueblo. La lucha contra ese modelo y contra el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, por ejemplo, no es una frase. Ni siquiera una consigna de agitación momentánea. Implica un accionar cotidiano, una práctica constante, una movilización permanente.
No se trata de repetir acciones a cada instante, lo que, por lo demás, no se hace, sino de convencer y persuadir a los trabajadores y al pueblo de que ambos -el neo liberalismo y el TLC- son instrumento de la dominación imperialista y remachan el subdesarrollo y la dependencia que nos ata a la administració n norteamericana. Para eso se requiere una labor permanente, constante y activa de discusión, debate, educación y persuasión. Un trabajo ideológico amplio y de gran envergadura que debe hacerse de un modo sistemático y organizado llegando en primer lugar y antes que nada, a la conciencia política de los trabajadores.
Este trabajo debe poner en evidencia también la esencia de la política imperialista en nuestro tiempo. La guerra de Irak, la política de expansión del Gran Capital, el bloqueo a Cuba, las amenazas sistemática de la administració n Bush contra pueblos y naciones y los peligros que se ciernen sobre el mundo de hoy deben ser constantemente abordados por las fuerzas de vanguardia y llevados al calor del debate a las asambleas de trabajadores, en primer lugar, y a las concentraciones populares también-
Igualmente hay que tener conciencia plena de lo que constituye la amenaza principal que se yergue contra el país. Ella es ciertamente el fortalecimiento de las tendencias represivas y mafiosas del régimen del Presidente García y sus aliados. Es público el hecho que el gobierno aprista ha pactado con la Mafia fujimorista y con todo lo que ella significa, y con las fuerzas más reaccionarias representadas en Unidad Nacional. Combatir a esas fuerzas obliga a los sectores avanzados de la sociedad a enfrentar la impunidad y la corrupción en todas sus variantes. Permitir que ella prospere, es abrir cauce a la restitución de un régimen neo nazi extremadamente peligroso para los trabajadores y el pueblo.