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Por GUSTAVO ESPINOZA M. (*)
“Los tiempos pasados, amigo mío, son para nosotros un libro de siete sellos” Goethe
Volver a Marx y a Mariátegui es, como decía Goethe, abrir un libro de siete sellos. Pero no porque sus vidas pertenezcan al pasado, sino porque reflejan un mundo ya vivido, que retorna en nuestro tiempo al escenario de nuestras luchas, y asoma como un vigoroso reto para los hombres de hoy, y de mañana. Emprendamos la tarea.
Y es que en pocas ocasiones como en ésta -el evento convocado por los Amigos de Mariátegui- surge la posibilidad de abordar un tema poco trabajado en nuestro tiempo: el que vincula las vidas de dos insignes personalidades que -cada uno en su momento, y en su contexto concreto- aportaron creadoramente al pensamiento universal, y hoy asoman cada vez más ligados al destino de nuestros pueblos. No se trata de forzar paralelos, ni de caer en la tentación de comparar ni de equilibrar a uno con otro, que son personalidades distintas; sino simplemente de perfilar las confluencias de la historia en un escenario muy vasto, que tiene como telón de fondo el combate de los trabajadores por la liberación y el socialismo. Formalmente cabría reconocer, en efecto, diferencias entre Carlos Marx y José Carlos Mariátegui. Aunque nacieron ambos en el siglo XIX, pertenecieron a épocas distintas.
El Titán de Tréveris –la pequeña aldea renana de la Alemania del oeste- nació en 1818, y murió a los 65 años de edad, en 1883, en Londres: En tanto, El Amauta, si bien conoció la vida a partir de 1894, vivió más bien plenamente la primera parte del siglo XX, y falleció antes de cumplir 36 años, en abril de 1930. Marx perteneció a una familia ilustrada. Aunque en el transcurso de su vida, y sobre todo en su etapa más creadora, debió afrontar penalidades materiales extremas que sólo alcanzó a vencer gracias a la colaboración solidaria de sus compañeros más cercanos entre los que sobresalió Federico Engels; tuvo notable formación académica que le permitió dominar los temas de la economía, la filosofía, la historia, la política y el derecho. Visitante asiduo de los ambientes universitarios y de las grandes bibliotecas, el autor de “El Capital” fue realmente un sabio, es decir un hombre de muy amplia cultura, vastos conocimientos, relaciones diversas y producción intelectual calificada. Bien se le podría considerar insuperable en el manejo de los temas cardinales del conocimiento. Nadie, en el Siglo XIX, brilló en el mundo a su altura. Y él mismo en la vastedad de su pensamiento, hizo honor siempre a la vieja sentencia de Terencio: “nada de lo humano, me es ajeno”. Mariátegui, hombre de méritos excepcionales en nuestro continente, tuvo otro origen y dificultades tal vez más profundas que afrontar. Enfermó de niño –como se sabe- y sufrió los efectos de un mal apabullante que finalmente lo privó de la vida a una edad temprana, cuando sobre su horizonte se erguía una vasta y creadora obra.
Mariátegui no fue universitario. Antes bien, él mismo se proclamó extra universitario, y hasta anti universitario; porque recusó conscientemente la formación ritual, decimonónica y dogmática que proporcionaba la institución universitaria de su época. Impelido por la circunstancia, buscó obsesivamente la auto formación y se convirtió en el forjador de su propia personalidad y cultura. Abierto al mundo, sin embargo, pudo absorber fragmentos de la realidad europea, y conocer de fuente directa el pensamiento marxista. Identificado con las ideas socialistas desde 1918, pudo leer a Marx en alemán, y estuvo también en su país, entusiasmado por el coraje y arrojo del proletariado, cuyas acciones siguió después desde el Perú. Aún se recuerda, en efecto, que hincado por un internacionalismo consciente y definido, reseñaría las históricas barricadas de 1923 subrayando un concepto ciertamente novedoso para los peruanos de su época. “
Cada uno de los obreros que cae en estos momentos en las calles de Berlín o en las barricadas de Hamburgo, no cae sólo por la causa del proletariado alemán. Cae también por vuestra causa, compañeros del Perú” dijo emocionado la noche del viernes 2 de noviembre de ese año en los amplios salones de las Universidades Populares González Prada. Más allá de las distancias y de las diferencias, sin embargo, bien puede esbozarse una identidad entre estas figuras de la historia. Y es que si Carlos Marx es considerado hoy el Hombre del Milenio, Mariátegui se afirma crecientemente como el más destacado pensador marxista de América en el siglo XX. Ambos, ciertamente, son dos estrellas que brillan con luz propia en el firmamento revolucionario de los pueblos. Sin complejos, entonces, es bueno que alentemos la idea de subrayar las coincidencias que fluyen de la vida y la obra de estas admirables personalidades, expresiones muy altas del pensamiento humano. CUATRO COINCIDENCIAS BASICAS. Si nos detenemos en el análisis del proceso social, encontraremos que, entre Marx y Mariátegui, existen innegables coincidencias básicas. Nos ocuparemos de cuatro de ellas por considerarlas quizá las más netas y definidas, las que perfilan con mayor claridad, la identificación de estas señeras figuras.
1.- Los dos arribaron al dominio del socialismo científico y lo convirtieron en su concepción del mundo y de la vida, en teoría y en doctrina, pero también en guía para la acción. Como un homenaje a Marx, hoy se considera expresiones sinónimas Socialismo Científico y Marxismo. Y es que la vida y la lucha de los pueblos han convertido a ambas, en similares. Pero hay ciertamente una amplia gama del pensamiento socialista que careció de base científica y que los historiadores les adscribieron diversas denominaciones. Incluso en El Manifiesto Comunista se habla del “socialismo reaccionario” considerando como expresión del mismo el llamado socialismo feudal, el socialismo pequeño burgués, y el socialismo alemán. Pero a continuación se distingue también el socialismo burgués o conservador y el socialismo y el comunismo critico, como expresión de “las primeras tentativas del proletariado para ahondar directamente en sus intereses de clase”. Y es que, a lo largo de un prolongado proceso de la historia, el pensamiento socialista no fue una doctrina, sino más bien un ideal. De alguna manera podemos verlo reflejado en la lucha de los oprimidos desde los primeros años de la historia. Espartaco, por ejemplo, simbolizó este ideal no sólo con su vigorosa rebelión ahogada en sangre, sino también en sus anhelos primarios, pero muy sentidos. Ellos fueron alegóricamente recogidos en el mensaje que el líder Tracio entregara a un romano, a quien nombrara Legado, encargándole trasmitir su mensaje al soberbio Senado. Cuenta la leyenda, en efecto, que Espartaco llamó a un anónimo soldado al que había capturado luego de una batalla, y le dio el Bastón de Marfil pidiéndole que trasmitiera sus palabras. La historia no ha reconstruido el texto aludido, pero Howard Fast da una versión literaria del mismo. Aunque la forma no se corresponda necesariamente con el original, sin duda recoge la esencia del movimiento liberador de los esclavos, fuente inagotable de todas las batallas humanas por la libertad y la justicia. “Diles que ellos enviaron contra nosotros sus cohortes y que nosotros las hemos destruido. Diles que somos esclavos, lo que ellos llaman el instrumentum vocale, la herramienta con voz. Cuéntales lo que nuestras voces dicen. Decimos que el mundo está cansado de ellos, cansado de vuestro podrido Senado y de vuestra podrida Roma. El mundo esta cansado de la riqueza y el esplendor que vosotros habéis succionado de nuestra carne y de nuestros huesos. El mundo está cansado de la canción del látigo… Esa es la única canción que conocen los romanos…” Nosotros -dijo finalmente Espartaco imaginando su victoria- “Construiremos ciudades mejores, limpias, ciudades sin muros donde la humanidad pueda vivir unida, en paz, y felizmente”. De ese modo se expresó desde aquellos años lo que constituye a través de la historia humana el ideal socialista, la idea que permanece y al que se aferran los hombres de nuestro tiempo asqueados ya del régimen de dominación capitalista, que ha tornado inmunda la vida de los hombres y se ha convertido en un verdadero reto para la especia humana. Marx y Mariátegui lucharon, sin duda por una sociedad más humana en la que fuera posible conquistar la libertad más plena y el acceso a todas las creaciones de la cultura, el arte y la vida. Un mundo en el que la especie humana pueda vivir unida, en paz, y felizmente.
2.- Un segundo elemento a considerar nos lleva a reconocer que tanto Marx como Mariátegui fueron acentuadamente internacionalistas. Tuvieron una visión mundial de la política y no la consideraron nunca encerrada en los estrechos marcos nacionales. Marx nació en Alemania, pero vivió en Francia e Inglaterra, considerada como el laboratorio más calificado del capitalismo desarrollado. Y se solidarizó plenamente con la lucha de los trabajadores de todos los países. En sus escritos, habló con frecuencia del proceso político de la vieja Rusia –en el que incubó fundadas expectativas-, Polonia, Bélgica. Irlanda, Italia y otros Estados Europeos; pero también La India, China y América. Estados Unidos generó también su atención al extremo que, en un momento y luego de la crisis de la Asociación Internacional de Trabajadores –la I Internacional-planteó la posibilidad de instalarla en ese país, como una manera de preservarla de las deformaciones que amagaban ya al proletariado europeo de la época, alentadas en el periodo por la prédica anarquista de los bakuninistas. El interés de Marx por determinados países puede comprenderse desde su posición doctrinaria. Abrigaba, en efecto, la idea que el socialismo como nuevo sistema mundial, sería posible sólo como creación de la Clase Obrera, que se abriría paso a partir del agotamiento de la sociedad capitalista. Dicho de otro modo Marx estaba convencido que para el triunfo del socialismo era indispensable un proletariado fuerte, numeroso, organizado y consciente. Y que esto, sólo podría surgir en el marco de una sociedad capitalista altamente desarrollada. De ahí -anota Ivanov- su interés particular por Londres, “emporio comercial e industrial del mundo”, donde vivió 33 de sus 40 años de actividad pública. Era allí, en efecto, donde recibía a sus visitantes –al decir de Pieper- no con saludos, sino con fórmulas económicas. Mariátegui, curiosamente, nunca fue a Londres. Su periplo europeo –tal vez por falta de recursos- estuvo distante de este laboratorio del capitalismo mundial. Buscó más bien otros escenarios: Alemania, Francia y, sobre todo, Italia, en donde más que la producción industrial, brillaba la conciencia obrera emergente que iniciaba sus luchas y su proceso de organización de clase. En la presentación de sus “7 Ensayos”, consciente de su evolución política, El Amauta diría en forma categórica: “He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América, sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”. Fue ciertamente el sentido internacionalista de su concepción política el que lo llevó a aceptar en 1919 la “invitación” que le formulara el gobierno de Leguía como una manera de alejarlo de aquí. Lo que el régimen de entonces no intuyó, fue el hecho que Europa, en lugar de alejarlo del Perú, lo acercó a él. Le permitió reflexionar acerca de nuestra realidad y le abrió nuevos horizontes gracias a los que le fue posible comprender más cabalmente la naturaleza de nuestros problemas. El tema, sobre todo en las condiciones concretas de nuestro país, puede prestarse a delicadas y aun acaloradas controversias. Hay quienes, en efecto, buscan contraponer internacionalismo y nacionalismo, como si fueran expresiones excluyentes. La maniobra no es nueva. La usó en su momento incluso Haya de la Torre, quien calificó a Mariátegui de “europeísta” y de ver “desde afuera” nuestra realidad. El APRA, como se recuerda, asomó en el escenario nacional en su momento como la “versión peruana del socialismo”. “El marxismo para Europa, y el aprismo para el Perú” pareció ser la síntesis del pensamiento de Haya desde los años aurorales del Antiimperialismo y el APRA, y fue la tesis que ofreció a Zinoviev en los quiméricos sueños del Kuo Ming Tang Latinoamericano, en 1925. En el fondo, generaba una contradicción entre nacionalismo e internacionalismo, como si quien interpretara la realidad nacional, lo hiciera a expensas, y en detrimento de la cultura universal. Podría considerase esa sutileza del debate como un fenómeno superado. Pero no lo es, por dos razones: porque ahora renace en el Perú un sentimiento nacional definido que toma forma incluso en el plano político; y porque, al mismo tiempo, se alientan en nuestro continente rivalidades de orden nacional, territorial o fronterizo que buscan enfrentar, en nuestra región, a unos países con otros. El tema del internacionalismo, entonces no es figura del pasado. Tiene enorme vigencia. Mariátegui, como se recuerda, no consideró contrapuestos estos conceptos. Es más, juzgó que el nacionalismo que en los países desarrollados jugaba un papel chovinista y reaccionario, y que podría incluso servir de base al fascismo –como ocurrió realmente en Italia y Alemania y hoy sucede en buena medida en Estados Unidos; en países dependientes como el nuestro adquiría otro signo y podía ser incluso revolucionario porque se ligaba a la emancipación nacional, a la afirmación de los valores propios. Esta idea, le permitió precisar mejor el sentido de su política: nacional por su forma, pero internacional por su contenido. Para entender mejor el mensaje, podríamos referirnos a nuestra propia experiencia con el nacionalismo y sus proyecciones. Veamos, entonces ¿No fue acaso revolucionaria –dentro de los límites de la Revolución Democrático Burguesa- la experiencia de Velasco? ¿No podría ser revolucionaria, en las condiciones de hoy, una política que impulsara transformaciones profundas en la estructura de dominación capitalista y ayudara a afirmar la nacionalidad y enfrentar la voracidad imperialista en una circunstancia como la actual cuando las fuerzas del Imperio buscan devorarnos con el modelo Neo Liberal y el TLC? Y es que el nacionalismo bien entendido asegura la preservación de los valores propios, los aportes de la cultura nacional, los sentimientos y expectativas de nuestro pueblo Pero no puede contraponerse a la lucha internacional de los trabajadores porque el capitalismo opresor no es un fenómeno peruano, sino mundial. Y la lucha contra él no se constriñe -obviamente- a las fronteras nacionales. El Perú es un país muy rico en todas las expresiones de la vida humana. Pero, además, tiene historia, antiguas tradiciones, y cultura; que nos pueden llenar de un íntimo y legitimo orgullo nacional. No tenemos que envidiar a otros pueblos, porque no somos menos que ninguno. Pero tampoco somos más que ninguno. El orgullo nacional no puede llevarnos a incubar ideas de superioridad, con relación a otros pueblos que sufren al igual que nosotros los efectos de la dominación capitalista, que son víctimas de la voracidad y la perfidia de las oligarquías locales y de la expoliadora acción de los Monopolios. Todos quienes vivimos bajo la férula del imperialismo y la clase dominante, tenemos el deber de luchar contra ellos hasta vencer, y afirmar a partir de esa lucha, el diseño de una sociedad mejor en la que desaparezca la opresión capitalista y el trabajo asalariado. Mariátegui fue un abanderado neto de esa posición de clase. Y bregó resueltamente por alentar y promover la amistad y la solidaridad entre nuestros pueblos. Y cuando el imperialismo buscó explotar diferencias nacionales entre Estados de la región promoviendo conflictos armados, como ocurrió en su tiempo entre Paraguay y Bolivia, El Amauta dijo: “El deber de la inteligencia, sobre todo, es en Latinoamérica más que en ningún otro sector del mundo, el de mantenerse alerta contra toda aventura bélica. Una guerra entre dos países latinoamericanos seria una traición al destino y a la misión del continente. Sólo los intelectuales, que se entretienen en plagiar los nacionalismos europeos pueden mostrarse indiferentes a este deber. Y no por pacifismo sentimental, ni por abstracto humanitarismo que nos toca vigilar contra todo peligro bélico. Es por el interés elemental de vivir prevenidos contra la amenaza de balcanización de nuestra América en provecho de los imperialismo, que se disputan sordamente sus mercados y sus riquezas”. ¡Cuánta sencillez y cuánta precisión la de nuestro Amauta! ¡Cuánta actualidad tienen sus palabras en nuestro tiempo, cuando comienzan a sonar tambores de guerra en el continente azuzados por el Imperio! Estados Unidos, y más precisamente la Administración Bush, traen a nuestras orillas conflictos de orden bélico para alinearnos en “ejes” en función de los intereses del Gran Capital. Habla por eso ahora de conflictos con Ecuador, de adiestramiento militar agresivo contra el Perú en Bolivia, de la ingerencia venezolana en nuestra política, de las antiguas diferencias con Chile. Cambia el tono, según la ocasión, pero la afirmación del sentido nacionalista de carácter patriotero y chovinista muestra las orejas sin rubor. Bajo el pretexto de la “bandera de la patria”, uno de los más caracterizados sicofantes de la burguesía, pidió recientemente que instaláramos bases militares norteamericanas en nuestro suelo; y el gobierno de los Estados Unidos nos envía tropa yanqui que está ya en el Perú y permanecerá en actividades de orden bélico hasta el próximo 30 de septiembre. ¿Para encubrir eso sirve la prédica chovinista? Para enfrentar esa política, debemos afirmar el internacionalismo de Mariátegui, que fue también el de Marx, y que es finalmente el internacionalismo revolucionario del proletariado que no tiene odios nacionales sino la voluntad suprema de hacer justicia en su propio país acabando con los privilegios de clase de los explotadores, al margen de cuál fuera su nacionalidad. Debemos decir sin ambages, que nuestros enemigos no son –ni serán nunca- los trabajadores de otros países, sino los explotadores del nuestro y de los demás. Porque la lucha no es entre Estados, sino entre clases. Una guerra justificable, entonces, no será nunca la que enfrente a países y pueblos hermanos, sino a clases opuestas. Esto debieran tenerlo muy en cuenta sobre todo quienes se sienten comunistas, dicen serlo, o aspiran a llegar a ese nivel de definición humana porque Marx diferenciaba a los comunistas del resto del proletarios en una sola cosa: “los comunistas –decía- no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientemente de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto” 3) Marx y Mariátegui se definieron con meridiana claridad en torno al tema de la Revolución Social como un fenómeno orientado a cambiar de raíz la estructura de dominación de la sociedad. El tema de la Revolución como fenómeno político nos retrotrae a un antiguo debate: la contraposición -que puede ser verdadera o falsa- entre reforma y revolución. Desde los primeros socialistas hubo quienes desestimaron la idea de cambios radicales en la sociedad. Unos los consideraron inviables, utópicos, imposibles, inevitablemente destinados a la derrota. Otros, simplemente los juzgaron innecesarios. Para los primeros, tentar un cambio radical, lucía inútil. Era algo así como un reto imposible, que no podía emprenderse por estéril. Para los segundos, era mejor impulsar cambios breves, pequeños, destinados a mejorar gradualmente la condición de los trabajadores en el marco de la sociedad capitalista. En otras palabras, resultaba mejor promover “reformas” que pudieran perfeccionar –podríamos decir, embellecer- la sociedad capitalista, en lugar de demolerla.
Estos fueron los reformistas. Marx luchó firmemente contra quienes levantaron la bandera de las reformas juzgándolos inoperantes y utópicos. Llamó a tomar distancia de ellos de un modo definido y claro. Y por eso alentó y promovió la organización independiente de los comunistas, la lucha revolucionaria del proletariado y el asalto al Poder. Alentó entonces, la Revolución. “La Revolución no sólo es necesaria –dijo Marx en La Ideología Alemana- porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundir la sociedad sobre nuevas bases” Y Mariátegui siguió escrupulosamente el mismo derrotero. No sólo polemizó abiertamente con Henri de Man, el más caracterizado exponente del socialismo reformista europeo de su tiempo, sino que se enfrentó a todas las variantes del reformismo incluso en su propio entorno. No hay que olvidar, en efecto, que tomó distancia del grupo de Luciano Castillo en el marco de los debates referidos al tema. Mariátegui fue partidario de la revolución social, y no afincó ilusión alguna en la posibilidad de cambiar la sociedad a través de reformas. Pero tuvo una idea clara de lo que era una Revolución. Una Revolución -dijo- “no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución. Una revolución no se cumple sino en muchos años. Y con frecuencia tiene periodos alternados de predominio de las fuerzas revolucionarias, y de predominio de las fuerzas contrarrevolucionarias”. “La idea de la Revolución –insistió Mariátegui- es lo que ha salvado al proletariado del rebajamiento”. Hay que advertir, sin embargo, el peligro de una deformación. No es malo per sé luchar en el marco de la sociedad capitalista por reformas o cambios que mejoren la vida o la situación de los explotados. Hay que defenderse más bien de la idea de que esa lucha es el camino y la solución a los problemas de los trabajadores; y que agota, por tanto, el programa estratégico del proletariado. En otras palabras, la lucha por las reformas no supone en ningún caso la renuncia al trabajo por la revolución, por el cambio radical y profundo de las relaciones de producción. Las reformas pueden acelerar la revolución, o retrasarla; pero en ningún caso, reemplazarla. El tema se vincula adicionalmente a otro debate: cuando hablamos de un cambio radical -y violento- de la sociedad ¿estamos hablando siempre y en todos los casos, de formas armadas de lucha, de enfrentamientos físicos y materiales entre personas y de derramamiento de sangre? Ciertamente que no. Un cambio radical implica un cambio desde la raíz, es decir, desde la base misma de la sociedad. Marx lo dijo en su tiempo: “Ser radical, es comprender la raíz de las cosas”. Pero la idea de un cambio violento no implica necesariamente que éste se haga con métodos violentos. Significa sí que se procese de un modo ágil y rápido. Pero, sobre todo, desde posiciones de fuerza. En el fondo, el tema tiene que ver con otra discusión de largo aliento: la existencia de las clases, la lucha entre ellas y la llamada dictadura del proletariado, que sonroja a ciertos reformistas y escarapela el cuerpo a los oportunistas de todo pelaje, no obstante ser simplemente la democracia popular más amplia. Hoy hay quienes afirman temerariamente que la globalización capitalista ha atenuado, cuando no desaparecido, la existencia de las clases y la lucha entre ellas Como una manera de fundamentar el concepto, se han valido de argumentos supuestamente “universales”. Han dicho, por ejemplo, que fenómenos como la contaminación ambiental, el recalentamiento planetario, las catástrofes naturales o la falta de agua, existen “al margen de las clases” y “afectan a todos” independientemente de la clase a la que pertenezcan. Son problemas, dicen, que trascienden la lucha de clases, y la superan. Y eso, es rigurosamente falso. La contaminación ambiental no la generan los pueblos ni los trabajadores, sino los grandes consorcios industriales y mineros empeñados en succionar la riqueza de la tierra sin escatimar medios para lograrlo. En nuestro país, por ejemplo, es un hecho conocido que el centro metalúrgico de La Oroya está contaminado en extremo debido a las operaciones de la minera Doe Run. Hoy, allí, el 96% de los niños menores de 11 años tienen los pulmones atravesados por plomo ¿Es esto responsabilidad de los trabajadores, o de la empresa imperialista, expoliadora en esencia a la que el estado capitalista, además, de manera cómplice la libera de compromisos de protección al medio ambiente? El recalentamiento global ¿no es acaso consecuencia directa de la ampliación del hueco de la atmósfera -hoy más grande que el territorio de Canadá- y del debilitamiento de la capa de ozono que se produce precisamente por la contaminación ambiental y el uso de productos que dañan la naturaleza y el eco sistema? ¿Acaso no es sabido que las catástrofes naturales como las ocurridas en los últimos años en Indonesia y en los Estados Unidos, son la consecuencia natural de las agresiones hechas a la ecología? Y la falta de agua –los deshielos del ártico y de las zonas nevadas- ¿no son acaso otra cosa sino una consecuencia del recalentamiento global? Las grandes empresas, el gran capital, los monopolios, desarrollan una política de expoliación y contaminación que afecta a toda la humanidad y llevan al globo terráqueo al borde de su destrucción. Luchar en defensa de la ecología y el medio ambiente, por la protección de los recursos naturales y de la bio diversidad no sólo es una exigencia legítima sino también una manera calificada de desarrollar la lucha de clases defendiendo los intereses de los pueblos y enfrentando la ofensiva del capital. La lucha de clases no fue por cierto una maquiavélica invención del socialismo. Y no es tampoco un fenómeno pasajero que puede evaporarse como el agua sometida al calor extremo. La lucha de clases es una realidad vigente en el plano interno de cada país y en el escenario de nuestro tiempo. Y se expresa de manera dramática en los índices de miseria, desnutrición, abandono, atraso social, analfabetismo y otras lacras. Pero también en la política esquilmadora y agresiva del imperialismo contra los pueblos, en la guerra de Irak, en el suelo Afgano, en el bloqueo a Cuba, en el exterminio del pueblo Palestino, en los ataques a Hugo Chávez, en la campaña contra Ecuador y Bolivia.
4) El cuarto elemento común entre las personalidades que abordamos es su identificación plena y absoluta con la lucha social. Carlos Marx fue ciertamente un teórico notable, pero fue al mismo tiempo un activista revolucionario de extraordinaria calidad. Consciente de la certeza de sus ideas, no se limitó a formularlas sino que trabajó por ellas activamente en la lucha concreta de los trabajadores. Tenía 24 años cuando emprendió la tarea de divulgar sus concepciones fundamentales publicando la célebre “Gaceta del Rin, que tuvo corta duración, pero que desempeñó un rol de excepcional importancia en la tarea de afirmar ideas de clase en la cabeza de los trabajadores. Y 30 años cuando, cuando vinculado ya a Federico Engels, entregó “El Manifiesto del Partido Comunista”, publicado en febrero de 1848. Hay que subrayar, sin embargo, que en todo ese periodo, el vínculo de Marx con la lucha del proletariado estuvo signado por el proceso de la historia. Recordemos, en efecto, que la Revolución Francesa de 1789 tuvo un periodo histórico muy corto y acabó anegada en sangre, envuelta en las vicisitudes del gobierno del Terror de Robespierre, las intrigas de José Fouché, y los afanes conspirativos del Directorio y Bonaparte. La etapa más convulsa -post revolucionaria- se desarrolló en Francia entre 1796 y 1815. Los estertores de la etapa concluyeron ese año con el retorno de los Borbones al trono de París bajo la forma de una monarquía constitucional. La realeza fue repuesta en sus funciones luego del Congreso de Viena, y ello permitió comprobar que los desterrados de Coblenza, al decir de los críticos de la época, en sus años de destierro nada habían aprendido, y nada habían olvidado. La dulce Francia volvió a los años dorados de la corte, pero el proletariado persistió impetuoso en la lucha por una sociedad mejor. Una contradicción de esa magnitud entre los intereses de unos y de otros, no podía resolverse sino a través de la fuerza. Y ella se abrió paso a partir de la constante agitación social vivida sobre todo entre 1842 y 1848. Ella no ocurrió sólo en el antiguo territorio de los Galos, sino también en la Germania. De ese modo, Francia y Alemania vivieron una etapa convulsa que permitió cambios súbitos en la conducción del Estado. En el centro de ese proceso estuvo la Revolución de 1848 que, desde París, finalmente restauró La República y puso el Poder en manos de la burguesía. Fue esa una etapa de complejas luchas en las que el proletariado buscó afanosamente abrir paso a demandas legítimas en el marco de una crisis profunda que asoló el viejo continente. La hambruna extendida generó agudas tensiones internas, pero también conflictos de frontera entre diversos Estados. Revoluciones y guerras asomaron en el escenario dando la impresión de un inminente estallido de proporciones colosales. Las grandes capitales de los países capitalistas vieron muy de cerca distintas expresiones de la lucha de clases al extremo que Flaubert pronosticaba que, a la cabeza del Imperio Otomano, Constantinopla se convertiría en los próximos cien años en la capital del mundo. Marx y Engels, actores del proceso, se involucraron abiertamente en la acción de los pueblos insurgentes, pero sobre todo en las luchas de los campesinos y los obreros empeñados en forjar un nuevo orden social. En ese contexto, la represión desplegada por la Clase Dominante, no se hizo esperar. Marx fue obligado a abandonar Francia en tanto que Engels tomó las armas para participar en las revueltas de la época. Entre 1848 y 1851, cuando resonaban en el viejo continentes las solemnes profecías del Manifiesto Comunista las masas combatían en las condiciones más adversas haciendo frente a una brutal represión. Expresión nítida de ella fue sin duda el Proceso a los Comunistas de Colonia, de 1852, incoado originalmente contra Marx y sus colaboradores más inmediatos. Fue esa la primera experiencia en el mundo de un supuesto “complot comunista”. 75 años más tarde, en junio de 1927, la teoría del “complot comunista” fue usada por primera vez en el Perú contra José Carlos Mariátegui y sus compañeros. La actitud de Marx ante el Proceso a los 11 comunistas de Colonia y la de posición de Mariátegui ante el presunto complot comunista del 27, fue muy parecida. Marx puso en evidencia el carácter deleznable de las acusaciones contra sus compañeros. Y Mariátegui hizo exactamente lo mismo en una recordada carta redactada desde el Hospital Militar de San Bartolomé, donde fuera transitoriamente confinado. Allí, como se recuerda, aprovechó para desmentir el infundido del Ministerio de Gobierno de entonces subrayando si distancia de “todo género de complots criollos de los que aquí puede producir todavía la vieja tradición de las conspiraciones. La palabra revolución tiene otra acepción y otro sentido” Marx y Mariátegui tuvieron en muy alta estima, sin duda, el papel de la Clase Obrera como la fuerza revolucionaria como excelencia y constructora de la nueva sociedad. Ella, decía el autor de “El Manifiesto” “no puede emanciparse ya de la clase que la explota y oprime, de la burguesía, sin al mismo tiempo emancipar para siempre y por entero a la sociedad de la explotación y la opresión”. El Proletariado era, en esa concepción, la garantía de la victoria, y del futuro. El papel del proletariado fue subrayado con meridiana claridad por Mariátegui en su “Defensa del Marxismo. “No creemos –dijo- que la empresa de crear un nuevo orden social incumba a una amorfa masa de parias y de oprimidos guiada por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo no se alimenta de compasión ni de envidia. En la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y lo heroico de su ascensión, el proletariado debe elevarse a una moral de productores”. “El proletariado -añadió- no ingresa en la historia política sino como clase social; en el instante en que descubre su misión de edificar, con los elementos allegados por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden social superior” Fueron similares, entonces las opiniones de Marx y de Mariátegui en torno a la Clase Obrera, a su papel en el proceso social, a su organización política y a sus luchas, a sus tareas esenciales y a sus formas de acción. También, ciertamente en el análisis de la perspectiva del movimiento, cuando, finalmente, sea destruida la sociedad de la opresión y emerja sobre bases firmes un orden social nuevo y más justo. COINCIDENCIAS PUNTUALES. Los otros elementos, fluyen del estudio de ambas vidas. Curiosamente, Marx y Mariátegui fueron periodistas desde una muy temprana edad. Mientras el primero publicó muy joven la Gaceta del Rin y después los Anales Franco Prusianos; el segundo edito en nuestro país primero Nuestra Epoca y luego La Razón -que hoy usurpa el diario de La Mafia-. Y después Amauta y Labor.
Ambos escribieron numerosas obras, no todas las cuales fueron publicadas en el transcurso de sus vidas. Estudios sociales, políticos y económicos, análisis de la realidad nacional y mundial. Fueron escritores brillantes en su tiempo. Y aportaron ideas acordes a los intereses de los pueblos. Por eso la mayoría de sus obras fueron entregadas al conocimiento del mundo por sus seguidores –que suman millones- en diversas latitudes del planeta.
Los dos buscaron trabajar por la organización del proletariado creando estructuras representativas de movimiento obrero en todos sus niveles. Pero al mismo tiempo, se solidarizaron con sus luchas y participaron en ellas porque fueron combatientes de clase y no apoltronados dirigentes. También buscaron. Por eso, dar luz política al proletariado alumbrando estructuras partidarias que cumplieron una función vital en su momento. No capturaron puestos dirigentes para quedarse en ellos, sino que se valieron de su lugar en la batalla de clase para servir la causa de los pueblos. Sufrieron, en ese esfuerzo, el rigor de la lucha de clases, y fueron víctimas no sólo de la agresión económica del capital, sino además, de la represalia brutal de los regímenes a los que debieron enfrentar en condiciones adversas. Marx legó una hermosa herencia al proletariado mundial. Y Mariátegui hizo lo propio con relación al movimiento obrero y revolucionario peruano y latinoamericano. Los dos, en suma, fueron soñadores, y nos permiten recordar ahora en su memoria la hermosa frase de Anatole France: “sin los soñadores, la humanidad viviría aún en las cavernas” Marx murió en 1883, cuando en el mundo el capitalismo salía de una de sus crisis periódicas y alcanzaba una relativa estabilización que se quebraría después, en el nuevo siglo. Mariátegui nació en 1894 y adquirió plena conciencia política con la Revolución Rusa, fenómeno histórico de incalculable valor y cuyos 90 años celebraremos también en nuestro país dignamente. Mariátegui siempre se sintió profundamente influido por el pensamiento Marxista. Por eso, en su polémica con Henri de Man no trepidó en subrayar: “Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo, libran en el mundo innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina”. Muchas gracias Lima, 23 de mayo del 2007
(*) Secretario General de la Asociación Amigos de Mariátegui (Casa Mariátegui) y miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera. (www.nuestra-bandera.com)


AMAUTA Y LA CONCEPCION INTERNACIONALISTA (*)
Por GUSTAVO ESPINOZA M.
“El objeto de esta revista es el de plantear, esclarecer y conocer los problemas peruanos desde puntos de vista doctrinarios y científicos. Pero consideraremos siempre al Perú dentro del panorama del mundo. Estudiaremos todos los grandes movimientos de renovación políticos, filosóficos, artísticos, literarios y científicos. Todo lo humano es nuestro. Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los de los otros pueblos de América, en seguida con los de los otros pueblos del mundo” José Carlos Mariátegui. “Presentación de Amauta”. Septiembre 1926
I.- Introducción Se ha dicho con frecuencia que José Carlos Mariátegui es una fuente inagotable de ideas y un manantial sostenido para la creación y el pensamiento político. Pablo Neruda, aludiendo a esa verdad en un sentido literario y figurado, solía decir: “Sobre Mariátegui seguirá cantando el mar / Lo echarán de menos nuestras praderas / nuestras desoladas planicies / El viento en las alturas superiores lo recuerda / Nuestro pequeño hombre oscuro / que crece a tumbos lo necesita / por que él nos ayudó a darle nacimiento / El comenzó por darnos luz y conciencia”. Y así es, en afecto. Aún en nuestro tiempo, y hasta podríamos decir con mayor razón en nuestro tiempo, se afirma la necesidad de volver a Mariátegui, estudiar los elementos de su teoría, profundizar en su accionar práctico y extraer de uno y otro las razones de una lucha que se afirma en el horizonte. No se trata, solamente de invocar lo escrito por el Amauta, o lo publicado por la revista que viera la luz en la primera semana de septiembre de 1926. Aún más importante que eso, es estudiar la esencia del personaje y de su creación literaria y política para comprender mejor la naturaleza de los problemas que agobian a nuestros pueblos, en esta etapa del desarrollo social en la que parecen haberse detenido las fuerzas del cambio y haber ingresado nuestra sociedad en un túnel oscuro y sin salida. Volver a Mariátegui, entonces y convocarnos bajo su bandera, tiene no sólo una importancia literaria, sino también un enorme sentido político. Y es que, es precisamente en circunstancias como ésta que la política dignifica y ennoblece, porque no se expresa en objetivos subalternos y ambiciones precarias. Nos proponemos por eso subrayar el papel verdaderamente internacionalista de Amauta y mostrar la íntima relación existente, en el marco del proceso social de nuestro continente, entre el proceso revolucionario latinoamericano, la figura rectora de Mariátegui y el rol activo que jugó en el periodo la revista como instrumento de politización y educación de la vanguardia política en la lucha por el ideal socialista. Veamos.
II. Los primeros elementos del proceso revolucionario continental: En los primeros años del siglo XIX, uno de los organizadores del Partido Obrero en la ciudad de Nueva York, George Evans, demandaba, a través de las páginas de su periódico “Working Man’s Advocate”, convertir a los obreros en pequeños propietarios de tierras como una manera de paliar los efectos de la explotación despiadada del capital. En ese entonces Thomas Skidmore, publicaba en Filadelfia un libro referido a “el derecho del hombre a la propiedad”. Eran, ambos, elementos iniciales de una suerte de socialismo utópico que más tarde tomaría forma y alcanzaría adeptos en el norte de América tras las propuestas de Robert Owen y el célebre impulsor de los Falansterios, Charles Fourier; y que se tornaría en el preludio del pensamiento revolucionario en el nuevo continente. El rápido desarrollo del capitalismo en los Estados Unidos no tuvo similar en las regiones situadas desde el sur de ese país hasta la Patagonia. No obstante, los primeros indicios de la organización obrera en América Latina se mostraron a partir de 1830. Desde ese año y en las dos décadas posteriores ocurrieron, en efecto, las primeras grandes huelgas en Chile, México y Brasil. Y poco más tarde en Argentina.. Fueron estos movimientos vastos contra la política succionadora del Gran Capital, en primer lugar inglés y luego norteamericano, empeñado en apoderarse de las riquezas naturales de los países de centro y sur América. A partir de 1850 se tiene noticias ya de la existencia de las primeras organizaciones sindicales como expresión del incipiente desarrollo del proletariado. Y en 1870 del surgimiento de la Primera Sección de la Asociación Internacional de Trabajadores, surgida en Paris en 1864 bajo la orientación de Carlos Marx y Federico Engels. Como lo señala Boris Koval : “La formación de la clase obrera fue un proceso de alcance histórico mundial relacionado con la aparición y el crecimiento de la gran producción capitalista” Los acontecimientos europeos ocurridos en el periodo tuvieron por cierto innegable influencia en nuestra región. La Guerra Franco Prusiana de 1870, expresión de la lucha por el dominio entre las burguesías de ambos países y la Comuna de París en 1871 -la primera experiencia de una insurrección obrera triunfante- así como su posterior derrota; fueron episodios que incidieron significativamente en el proceso social de América Latina por cuanto mostraron la desenfrenada voracidad de la clase dominante y los pérfidos métodos a los que recurría cuando veía en peligro su hegemonía. Probablemente al calor de esas experiencias que tuvieron resonancia mundial, entre 1880 y 1910 aparecieron en el subcontinente los primeros Partidos Social Demócratas y Socialistas que se sumaron a las tareas de la II Internacional manteniendo correspondencia fluida con el Buró Socialista en el que se hallaban representadas las posiciones más progresistas. El desarrollo del capitalismo en América y la subsistencia de estructuras económicas de la dominación feudal, generaron en nuestros países el surgimiento de una clase expoliadora y formas despiadadas de opresión que tensaron las contradicciones sociales y dieron lugar a profundas convulsiones en diversos países. Quizá si la primera gran expresión de esa realidad fue la Revolución Mexicana que, nacida en junio de 1910, diera poco después al traste con una de las dictaduras más siniestras de la historia, la de Porfirio Díaz, en mayo de 1911.
III.- La Revolución mexicana y su incidencia: En sus inicios, como se recuerda, la Revolución Mexicana, considerada por Mariátegui como “el fenómeno dominante, por su trascendencia social y política” en el periodo, implicó la insurgencia de un vigoroso movimiento popular representado por la burguesía liberal. Francisco Madero, en efecto, personificaba el ala más conservadora del vasto frente de fuerzas sociales que se alzaron contra la dictadura y encabezó el movimiento no sólo porque alcanzó a precisar con mayor nitidez los lineamientos de su programa, sino porque encarnaba los intereses de una burguesía en ascenso dispuesta a tomar en sus manos las riendas de un Poder hasta entonces, administrado por un viejo tirano. De esa experiencia se ocupó Mariátegui en su Conferencia de diciembre de 1925 en la Universidad Popular González Prada y en numerosos escritos, publicados muchos de ellos en la revista Amauta. En la base de la Revolución Mexicana, como lo refiere Mariátegui, subyacían importantes sectores sociales particularmente agrarios. Emiliano Zapata y Francisco Villa, los líderes campesinos que luchaban por la devolución de las tierras a las comunidades, proclamaban ya concepciones avanzadas en el plano social y disponían de destacamentos armados que luchaban por hacer valer los derechos de los oprimidos. México era en ese entonces un país campesino. 12 de los 15 millones de habitantes vivían en el mundo rural y estaban vinculados a la agricultura. Sus líderes, que en los inicios del conflicto respaldaron a Madero, pronto hicieron su propia lucha y extendieron sus brazos hacia el incipiente proletariado urbano. Paralelamente, en el Estado de Morelos Zapata puso en vigencia el denominado Plan Ayala, que recogía las demandas fundamentales de los trabajadores del campo. Fueron esos segmentos sociales los que confirmaron los ideales primigenios de la Revolución Mexicana cuando se vio ferozmente amenazada, en febrero de 1913, por el motín del general Victoriano Huerta, que derrocó, y asesinó a Madero y tomó el poder para instaurar una dictadura feroz contra todo el pueblo. Contra el nuevo tirano, insurgieron no sólo los líderes agrarios, sino también segmentos intermedios de la burguesía comercial y financiera, como Alvaro Obregón y Venustiano Carranza. En favor de Huerta los Infantes de Marina de los Estados Unidos ocuparon el puerto de Veracruz, pero no pudieron evitar la caída del tirano que finalmente dimitió en el 13 de agosto de 1914, dando inicio así a la segunda etapa de la Revolución que, sin embargo, no tuvo el desenlace más esperado por la insuficiente preparación organización y experiencia de los sectores más deprimidos de la sociedad. La expresión política de este convulso escenario considerado por Mariátegui “el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano”, la dio luego la conversión de los núcleos más progresistas del partido Liberal en Partido Socialista, bajo la influencia de los hermanos Flores Magón y José Allen, que influyeron después, decisivamente, para que en 1918 viera la luz el Buró Panamericano de la Internacional Comunista.
IV.- La irrupción del bolchevismo: Es conocido el hecho que Lenin siempre valoró altamente el proceso revolucionario americano como la expresión combativa del proletariado en acción. Esta valoración sin embargo, se trocó en interés manifiesto luego del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre cuando se tornó imperiosa la necesidad de nuevas conquistas del proletariado universal en la lucha contra el viejo orden capitalista. Sobre todo a partir de allí el líder bolchevique cuidó con especial preocupación sus vínculos con América del norte y del sur. Y se preocupó activamente porque los materiales y publicaciones de los bolcheviques fueran enviados también a los combatientes de América y llegaran a su destino. Cuando el debate en el seno de la II Internacional refundada con la ayuda de Federico Engels polarizó las tendencias entre los reformistas y los revolucionarios, el conductor de la Revolución de Octubre buscó firmemente asegurar una fluida información para que no quedaran dudas respecto a la naturaleza de los temas en cuestión. En ese marco, respaldó a los internacionalistas, que se enfrentaron a los reformistas y revisionistas que objetivamente capitularon ante la presión de sus burguesías nacionales. Fueron esos los años más duros del debate en torno a la I Gran Guerra Inter- Imperialista, en torno a la cual se proyectaron, en efecto, dos posiciones nítidamente diferenciadas. A un lado se situaron quienes ante la gran conflagración optaron por cerrar filas en defensa de lo que consideraban “sus” intereses nacionales; y, al otro, quienes, teniendo una visión de clase del problema, comprendieron que la guerra no eran entre países, y que la salida no consistía en disparar de una trinchera a otra, sino en confraternizar en ellas coincidiendo en la lucha por cambiar de raíz la sociedad y eliminar para siempre las razones de esa confrontación. Tal fue por cierto, la esencia del pensamiento que recogiera el Manifiesto de Zimmerwald, en septiembre de 1915, considerado por Mariátegui “el primer despertar de la conciencia proletaria”. El debate en torno a la guerra se hizo más local y patente cuando los parlamentos de los países beligerantes debieron votar los llamados “créditos de guerra”. Es decir, las partidas necesarias para la adquisición de armas y la provisión de pertrechos militares indispensables para hacer frente al conflicto. Las discrepancias, y las votaciones en el seno de las Cámaras Legislativas de cada país sirvieron para colocar a cada quién su verdadero puesto, pero alimentaron también la inexorable división de la II Internacional. Mientras los reformistas liderados por Kautsky, Ebert y Berstein se sumaban a sus gobiernos bajo el pretexto de la defensa de la “soberanía nacional”, los revolucionarios guiados por Lenin definían los campos de otro modo. Cuando se inició el conflicto, hablando sobre su origen y los intereses que lo alimentaban, dijo en su trabajo “La guerra y la social democracia en Rusia”: “La guerra europea, preparada durante decenios por los gobiernos y los partidos burgueses de todos los países, se ha desencadenado. El aumento de los armamentos, la exacerbación extrema de la lucha por los mercados en la época de la novísima fase, la fase imperialista, de desarrollo del capitalismo en los países avanzados y los intereses dinásticos de las monarquías más atrasadas, debían conducir inevitablemente, y han conducido, a esta guerra”. Luego de eso, definiendo el perfil de esta guerra, añadiría: “Cada día se hace más evidente que ésta es una guerra entre capitalistas, entre grandes bandoleros que disputan para decidir quién obtendrá mayor botín, saqueará más países y oprimirá y esclavizará más naciones” Mariátegui, por cierto, no se quedó con los reformistas, sino que asumió la bandera de Lenin, a quien admiró siempre. Se hizo Bolchevique no sólo como lo había reconocido a su manera respondiendo a una nota del diario “El Comercio” en 1918, sino afirmando una concepción que desarrolló consecuentemente en la revista Amauta y que luego llevó como aporte esencial al Partido que fundó y a la lucha por los objetivos del socialismo. José Allen, obrero mexicano, Luis Frayna del movimiento socialista de los Estados Unidos, Enrique Flores Magon, ya citado, el ruso Boyotín residente en el país del norte, el revolucionario nipón Sen Ketayama radicado en USA y el periodista norteamericano John Reed estuvieron entre los fundadores del Buró Panamericano de la Internacional Comunista creado por iniciativa de Lenin cuando éste decidió, romper finalmente con los núcleos reformistas de los socialismo domesticado y marchar hacia la construcción de una nueva unidad, crisol que alumbró a partir de marzo de 1919, cuando se creó en Moscú la III Internacional. Este Buró funcionó alternativamente en Estados Unidos y en México y contribuyó decisivamente a la formación de Partidos Comunistas en diversos países, incluso en Centroamérica donde surgieron las secciones de Guatemala, Honduras y El Salvador; y en Cuba, donde en 1925 se fundó el primer Partido Comunista. También contribuyó a la formación del Partido Comunista de Panamá y más tarde a la formación del Buró del Caribe de la IC. Es bueno recordar que la actividad del Buró Panamericano fue examinada en la sesión del Comité Ejecutivo de la IC en 1921 que decidió enviarle como “refuerzo” a Edgar Vory (conocido como Sterner), años después Presidente del Partido Suizo del Trabajo. Este Buró influyó decisivamente en la formación de destacados luchadores revolucionarios como los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, de Venezuela, y Carlos Baliño y Julio Antonio Mella de Cuba; y abordó por iniciativa de la IC un muy rico debate en torno al carácter de la lucha contra el imperialismo norteamericano en la región. La disolución, en 1921, del Buró Panamericano, dio lugar al surgimiento de dos organismos directamente relacionados al Comité Ejecutivo de la IC. El Buró del Caribe, que tenía a su cargo México, Chicago y La Habana; y el Buró Sudamericano que, en sus inicios, abarcó solamente el trabajo en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile. A partir de ese momento cobró cierta significación el trabajo del Buró Sudamericano de la IC con sede en la capital argentina. Una de sus primeras tareas fue ayudar al proceso de formación de los Partidos Comunistas en diversos países. El Partido Social Demócrata de Chile, fundado en 1912 por iniciativa de Luis Emilio Recabarren, pasó a llamarse Partido Comunista en 1921. En Argentina, los socialistas de izquierda, que se habían retirado en 1918 del Partido oficial y que se llamaron transitoriamente “Partido Socialista Internacionalista”, se denominaron luego Partido Comunista Argentino. El Comité Ejecutivo de la IC, en un pleno ampliado, celebrado en 1925, analizó estos temas y registró también la presencia de destacados revolucionarios latinoamericanos, entre los que puede citarse a Vittorio Codovilla, Rodolfo Ghioldi, el mexicano Manuel Díaz Ramírez, Mella y José Carlos Mariátegui. En ellos puso interés.
V.- El trabajo del Buró Sudamericano. Uno de los grandes temas abordados polémicamente por los revolucionarios latinoamericanos se refiere siempre al papel y a las tareas del Buró Sudamericano de la IC. En nuestro país, incluso destacados historiadores y críticos como Alberto Flores Galindo pusieron énfasis en subrayar verdaderas o aparentes deficiencias de este organismo como un modo de enfrentar nuestra experiencia revolucionaria con el papel y las tareas de la IC. En el fondo también como una manera de sustraer el filo revolucionario del accionar de Mariátegui, presentándolo apenas como una suerte de “libre pensador” de su tiempo, “incomprendido” y “criticado” por sus contemporáneos. Y eso no fue así. Hay que admitir por cierto que en América Latina en aquellos años trabajaron varios funcionarios de la IC que actuaron con una mentalidad más bien burocrática. Pensaban que bastaba reclutar a un grupo de comunistas en un determinado país para declarar constituido el Partido y hacerlo reconocer por la IC con toda la carga que ello implicaba. Esos “partidos”, en realidad eran simples grupos que se desintegraban pronto porque no estaban vinculados con la clase obrera de su país, ni con la tradición del pensamiento teórico de ese país. No participaban tampoco en las luchas concretas que desarrollaban las poblaciones, sobre todo obreras y campesinas, Objetivamente contrariaban la concepción leninista que se afirmaba en la idea de que “cada país debe parir su movimiento”. Cada Partido debía ser producto de un determinado desarrollo histórico y ser injertado en un tronco que dé frutos, y no un producto silvestre. Mariátegui, que estudió el proceso de formación de Partidos Comunistas en Europa y observó atentamente el desarrollo del movimiento en Asia, comprendió esto: la necesidad de alentar el desarrollo y la conciencia del movimiento obrero, así como el valor de las ideas en la lucha revolucionaria. En la base de su trabajo, apareció así la revista Amauta, su papel en el desarrollo social y su innegable contribución a la afirmación de una verdadera ideología de clase. En esa misma línea se anotan por cierto la formación de la Central Sindical creada en mayo de 1929 y la formación del Partido. Mariátegui le dio a Amauta la tarea de introducir en el Perú las ideas del socialismo. Comprendiendo que eso era también un proceso, no tuvo un desarrollo lineal ni uniforme. Por lo demás, se vio interrumpido por la clausura temporal de la revista y la agudización de las tensiones sociales que generaron una dinámica en cierto modo no prevista por su fundador. No obstante ello, los lineamientos básicos de Mariátegui se cumplieron porque eran acertados y correspondían el grado de maduración de nuestro movimiento. Es en ese marco que debe situarse entonces el debate respecto a la Conferencia de Partidos Comunistas celebrada en 1929 en Buenos Aires. En ella, se discutió entre diversos temas, el de la formación del Partido en el Perú. En un momento en el que los socialistas más revolucionarios buscaban diferenciarse de los reformistas asumiendo su condición de comunistas, no se comprendió por qué Mariátegui había optado por el nombre de socialista que había entregado a su Partido. Hubo quienes, a partir de allí, pretendieron buscar elementos inexistentes: una cierta disputa entre Codovilla y Mariátegui, una deslegitimación del Amauta por parte de la IC, una visión pretendidamente “populista” a partir de las concepciones de Mariátegui en torno a la Comunidad Campesina, y otras diferencias. Hay que considerar que la Conferencia de Buenos Aires fue un evento escrupulosamente organizado, que reunió a 38 representantes de Partidos la mayoría de los cuales actuaba en la ilegalidad, que casi todos eran muy jóvenes: Mariátegui, no estuvo entre los presentes, pero era uno de los cuadros más maduros y tenía la misma edad de Codovilla. Muchos de ellos no se conocían personalmente y nunca habían estado juntos, afrontaban temas nuevos y problemas que no habían abordado antes. Ellos estaban apenas cimentando las bases de un proceso continental en extremo complejo y vivían sometidos a presiones bárbaras, producto de la miseria, pero también de la despiadada represión política de la que eran víctimas, y que el mismo Mariátegui sufrió en carne propia. Temas como el de las razas en América Latina, el desarrollo capitalista en la región, la penetración de los capitales ingleses y norteamericanos, la consolidación de brutales dictaduras en diversos países, el surgimiento de las primeras acciones armadas de lucha libradas en distintos escenarios de nuestro continente y hasta el tema del conflicto fronterizo entre Perú y Chile y el Plebiscito de Tacna y Arica; eran materias ciertamente confusas para muchos de los asistentes a un evento que se realizaba por primera vez en la región y que estaba llamado a abrir un debate más amplio con miras al encuentro similar de Montevideo en torno a la unidad y a la lucha del movimiento sindical latinoamericano. Juzgar entonces la labor de Buró Sudamericano sólo porque algunos de sus integrantes discreparon de ciertas apreciaciones de Mariátegui expuestas por sus representantes; es ciertamente limitante, cuando no mezquino. En todo caso, eso no involucra el conjunto de la actividad desarrollada por la IC directamente o a través del Buró Sudamericano. Para ser justos, y sin desconocer tampoco que allí se anidaban contradicciones que venían desde el Partido Comunista Bolchevique de la URSS y que enfrentaron violentamente luego a diversos dirigentes del original núcleo leninista, hay que subrayar el papel orientador que dio por un largo periodo “La Correspondencia Sudamericana”, editada en Buenos Aires y que acogió los escritos y las denuncias de Mariátegui en forma regular, la formación de la Confederación Latinoamericana de Trabajadores constituida en Montevideo y su publicación de “El Trabajador Latinoamericano”, la asistencia permanente de delegados de la IC en cada país -en el Perú tuvimos a los argentinos Miguel Contreras y Carlos Duvojne, además de Paulino Gonzalez Alberdi, el uruguayo Camilo, y otros que se jugaron la vida al lado de muchos compañeros nuestros-, las experiencias comunes y el estudio de fenómenos tan importantes como las luchas en cada país y el surgimiento de organismos como la Alianza Nacional Libertadora en Brasil, o el Frente Popular en Chile. Un gran acierto en este periodo fue, por ejemplo, el apoyo que se brindara a la lucha de Sandino en Nicaragua, a la insurrección campesina liderada por Farabundo Martì en El Salvador, a la formación, a las acciones armadas de “El tenientismo” y la larga marcha de la Columna Prestes a través del Mattogroso entre 1924 y 1927, en Brasil; o la difusión de las luchas mineras en nuestro país. Adicionalmente hay que considerar en el activo, el respaldo firme al accionar de la Liga Antiimperialista de las Américas que se entroncó con el trabajo de la Liga Mundial Antiimperialista y sus congresos celebrados en Bruselas y Francfort, donde Mariátegui fue incorporado a la Presidencia de esa entidad sin haber siquiera concurrido al evento.
VI.- El papel de Amauta La revista Amauta que cumplió una muy vasta y múltiple tarea en diversos aspectos del pensamiento y la creación humana; tuvo un rol destacado en el análisis del proceso latinoamericano y buscó proporcionar a sus lectores una visión clara y rotunda de lo que ocurría en la región. Una revisión somera de la revista en los años que fuera dirigida por Mariátegui, nos permite recordar lo siguiente: En el número 1 de la revista se inserta un valioso artículo de Ramiro Pérez titulado “La Iglesia contra el Estado en México” haciendo ver el papel reaccionario de los curas ligados a las castas tradicionales en ese país. Y para subrayar su identidad, inserta un hermoso poema de Alberto Hidalgo titulado “Lenin” En el número 2 se incluye la intervención del célebre Bernard Shaw en el banquete que le fuera ofrecido con motivo de su 70 cumpleaños y en el que el dramaturgo inglés establece la disyuntiva: capitalismo o socialismo, optando firmemente por el segundo. En la misma edición se publica un artículo de Haya de la Torre: Romain Rolland y América Latina. En el número 3, y como evidencia de su interés por México incorpora una extensa nota referida a la cinemateca mexicana. En el siguiente, entrega una interesante reflexión de Luis Alberto Sánchez sobre la cultura hispanoamericana y otra de Manuel Seoane sobre el nacionalismo; aunque como matiz indispensable nos permite leer el apasionante trabajo de Hugo Pesce sobre la Revolución Decembrista rusa de 1825. En el número 5 César Falcón se ocupa del conflicto minero, pero la revista nos entrega también una extremadamente bella muestra de la pintura de Diego Rivera, el artista más destacado de la Revolución Mexicana y un artículo de Vasconcellos sobre América Latina. También, por cierto, un polémico aporte de Leon Trotski acerca de Lenin y un sentido homenaje al Comisario Krassin, emblemática figura del bolchevismo, muerto precisamente en 1926. De él, dice: “un hombre fuerte, puro, honrado, que ha servido abnegadamente una gran idea humana. Su vida queda como lección y como ejemplo. Su nombre está ya escrito no sólo en la historia de su patria, sino en la historia del mundo”. Como se recuerda, Krassin tenía en los años previos a 1917, la tarea, más bien prosaica, de proveer de fondos a los bolcheviques para su accionar revolucionarios, de modo que no era propiamente un pacífico ciudadano. En el número 6 se inserta un artículo sobre nacionalismo y revolución de Antenor Orrego y otro titulado “La hora de América” de Félix del Valle, que concluye en el número 7 en el que se complementa con un extenso articulo de Carlos Sánchez Viamonte titulado “Machiavello y Mussolini” y que sirve a Mariàtegui para deslindar claramente con el fascismo. El número 9, publicado en mayo de 1927 es, quizá, uno de los más conocidos. En su momento dio lugar a la clausura de la revista por parte de la policía y pretexto a la denuncia en torno al “complot comunista”. En realidad, insertó un excelente trabajo de Jorge Basadre bajo el título de “Mientras ellos se expanden”, que implicaba una cronología sintética de la intervención yanqui en el norte de Panamá, artículo que llenó de ira al embajador de los Estados Unidos en el Perú; pero también, por si eso no fuera suficiente, un homenaje a Lenin y a Sorel. En el número 10, se incluye un análisis del panorama político mexicano y en el siguiente una nota de Waldo Frank titulada”El redescubrimiento de América”, que continúa en el número 12 complementándose con tres artículos de gran interés sobre la Revolución mexicana. En el 13 se publica la Resolución de la Liga Anti imperialista sobre América Latina; y en el siguiente un artículo de gran valor titulado “Novísimo retrato de José Martí”; y en el 15, un estudio de Abelardo Solís sobre el ocaso de la dictadura en Venezuela. El número 17, es ciertamente el más conocido. No solo porque corresponde al aniversario de esa publicación, sino además porque implica un punto de quiebre: la revista se orienta resueltamente hacia el socialismo, y así lo proclama su director en su editorial más conocido: Aniversario y balance. Añade a eso la publicación de un capitulo de su Defensa del Marxismo -polémica con Henri de Mann- y un enjundioso estudio sobre el Kou Ming Tang chino y el proceso de la revolución en ese país mágico. En el 18, no obstante la ruptura con Haya, Mariátegu incluye un artículo sobre la cultura de América, de Antenor Orrego. Tanto en este numero como en el 19 inserta también capítulos de “Defensa del Marxismo”. El número 20 resalta el papel del gobierno soviético abordando los antecedentes de la Revolución, la organización política soviética, la doctrina del bolchevismo y una apreciación crítica sobre asuntos polémicos: la democracia socialista y la dictadura del proletariado. El ensayo corresponde a Cesar A. Ugarte, cuyas opiniones no necesariamente comparte Mariátegui, por lo que se cuida de añadir su propia Defensa del Marxismo y un artículo de Anatoli Lunatcharsky sobre el desarrollo de la literatura soviética. Además, inserta un excelente trabajo de Jesús Silva Herzog sobre México y su revolución. En el numero 21 hay un estudio de Tristán Marof sobre Bolivia y la nacionalización de las minas; y en el número 22 un estudio filosófico de Lenin sobre el Kantismo. También incorpora dos valiosas notas en torno a América latina. Una sobre la situación económica de Venezuela y la otra sobre la guerra de El Chaco, que enfrenta a dos pueblos hermanos: Bolivia y Paraguay.. En el número 23 inserta un artículo de Henri Barbusse: “La batalla antifascista”, su discurso en la apertura del Congreso Antifascista celebrado en Berlín., una nota sobre la plástica revolucionaria en México, un artículo referido al Termidor Mexicano y otro sobre la disputa de El Chaco. En el número 25 vuelve a escribir Luis Alberto Sánchez, pero se inserta un interesante trabajo de Bujarin, prueba de que Mariategui seguía atentamente el proceso de la IC, donde ha sido ya desplazado Zinoviev, el que le diera alas a Haya de la Torre con la tesis del APRA como símil del Kuo Ming Tang. También incluye el discurso de Marcel Cachin en el parlamento francés: “El imperialismo contra la URSS”. En el número 26 toma en cuenta un importante trabajo de Esteban Pavletich sobre la Revolución Mexicana y una nota sobre el Congreso Mundial anti imperialista de Francfort. El número 27 está virtualmente dedicado a la URSS con un balance del primer Plan Quinquenal para la industria del Estado, que incluye los diversos rubros de la producción y del trabajo. También publica una emotiva foto de Sandino y su Estado Mayor colocando una ofrenda floral en Veracruz en homenaje a quienes cayeron resistiendo la agresión de los infantes de marina yanquis. Y en el 28, el último en el que pudo intervenir Mariátegui , además de un emotivo homenaje a Rosa Luxemburgo, está también otro trabajo de Esteban Pavletich en torno a la Revolución Mexicana. Como puede apreciarse, Amauta, a partir de una definida concepción internacionalista, tuvo incidencia directa en el proceso revolucionario latinoamericano afirmando en él un derrotero socialista neto y una voluntad de lucha a toda prueba. Lima, septiembre del 2006 (*) Ponencia presentada ante el Simposio AMAUTA, 80 AÑOS organizado por la Casa Mariátegui y la Asociación Amigos de Mariátegui (6 -9 de septiembre del 2006)

El Partido de los nuevos tiempos
A 80 años de la fundación del primer Partido Comunista de Cuba
Dra. Angelina Rojas Blaquier. Investigadora del Instituto de Historia de Cuba.
Durante los primeros 25 años del siglo XX se consolidó la dominación neocolonial de Estados Unidos en Cuba, y aparecieron los rasgos de la crisis estructural del sistema, ámbito propicio para el nacimiento del primer Partido Comunista de Cuba.
Respuesta consecuente de un pueblo que desde el siglo anterior había mostrado su vocación independentista; y de una clase obrera que en 1890 conmemoró el primer 1º de Mayo; y que participó, con José Martí, en la preparación y desarrollo de la Guerra de Independencia, y en la fundación, para ella, del Partido Revolucionario Cubano.
El acontecer en otros países latinoamericanos, la evolución del movimiento revolucionario internacional, y particularmente la Revolución de Octubre, en tanto demostración de que los trabajadores podían alcanzar el poder, actuaron, simultáneamente, en favor del rápido avance organizativo y político de las masas trabajadoras, de una parte de los intelectuales y también entre los estudiantes.
Como parte de la sumamente rápida evolución ideopolítica de los sectores populares cubanos, el 18 de marzo de 1923 se fundó la Agrupación Comunista de La Habana, y sucesivamente las de Guanabacoa, Manzanillo y San Antonio de los Baños.
Las mismas prepararon las condiciones organizativas para la realización del congreso que dejó constituido el primer Partido Comunista de Cuba (PCC), el 16 de agosto de 1925, con la participación de 18 asistentes, entre delegados e invitados, y la colaboración directa del comunista mexicano Enrique Flores Magón, en representación de la Internacional Comunista (IC).
Mientras Carlos Baliño había estado con José Martí, Julio Antonio Mella y otros forjadores del partido proletario estudiaron y comprendieron lo suficiente al Héroe Nacional para entregarse a la tarea de crear el partido de los nuevos tiempos. Junto a ellos, el pequeño grupo de dirigentes obreros que reconocía la importancia de la organización del proletariado con sentido clasista, y el apoyo que significó la llegada a Cuba de comunistas europeos como el joven Fabio Grobart,[1] también entre los fundadores.
Aquellos primeros comunistas, guiados más por su sensibilidad clasista y la interiorización del mundo en que vivían, que por su preparación teórica, sintetizaron la tradición organizativa y política de los revolucionarios cubanos para la representación y defensa activa de los intereses de los sectores populares, y especialmente del proletariado.
El nacimiento del PCC, a pesar de su exigua membresía, fue recibido con inquietud por la administración estadounidense y el gobierno de Gerardo Machado.[2] De inmediato los comunistas fueron perseguidos, detenidos, impedidos de actuar por cualquier medio, incluyendo los asesinatos. Tanto fue así, que el 31 del propio mes, fue detenido y expulsado del país el comunista canario José Miguel Pérez, elegido Secretario General del Partido. El resto de los miembros del Comité Central, y hasta el mexicano Flores Magón, fueron encarcelados el 2 de septiembre.
El partido de los comunistas cubanos, nacido en una etapa muy convulsa, se vio obligado a constantes adecuaciones tácticas. Como la propia Internacional Comunista, de la que era filial, en su primer decenio pasó de las formas iniciales de lucha, al enfrentamiento ideológico mediante la táctica de clase contra clase; y a la posterior superación del izquierdismo, hasta llegar a la orientación y conformación del frente único del proletariado, del frente popular antimperialista, y adentrarse en la lucha contra el fascismo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Hasta 1929, la dirección partidista transitó con escasa y muchas veces ninguna orientación de la Comintern, organización que entonces desconocía bastante las características de la dependencia, especialmente en el Caribe, razón por la cual algunas de sus orientaciones, válidas para el movimiento comunista europeo o de otros continentes, no lo fueran para la neocolonia cubana.
Esa realidad provocó que, en determinadas coyunturas, la dirección partidista asumiera posiciones que se distanciaban de la línea trazada por la IC, creándole dificultades con dicho organismo, aunque también trató de cumplir orientaciones de dudosa realización en el país. Ello se reflejó, particularmente, a partir de 1927, cuando la dirección partidista precisó que la revolución en Cuba debía pasar por una etapa democrático burguesa, y que el Partido, con su escaso número y desde la más absoluta clandestinidad; con la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y el resto de las organizaciones populares descabezadas e impedidas de actuar, necesitaba aliarse a otras fuerzas de oposición, pues no estaba en condiciones de desplegar una campaña política propia.
Así, los conceptos unitarios de Mella y de Rubén Martínez Villena matizaban el enrolamiento de los comunistas en la lucha política antimachadista. Con ello también procuraban hacer avanzar el proceso de crecimiento y reorganización de sus filas, y lograr fórmulas para revitalizar al resto de las maltrechas organizaciones revolucionarias, todas privadas de sus principales líderes.
Desde 1929 se ampliaron las relaciones con la IC, organismo que, bajo la táctica de clase contra clase, no aprobó el procedimiento unitario del PCC. Ello coincidió con la agudización de la crisis económica y política de Cuba, expresada en el auge del movimiento huelguístico, cuya máxima expresión fue la huelga general de marzo de 1930, organizada y dirigida por Villena, considerada justamente por Fabio Grobart como el inicio del gran movimiento popular que derrotaría a Machado y profundizaría la lucha contra el imperialismo.
Por exigencias de la Internacional, poco después fue elegida una nueva dirección partidista. La misma, a partir del crecimiento de las luchas antimachadistas y de la nueva orientación de la IC, aseguró que Cuba había entrado en un período francamente revolucionario y que la clase obrera, bajo su dirección, se preparaba para la derrota de Machado y la conquista de sus demandas inmediatas y finales; que la revolución democrática burguesa estaba próxima a estallar, y que la misma sería transformada por los obreros y campesinos en revolución proletaria, a la cual seguiría la implantación de los soviets.
Esa orientación, que implicaba un rápido viraje táctico, afectó momentáneamente sus vínculos con otras fuerzas oposicionistas y la masa que las seguía, sin embargo, favoreció la lucha por la expansión del Partido hacia el interior del país para que la revolución pudiera triunfar, mediante la conquista de las masas obreras de las principales industrias, especialmente la azucarera. Momento significativo de ese proceso fue la creación, en diciembre de 1932, del Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera, en tanto sector que agrupaba a la mayoría de los trabajadores del país.
A ese ingente esfuerzo se unió el desarrollo y fortalecimiento de la Liga Juvenil Comunista y de la sección cubana de Defensa Obrera Internacional; la fundación, en febrero de 1931, del Ala Izquierda Estudiantil, y en el mes de diciembre, la reorganización de la Liga Antimperialista.
También propició la realización de un esforzado y riesgoso trabajo para atraer a los colonos pobres y medios, a la pequeña burguesía urbana, a los desempleados, los negros, y a los soldados, marinos y policías, no solo para la derrota de Machado, sino para respaldar la lucha contra el avance del fascismo, la guerra imperialista, y en defensa de la URSS y el pueblo chino entre otros. Desde el 24 de diciembre de 1932, con las marchas de hambre de los trabajadores azucareros, se recrudecieron las luchas contra el régimen machadista, en un proceso que no dejó de crecer hasta su derrota el 12 de agosto de 1933. Al respecto, en marzo de 1933 Villena reconoció el carácter nacional del movimiento huelguístico, precisando que acaso era posible hablar de una nueva etapa en el ascenso del movimiento revolucionario.
Pero el derrocamiento de la dictadura machadista no propició el triunfo de la revolución. Contribuyeron a ese desenlace: la aplicación mecánica de conceptos de la IC con respecto al limitado papel de las huelgas y a la necesidad de la lucha armada para su consecución, entre otras orientaciones; la insuficiente función dirigente del Partido; la falta de unidad entre los distintos grupos en lucha; la acción de las fuerzas oposicionistas burguesas; y la armada norteamericana rodeando las costas de Cuba.
El Partido analizó ese resultado en noviembre de 1933, con la presencia de representantes de la Comintern. Villena, en estado crítico de salud, argumentó que en Cuba aún no existían las condiciones subjetivas ni la suficiente organización y madurez partidista para la instauración de los soviets, que esa táctica aislaba al Partido, y que éste necesitaba avanzar más con procedimientos y formas organizativas propias para garantizar el triunfo de la revolución. En dicha reunión, entre otros importantes acuerdos, se decidió la elección de Blas Roca como Secretario General interino hasta la celebración del II Congreso partidista, donde fue elegido oficialmente para el cargo.
El cónclave reconoció la necesidad y oportunidad de la lucha por la unidad entre los trabajadores, y la necesidad de preparar a las masas para la realización de la revolución agraria antimperialista. Sin embargo, conceptos izquierdistas orientados de la IC, afectaron el proceso unitario, entre ellos, considerar que el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) (PRC [A]) y la Joven Cuba eran, en aquellas condiciones, el peligro principal para el movimiento revolucionario. Ello obstaculizó temporalmente una posible alianza táctica con Guiteras, quien también en ese momento difería de la seguida por el PCC, y no pensaba en una unión con dicha fuerza. Esa posición comenzó a modificarse desde finales de 1934 hasta que, en el IV Pleno del Partido, en febrero de 1935, se adoptó un plan para la concertación del frente único con dicha figura. También inició gestiones unitarias con la dirección del PRC (A), presidido por Ramón Grau San Martín.
En ese enfoque influyó decisivamente el hecho de que los gobiernos que sucedieron al de Machado, incluido el llamado Gobierno de los 100 días, al no poder resolver los problemas generados por la crisis económica y política, tampoco pudieron contener la lucha de las masas, y el movimiento huelguístico se mantuvo con fuerza e ininterrumpidamente.
A la luz de esa realidad, la dirección del Partido, sin renunciar a la conquista del poder, se adentró en la concertación del frente único entre los trabajadores de todas las tendencias, mediante la creación de los Comités Conjuntos de Acción que había propuesto Villena en 1933; y en organizar a los campesinos y garantizar su participación en las crecientes luchas, a tiempo que pugnaba por asegurar la participación del Partido en las principales batallas políticas de la nación.
Se encontraban en ese empeño cuando, en marzo de 1935, la potente huelga general que cubrió al país fue brutalmente aplastada por la dictadura de Mendieta – Caffery –Batista.[3]
Esa acción provocó el encarcelamiento y la cesantía de miles de trabajadores, la virtual desaparición de las organizaciones obreras, la liquidación de la CNOC; el sometimiento del Partido a la lucha desde la más profunda ilegalidad; y el asesinato, unos días después, de Antonio Guiteras y Carlos Aponte. Tan duro revés impuso a los comunistas la búsqueda de nuevos derroteros para continuar el enfrentamiento en las nuevas condiciones.
El análisis de los resultados de la huelga fue esencial para el cambio de la táctica partidista. A finales del propio mes de marzo, en reunión del Buró Político, Blas Roca afirmaba que el aplastamiento de la huelga había sido una pérdida muy seria para el Partido, pero que los obreros comenzaban a reagruparse para continuar las luchas, y los estudiantes mantenían sus protestas, concepto que fundamentaba a su vez Lázaro Peña cuando afirmaba: La revolución no ha sido derrotada, las luchas decisivas no se han emprendido todavía. El triunfo puede debilitar momentáneamente la resistencia, pero no puede acallar la indignación y odio contra la dictadura, ni suprimir el hambre y la esclavitud que las alimenta. [4]
La táctica de frente único fue asumida como la fórmula para combatir al imperialismo y sus parciales nacionales y continuar la lucha revolucionaria en las nuevas condiciones. La misma se fue perfilando hasta su consolidación en el VI Pleno, realizado en octubre, luego de los debates y acuerdos del VII Congreso de la Internacional Comunista. En este último, Jorge Dimitrov[5] había precisado que ante la coyuntura internacional, los trabajadores estaban obligados a escoger, no entre la dictadura del proletariado y la democracia, sino entre la democracia burguesa y el fascismo.
Con ese enfoque el Partido se entregó, en condiciones muy difíciles, a reconstruir la organización del proletariado, instruir ideológica y políticamente a las masas, y alcanzar la unidad necesaria para enfrentar al peligro fascista y transformar la realidad política cubana, ante todo, mediante la conquista de la democracia, entendida como una etapa imprescindible en la lucha por la derrota del imperialismo en Cuba, el logro de la independencia nacional y el establecimiento del socialismo.
Ello fue facilitado por los cambios que se estaban sucediendo en la arena internacional como resultado de la incontenible presión popular y la inminencia del inicio de una nueva guerra, reflejados en la política adoptada por el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y las adecuaciones adoptadas por los gobernantes del área, entre ellos el propio Batista, que condujeron al Partido a asegurar que éste había dejado de ser el centro de la reacción.[6]
Dicho colosal esfuerzo tuvo rápidos resultados en las distintas prioridades del trabajo partidista, constatables, por mencionar las más trascendentes, en las heroicas páginas escritas por los internacionalistas cubanos en la defensa de la República Española; en el respaldo al pueblo mexicano y al gobierno de Lázaro Cárdenas; en la fundación de la Confederación de Trabajadores de Cuba en 1939; en la participación de los comunistas en la Constituyente de 1940 y la calidad que imprimieron al texto constitucional; y en su incorporación a la lucha política nacional, a fin de defender los intereses de los trabajadores y del resto de los sectores populares desde los órganos de gobierno, la única manera posible en las condiciones de la Segunda Guerra Mundial.
La nueva táctica estaba orientada a respaldar y exigir el cumplimiento de todas las medidas que, salidas de cualquier fracción o figura política, significaran el mejoramiento de las masas y el avance de la democracia; a concertar alianzas con aquellas fuerzas cuyos programas reflejaran tener en cuenta los intereses populares, aún cuando se tratara del propio Fulgencio Batista, sin que esa unión comprometiera su condición de partido de la clase obrera.
Dicha táctica los llevó a integrar la Coalición Socialista Democrática, logrando incluir en su plataforma un conjunto de demandas de beneficio social, muchas de las cuales conquistaron, tanto durante el gobierno de Batista, (1940 – 1944) como durante los primeros años del gobierno de Grau (1944 – 1946). Simultáneamente les permitió fortalecer el papel de los trabajadores, desarrollar una amplia preparación ideopolítica de las masas y dar una eficaz contribución a la derrota del fascismo.
Entre los elementos que contribuyeron al afianzamiento del empleo de la vía legal y pacífica para avanzar hacia la etapa democrático burguesa de la revolución vale destacar: las conquistas que alcanzaban en materia social; el desarrollo de la II Guerra Mundial; la transitoria influencia de la teoría oportunista de Earl Browder al augurar la posibilidad de cambios de beneficio social por el empuje de las fuerzas progresistas en el aparato estatal y, sobre todo, el sostenido crecimiento del respaldo al Partido, que tuvo su momento más elevado en 1946, cuando para las elecciones parciales de ese año, obtuvo 196 081 sufragios, 44 158 por encima de sus afiliaciones (151 923) lo que daba criterio de certeza sobre la táctica adoptada.
Si bien en lo inmediato dicha táctica facilitó el logro de importantes conquistas, y contribuyó a que las distintas fuerzas políticas y sociales participaran en el proceso de modernización estatal, la idea de avanzar hacia el socialismo mediante su participación en los gobiernos, para desde ellos modificarlos mediante el respaldo de las masas, fue una apreciación falsa y coyuntural que la dirección partidista no tardó en rectificar.
Convencidos simultáneamente de que el triunfo de la democracia que presuponía la victoria aliada no impediría el reagrupamiento de las corrientes dirigidas a someter a los pueblos, mantuvo la validez de la existencia del Partido, distanciándose con ello de la teoría de Browder.
Con esa orientación, cuando Grau asumió la presidencia de la República, el Partido precisó su posición, declarando que respaldaría todo aquello que contribuyera a la unidad nacional y al progreso del país, pero que su táctica estaría determinada por la actitud del presidente con respecto a la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y al movimiento sindical.
En 1947, al amparo de la política de guerra fría, se produjo la ilegalización por la fuerza de la CTC y la división del movimiento sindical, que impuso el control de Eusebio Mujal[7] sobre la organización de los trabajadores. En respuesta a dicho acto, el Partido Socialista Popular (PSP) abandonó el Bloque Parlamentario gubernamental de la Cámara y el Senado, retiró su apoyo al gobierno y se declaró independiente, precisando que mantendría la lucha por la unidad, pero, a partir de ese momento, mediante la formación de un bloque de fuerzas cívicas y electorales por encima de las denominaciones de oposición y gobierno, con una plataforma de solución a los problemas nacionales, frente a la incapacidad o la imposibilidad de aquellas para concretar un programa que satisficiera las necesidades urgentes del país.
Como expresión del cambio de táctica asumido, se insertó en la campaña electoral de 1948 con candidaturas independientes a escala nacional y provincial, llevando para la presidencia y vicepresidencia de la república, al binomio Juan Marinello – Lázaro Peña.
Las elecciones llevaron a Prío a la presidencia. Tras ese resultado, la táctica electoral del Partido, adoptada en su V Asamblea —noviembre de 1948—, se centró en la reconstrucción de la unidad de los trabajadores y de todas las fuerzas progresistas, en torno al Plan Cubano Contra la Crisis.
Dicho plan, concebido con sentido económico y político, se basaba en el desarrollo de la producción nacional para el mercado interno, frente a la reducción del mercado exterior y su secuela de desocupación, rebajas salariales, miseria y estancamiento económico.
El Plan Cubano contra la Crisis fue un programa para la adopción de una política cubana independiente de los imperialistas, que serviría para enfrentar la crisis económica en proceso y para dar respuesta a las demandas inmediatas y urgentes de las masas.
También favoreció el desarrollo de una fuerte actividad dirigida a la preparación ideológica y política de los trabajadores al retomar la movilización popular como arma de lucha frente a la ofensiva imperialista, y desarraigar los métodos legalistas de los últimos años.
Su efecto se apreció, fundamentalmente, en el crecimiento de la movilización de las masas, el desarrollo de huelgas y la sustitución de direcciones sindicales mujalistas, pero no produjo el mismo efecto en la lucha electoral.
Para las elecciones generales de 1952 el PSP se esforzó infructuosamente por formar un frente único oposicionista. El resto de las fuerzas, incluido el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo),[8] no aceptó la alianza con el PSP ni el programa elaborado por éste para lograr un gobierno de Frente Democrático Nacional. No obstante, el PSP, aún sin pactos, llamó a votar por el candidato del Partido Ortodoxo, en tanto figura capaz de aunar a las fuerzas oposicionistas y derrotar al gobierno.
Pero esta solución tampoco pudo alcanzarse. Sobrevino el golpe del 10 de marzo de 1952. La dictadura de Fulgencio Batista, expresión de la quiebra de las posibilidades reformistas del capitalismo en Cuba, daba paso, simultáneamente, a la última etapa del proceso nacional liberador cubano.
Como es conocido, al iniciarse el movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro, el PSP no veía posibilidades de triunfo a una insurrección armada independiente de la lucha de masas, y que no estuviera dirigida por la clase obrera; no obstante, los comunistas supieron distinguir las posiciones revolucionarias de los moncadistas, lucharon por su amnistía, y trabajaron desde muy temprano por la unidad con esa fuerza emergente. A ello contribuyó decisivamente la difusión de La Historia me Absolverá. Ello se evidencia desde los primeros tiempos de la organización del movimiento tras la amnistía de los moncadistas, en el inicio de los contactos con dirigentes del Partido y la Juventud Socialista en busca de la unidad estratégica, el primero de los cuales fue la entrevista sostenida en La Habana entre Fidel y Raúl Valdés Vivó,[9] a la que siguieron las sostenidas en México por otros enviados del Partido, primero, con Osvaldo Sánchez y Flavio Bravo, y después con Antonio Ñico López, principio del proceso unitario en relación a cuanto Fidel representaba. Impuestos los comunistas por el propio Fidel del plan que se proponía, la dirección del Partido instruyó a sus dirigentes de la entonces provincia de Oriente para que organizaran huelgas y otras formas de lucha cuando se produjera el desembarco de las tropas de Fidel y empezara el levantamiento urbano.
Así, en contacto con Frank País y otros compañeros, se coordinaron las acciones del Partido y de los Comités de Defensa de las Demandas Obreras (CDDO) con las del Movimiento 26 de julio. Se acordó que el PSP, mediante dichos comités, llamaría a la huelga el día 30 de noviembre, en tanto el Movimiento 26 de julio convocaría al alzamiento para la misma fecha. El llamamiento a la huelga apareció en el periódico Oriente del día 29.[10]
En relación con el desembarco del Granma, el Comité Provincial del PSP dio también instrucciones al Comité Municipal de Manzanillo para que ofreciera a los expedicionarios toda la ayuda política y organizativa que fuera posible.
La entrevista sostenida en la Sierra Maestra entre Fidel y Ursinio Rojas, dirigente del PSP y de los trabajadores azucareros, en octubre de 1957, y otros contactos, propiciaron el estrechamiento de la colaboración entre la organización comunista y el 26 de Julio.[11] Ya por entonces, la dirección del Partido había autorizado el ingreso de los militantes comunistas en la guerrilla, aunque no como representantes oficiales del Partido.
La comprensión del PSP acerca de la oportunidad y validez del movimiento guerrillero, tuvo importantes expresiones concretas a partir de marzo de 1958. Ese mes se creó el frente guerrillero del PSP en Yaguajay, al mando de Félix Torres, aunque todos los militantes integrados a las guerrillas, incluidos los de dicho destacamento, recibieron la orientación partidista de ponerse a las órdenes del Estado Mayor del Ejército Rebelde en el aspecto militar.[12]
También se integraron, desde su apertura, al Segundo Frente Oriental Frank País, ampliando su incorporación general a la guerrilla tras el revés del 9 de abril. La creación del FONU fue otra importante expresión unitaria y de identidad con la guerra revolucionaria.
Para Blas Roca, secretario general del partido de los comunistas cubanos desde noviembre de 1933, no había dudas de que el jefe de la revolución debía ser el jefe del partido, por ello, al producirse la victoria del 1º de Enero de 1959, Blas reconoció en Fidel al líder revolucionario, capaz de aglutinar a todas las fuerzas interesadas en la lucha por la liberación nacional, y de conducir victoriosamente la Revolución hasta la etapa socialista. Esa sagaz visión política y su condición de comunista, hicieron que le entregara a Fidel, incondicionalmente, las banderas del Partido. Para él, afirmó el propio Blas, lo importante fue comprender en el momento preciso que Fidel encarnaba la unidad y que por ello desde los primeros encuentros, él fue el dirigente para nosotros por eso pusimos nuestro partido a la dirección de Fidel.[13]
Como precisara el investigador Lucilo Batlle con respecto a Blas: Su actitud ante la vanguardia encabezada por Fidel no fue solo un acto de profunda raigambre moral, sino, ante todo, un hecho de profundo carácter cosmovisivo, teórico-práctico; un trascendental acto político, patriótico y revolucionario inédito en la estrategia del movimiento comunista internacional, sustentado en una sólida formación teórica y un profundo conocimiento de las tradiciones nacionales, que coadyuvó, de manera decisiva y personal, a la conformación de una nueva vanguardia histórica revolucionaria de la clase obrera y las masas populares
[1] Fabio Grobart (1905-1993), polaco de nacimiento, llegó a Cuba en 1924 y rápidamente se vinculó al movimiento comunista cubano, estuvo entre los fundadores del PCC en 1925 y desde entonces hasta el momento de su muerte fue un fiel militante y dirigente, respetado y querido por muchas generaciones de revolucionarios, y odiado y calumniado por reaccionarios de todo el mundo. Al morir era el comunista de más antigua militancia en Cuba.
[2] Gerardo Machado Morales (1871-1939) General de la Guerra de Independencia, devenido político y empresario a partir de 1900, ocupó la presidencia de la república entre 1925 y 1933. Su sometimiento a los intereses norteamericanos y la brutal represión a que fueron sometidos los sectores populares convirtió su gestión en una verdadera dictadura que tuvo a su haber, entre muchos actos ignominiosos, el asesinato de Julio Antonio Mella. Fue derrotado por una generalizada revolución popular el 12 de agosto de 1933.
[3] Trilogía que encabezó la administración del país tras el golpe militar que derrocó al gobierno provisional de Ramón Grau San Martín el 15 de enero de 1934. El coronel Carlos Mendieta como presidente provisional; el devenido coronel Fulgencio Batista, jefe del Ejército y poder real de la nación, y el embajador norteamericano Jefferson Caffery, coauspiciador de la maniobra reaccionaria que devolvería el poder a la oligarquía cubana dependiente de Estados Unidos.
[4] BP PCC: Acta de reunión, marzo 29 de 1935, Archivo Instituto de Historia de Cuba, Fondo IC, Caja 4, Doc. 43.
[5] Dirigente comunista búlgaro, en 1935 fue elegido Secretario General de la Internacional Comunista, responsabilidad que ocupó hasta la disolución de ésta en 1943. Fue el primer presidente de la República Popular de Bulgaria.
[6] Entre esos cambios se destacan la legalización del PCC, la libre circulación del periódico HOY, y la decisión de convocar a la celebración de una asamblea constituyente previa a las elecciones generales con garantía de participación para todos los partidos.
[7] Uno de los personajes más nefastos del movimiento sindical y la política cubana, después de ser expulsado del PCC en 1933, estuvo entre los fundadores y principales dirigentes del efímero Partido Bolchevique Leninista (Trotskista), después de la muerte de Guiteras se apropió de la dirección de Joven Cuba para posteriormente presidir la Comisión Obrera Nacional del PRC (A), al frente de la cual fue el principal artífice de la ilegalización por la fuerza de la CTC, la división del movimiento sindical y la creación de una CTC oficial, orquestada por el gobierno de Grau en cumplimiento de las exigencias de la política norteamericana de guerra fría. Después del golpe de estado del 10 de marzo de 1952 abandonó al autenticismo para continuar, en alianza con Fulgencio Batista, su obra de división y neutralización del movimiento sindical, en tanto representante del reformismo proimperialista. Abandonó el país en 1959 radicándose en Miami, donde, enriquecido, fundó y dirigió hasta su muerte una de las organizaciones obreras creadas por los cubanos en el exilio.
[8] Partido político fundado por Eduardo Chibás en 1947 como un desprendimiento del autenticismo, cuya labor de denuncia y condena a la corrupción política y administrativa de los gobiernos auténticos y sus promesas de un gobierno basado en la honestidad administrativa y en la solución de los principales problemas de la nación les ganó el apoyo mayoritario de la nación. El suicidio de Chibás en 1951 fue un duro golpe para dicho Partido, y aunque el anticomunismo y las diferencias estratégicas de su dirección les impidieron aceptar cualquier tipo de alianza con el partido de los comunistas cubanos, la masa que lo seguía, y particularmente su sector juvenil, desarrollaron la alianza tácita que determinaba la comunidad de sus objetivos de lucha.
[9] Valdés Vivó era en ese momento el Secretario General de la Juventud Socialista en la Universidad de La Habana. Véase: Lionel Martín, El joven Fidel, Editorial Grijalbo, pp. 185 – 186. Valdés Vivó participó junto a Fidel, en 1946, en una difícil asamblea estudiantil, en la cual una valiente intervención del último impidió la expulsión simbólica de los estudiantes comunistas de la Universidad, propugnada por agentes de la Embajada norteamericana.
[10] La huelga convocada por el CDDO no se planteaba que fuera para facilitar el desembarco del Granma, pues ello alertaría a las fuerzas del gobierno, sino que se planteó como parte de la lucha de los trabajadores contra el push que preparaban grupos politiqueros en contubernio con Trujillo. Tanto Fidel como el PSP se habían pronunciado contra esos intentos que solo buscaban sustituir a Batista por otro no menos reaccionario.
[11] Véase: Lionel Martin, El joven... Ob. Cit., p. 223.
[12] Blas Roca, Entrevista, Revista Bohemia, La Habana, 28 de julio de 1978.
[13] Blas Roca: Entrevista, Revista Verde Olivo, La Habana, 23 de julio de 1978.

Los años setenta del siglo XX marcan un punto de no retorno en la reconstrucción del orden capitalista. Su desarrollo no puede ser integrador. La exclusión social, económica y política es parte de su estructura. Por consiguiente, las batallas de los trabajadores abriendo espacios democráticos y conquistando derechos laborales y civiles se truncan y sufren un proceso de involución que continua abierto en la actualidad. Sólo por razones ideológicas en tiempos de la guerra fría, en el mundo occidental, se realizan concesiones en el ámbito socio-laboral para contrarrestar la influencia de los partidos obreros, la fuerza del socialismo y el comunismo en lo político y social. Al concluir la segunda guerra mundial, el enemigo dejo de ser el nazi-fascismo. El peligro real, vuelve a ser el socialismo, la revolución proletaria, los comunistas y los partidos de izquierda. Si por un breve período en la historia del capitalismo, la lucha contra el holocausto, suscita la unión de voluntades, ese espejismo se desvanece, tras el juicio de Nuremberg. En el siglo XXI la recuperación de las prácticas del Reich permite su renacer sin necesidad de la esvástica. La economía de mercado se impone con su ideología de la globalización destruyendo la quimera del capitalismo como una sociedad de integración social, pleno empleo y redistribución de la riqueza. Asimismo se evapora la ideología socialdemócrata que sustenta dicho argumento.
Si la lucha contra el nazi-fascismo supone un instante de sensatez, el triunfo sobre las fuerzas del Eje desata la locura en el orbe capitalista. Una interpretación ad-hoc unirá fascismo, socialismo, nazismo y comunismo. Tardará dos décadas en acoplarse; pero se consigue gracias a los millones de dólares invertidos y los muchos ideólogos dedicados a imponerla. Violencia, muerte, y campos de concentración se asocian a la disidencia, los Gulag, la revolución bolchevique y los comunistas. Se trata de dar vida a una explicación del socialismo fundada en la destrucción de la persona, la inteligencia, la iniciativa privada y creadora de la vitalidad humana. La Unión Soviética y desde 1949 China son junto a sus llamados Asatélites@, los enemigos de las libertades y del mundo occidental. Mundo que pasa a representar los valores de la cultura y civilización cristiana frente al comunismo ateo , icono de la muerte. Este relato construye un capitalismo sin explotación ni desigualdad cuyo éxito se debe al buen hacer del mercado y del acceso de los trabajadores al consumo de bienes. La socialdemocracia sería el resultado de dicho proceso.
A pesar de esta visión maniquea, los trabajadores, las clases sociales explotadas del mundo occidental ven en el socialismo y el comunismo, una respuesta y luchan por superar las estructuras de explotación capitalista. La revolución, los partidos de izquierda, y la acción sindical constituyen su realización militante de lucha reivindicativa. En este contexto, la revolución anti-colonial en Asia, África y América latina toma cuerpo en movimientos de liberación nacional durante las décadas cincuenta y sesenta del siglo XX. El capitalismo emprende su cruzada y le asigna un nuevo papel a la socialdemocracia que arremete con fuerza buscando la domesticación política de los partidos comunistas cuando no su desarticulación. La izquierda radical también se ve inmersa en esta estrategia. Por otro lado, los partidos comunistas con influencia teórica y política, como el francés, italiano y mas tarde el español, una vez terminada la dictadura franquista, prefieren las mieles del poder institucional y disfrutar de sus regalías, antes que aplicarse a la lucha anticapitalista. Ello acaba por disolver su identidad y constituirse en parte del poder institucional.
Mientras tanto, en América latina la izquierda sufre los embates del anticomunismo. La guerra sucia, forma parte de desarticulación de la izquierda política en la región. Nombres como Carlos Andrés Pérez, José Figueres, Luis Echeverría, Frondizzi, Pacheco Areco, Bordaberry, Siles Suazo o Balaguer, todos ellos presidentes electos, mandan a torturar a militantes en sus respectivos gobiernos. Es la tónica general. Por otro lado, las tiranías militares ya no buscan reconstruir el poder tradicional, fundan un nuevo orden. Las fuerzas armadas se enfrentan ideológicamente a los partidos políticos de la derecha tradicional y crean las bases para un sistema donde todo debe ser nuevo. La izquierda política es desarticulada. En los años ochenta América latina se ve inmersa en la marea de la contrarrevolución. Conceptos como gobernabilidad, flexibilidad laboral, racionalidad y eficiencia, corrupción pública, recursos humanos, liberalización, privatización, descentralización, fondos privados de pensiones, falsa sustitución de importaciones, reconversión industrial, desregulación, crisis del Estado, de la izquierda, de las ideologías, de la historia, del comunismo o del socialismo se tornan comunes en el vocabulario de los políticos y los medios de comunicación. La nueva derecha busca aliados y lo encuentra en la socialdemocracia. Se apropian de la realidad en un contexto donde la lucha anti-imperialista y anticapitalista pierde fuelle tras la caída del muro de Berlín. El neoliberalismo se expande y su discurso es hegemónico. La izquierda política es desacreditada. Sus espacios naturales son ocupados por una socialdemocracia financiada por la internacional socialista que no duda en admitir partidos con tal de ampliar su influencia y seguir su batalla anti-comunista. Así sientan las bases de un pacto de gobernabilidad fundado sobre los principios de una economía de mercado. Esta dinámica que se generaliza en todo América latina, con excepción de Cuba y en el breve lapso que dura la revolución sandinista en Nicaragua 1979-1991, se rompe a fines de los años noventa con el triunfo electoral en 1998 de Hugo Chávez en Venezuela y la crisis en Argentina en 2001, la elección de Lula en Brasil en 2002 que abre la puerta a la incertidumbre y hasta hoy no la cierra. Y sobre todo con el éxito del Frente Amplio en Uruguay. La renuncia en 2003 del Presidente de Bolivia, representante de la socialdemocracia es significativo del grado de deslegitimación de las políticas neoliberales. Nuevos aires hacen pensar que una izquierda política nace sobre una socialdemocracia que deja al descubierto la otra cara de una moneda llamada neoliberalismo.

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