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Espacio de reflexión del pensamiento comunista, y de revaloración del legado marxista, leninista y de José Carlos Mariátegui

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22/06/2006

Comunistas , hoy

 

Comunistas , hoy

"El comunista quiere que haya libertad en esta tierra. Pero, como la quiere en serio, en tanto que libertad concreta, pregunta, a quienes usan el nombre de la libertad en vano, "libertad, ¿para quién?"

El comunista quiere la igualdad en esta tierra. Pero, como no pretende uniformar a los hombres y a las mujeres, precisa qué tipo de igualdad es posible entre seres humanos psíquica y culturalmente diferentes. Aspira, por tanto, a la igualdad social. Más es demasiado.

El comunista quiere la fraternidad en esta tierra. Pero, como sabe que en esta tierra sigue habiendo mucho cainismo y mucho amiguismo que pretenden estar por encima de la justicia, precisa de qué fraternidad se trata: fraternidad entre iguales.

Y al luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad, el comunista se orienta por un principio: a cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus posibilidades y aptitudes.

El comunismo es un ideal, una idea sencilla. Brecht decía: lo sencillo es lo difícil. No es un juego de palabras. Es pensamiento dialéctico, pensamiento que conoce la dialéctica histórica. También el poeta alemán sabía de qué hablaba cuando puso el Manifiesto comunista en verso. Lo sencillo es difícil."

Del artículo 

"Ser Comunista ahora"

Francisco Fernández Buey
La Insignia. España, julio del 2003.

22/06/2006 21:24 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Ideología No hay comentarios. Comentar.

Arismendi, los comunistas y el proceso revolucionario Latinoamericano

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Por GUSTAVO ESPINOZA M.*  (PERU)

                                               “La revolución no es artículo de exportación ni de importación. Es el
                                                resultado de la voluntad del pueblo, convencido a través de su experiencia
                                                y con las clases revolucionarias que a su frente son capaces de realizar
                                                ese destino…”

                                                                   Rodney Arismendi. “El VII Congreso de la IC y el fascismo
                                                                   en América Latina de hoy”

Uno de los trabajos políticos más serios y al mismo tiempo apasionantes que se produjeran en América Latina a mediados de la década de los setenta del siglo pasado, fue el estudio de Rodney Arismendi referido al papel de los comunistas y las tareas del proceso revolucionario latinoamericano, presentado ante el Simposio programado por la Revista Problemas de la Paz y del Socialismo con motivo de 40 años del VII Congreso de la Internacional Comunista.

Como se recuerda ese Congreso, celebrado entre julio y agosto de 1935 marcó un hito histórico para el movimiento revolucionario mundial y sentó los cimientos para la lucha contra el nazi fascismo, expresión máxima de la dictadura terrorista de los monopolios en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. El Informe Central del evento, a cargo de Jorge Dimitrov, fue una de las exposiciones más consistentes que se haya producido en la lucha por la liberación humana. No sólo caracterizó con precisión los elementos de la época, sino que diseñó una política integral, indispensable para el movimiento revolucionario, y señaló el conjunto de tareas a cumplir para asegurar la victoria de los pueblos en esa coyuntura histórica, quizá la más compleja y difícil que tuvo que vivirse en el pasado siglo XX.

El VII Congreso de la IC perfiló también un rumbo claro para las fuerzas revolucionarias de todos los continentes. No estuvo ajeno a ese esfuerzo, sin duda, el papel activo de los Partidos Comunistas y Obreros que también en América Latina aportaban con esfuerzo creciente a la lucha por un orden social nuevo, más humano y más justo.

Hay que decir con propiedad que el tema de América Latina fue tocado en un inicio sólo tangencialmente por los exponentes avanzados del pensamiento internacional. Carlos Marx  fue el primero de los grandes pensadores revolucionarios que esbozó ideas básicas referidas a nuestra realidad. Aunque no profundizó en ellas, no se puede negar que el pensamiento marxista estuvo siempre íntimamente vinculado a las luchas de los trabajadores de nuestro continente. Y es que nunca fue ajena a las inquietudes de los pueblos de la región, la construcción de una sociedad en la que la libertad y la historia coincidan en procura del bienestar del hombre.

Al reflexionar en torno a los temas que nos hemos propuesto, es indispensable entonces detenernos sumariamente en algunos aspectos cardinales  del desarrollo: el encuentro de América Latina con la visión socialista, la irrupción de la región en el concierto revolucionario internacional y su presencia en la IC, el peso de América Latina en el combate contra el imperialismo y las camarillas oligárquico feudales y el desarrollo de la lucha de clases, para entender mejor el invalorable aporte de Rodney Arismendi, paradigmática figura del movimiento revolucionario internacional. 

LENIN Y AMERICA LATINA    

Una característica de la época, y también del aporte leninista,  fue considerar a esta parte del mundo como “América”, y poner más atención, naturalmente en los fenómenos que generaba el pujante desarrollo del joven orden capitalista en la parte norte de nuestro continente. Sin embargo fue Lenin el primero  que aludió directamente al papel de los países de América Latina en el devenir de la historia contemporánea. Lo hizo al abordar  la crisis económica del capitalismo en su conocido estudio “El imperialismo, fase superior  del capitalismo” publicada en 1916. Allí subrayó  la comedia que se presentaba en el mercado internacional de capitales  cuando un buen número de Estados “desde España hasta los Balcanes, desde Rusia hasta Argentina, el Brasil y China se presentan, abierta o encubiertamente ante los grandes mercados de dinero” exigiendo la concesión de empréstitos aceptando a cambio imposiciones que los sometían a las exigencias del sistema financiero.

Fue Lenin también quien puso énfasis en la necesidad de hablar de “la política colonial de la época del imperialismo capitalista”, haciendo notar  que el capital financiero originaba formas de dependencia estatal. Ponía entonces el dedo en la llaga aludiendo a las formas de semicolonia, citando expresamente como tal la situación de Argentina. Para el efecto, se remitió a Schulze-Gaevernitz para quien América del Sur y sobre todo Argentina se hallaban en tal grado de dependencia financiera de Londres se les debía calificar como “colonia comercial inglesa”.

Caracterizando a los países de América Latina como “dependientes”, Lenin puso énfasis en remarcar los fuertes vínculos que estaba relación de dependencia generaba entre el poder central con la burguesía de la Argentina y con los círculos dirigentes de toda su vida económica y política

Pero el interés de Lenin por América Latina rebasó largamente la inquietud científica o intelectual. Vladimir Ilich  cuidó mucho sus vínculos con América del norte y del sur. Es un hecho histórico el recordar que en los primeros años del siglo XX funcionaba ya en Argentina “la Sección Rusa del Partido Socialista”, integrada por militantes del POSDR, revolucionarios emigrados después de 1905. A través de ellos, Lenin tuvo siempre documentos informativos referidos al proceso social argentino y latinoamericano. Por eso en su momento apoyó a los Socialistas Internacionalistas de Buenos Aires que se enfrentaron a los reformistas, y alentó a Recabarren en Chile y a Justo en Argentina  respaldando su pedido de incorporación a la Internacional

Lenin vio con viva simpatía el proceso mexicano, y mantuvo vínculos directos con diversos revolucionarios de ese país. Admiraba sus luchas y su contribución al desarrollo del pensamiento progresista en nuestro continente.

Es importante subrayar estos elementos porque en nuestro tiempo hay quienes, sin fundamento alguno, deslizan la idea de que el Partido Bolchevique, atenazado por una cierta visión eurocentrista,  no mostró interés alguno en América Latina, y que sólo la lucha de nuestros pueblos hizo posible que tardíamente, Moscú mirara esta región del mundo.

Esa percepción errónea se orienta a proclamar una supuesta “autonomía” en el pensamiento socialista latinoamericano como una manera de considerar “correcta” luego una política revolucionaria distante de Moscú. Distante, en el fondo, claro, de la influencia de los partidos comunistas y obreros, que fundieron sus propias acciones con el batallar cotidiano del proletariado de nuestro continente.

LA FUNCION DE LA III INTERNACIONAL

Hace ciertamente bien Rodney Arismendi en reconocer que la estrategia y la táctica de las luchas del proletariado latinoamericano en la segunda parte del siglo XX estuvieron basadas en las experiencias de la Revolución Rusa, en las obras de Lenin y en los acuerdos y debates de la Internacional Comunista. En esto también debe insistirse ahora por cuanto no faltan quienes, desconociendo la historia, pretenden encontrar intereses distintos entre la Internacional Comunista y la lucha de los pueblos de América Latina. Alberto Flores Galindo, un extinto investigador social de nuestro país lleva esta idea hasta el extremo de asegurar que Mariátegui, por ejemplo, “nunca llegó a establecer vinculación alguna con la Internacional. Ni siquiera pudo viajar a Rusia”. Y por si le fuera insuficiente la formulación la reitera para concluir asegurando que “el año 1927, Mariátegui no existía para la Internacional”.

En realidad lo que se busca con este tipo de especulaciones seudo teóricas es alcanzar un doble efecto. Por un lado, desdibujar el perfil de los revolucionarios latinoamericanos que, como José Carlos Mariátegui, fueron fieles a las concepciones internacionales del proletariado, asignándoles una suerte de filiación abstracta, episódica y casual, en el fondo reformista o social demócrata. Por otro, afirmar la idea de que la III Internacional fue apenas una estructura administrativa y burocrática, ajena a los intereses de los pueblos y a sus luchas, y sometida a caprichos de personas de discutible solvencia moral o política. Una manera de deformar la esencia del pensamiento revolucionario y descalificar la práctica de los comunistas en el escenario latinoamericano, pero también aislar a nuestros pueblos de lo que fuera en su momento la experiencia revolucionaria rusa que hay que revalorar en su justa dimensión.

Para situar la historia como corresponde, hay que recordar que en 1918, aún antes de constituirse la III Internacional, y por influencia de la Revolución Rusa de 1917, se creó el Buró Panamericano de la Internacional Comunista, con el aporte -entre otros- de los mexicanos José Allen y Enrique Flores Magón, del periodista norteamericano John Reed y de Sen Katayama, revolucionario japonés residente en los Estados Unidos. Este Buró funcionó en los Estados Unidos y en México y contribuyó decisivamente a la fundación de Partidos Comunistas en América Latina, Estados Unidos y Canadá, así como a la formación de grupos comunistas en Cuba que en 1925, y bajo la orientación de Baliño, fundaron el primer Partido Comunista de Cuba, muy gratamente recordado por la historia.

La actividad del Buró Panamericano fue examinada y reforzada por el Comité Ejecutivo de la IC en 1921, lo que le permitió ampliar su radio de influencia en la región llegando incluso a Venezuela a través de los hermanos Machado y a Argentina, influyendo en los Socialistas Internacionalistas que dieron nacimiento al Partido Comunista de ese país. Fue por iniciativa de la IC y luego de la discusión del 21 cuando se trató acerca de la necesidad de prestar mayor atención a los problemas derivados de la lucha antiimperialista. Y aunque el Buró Panamericano se disolvió ese año, se crearon dos dependencias del mismo nivel, una para atender el Caribe, con centros en México, Chicago y La Habana; y otro con conexiones vivas en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile.

Numerosas precisiones podrían hacerse en torno al trabajo y a la actividad del Buró Sudamericano de la IC y a su publicación más exitosa: La Correspondencia Sudamericana. En una coyuntura muy compleja, y superando adversidades, asumió tareas de importancia, y las cumplió. Tuvo errores, por cierto, mostró incluso rasgos de incomprensión de diversos fenómenos y se hizo eco, a su vez, de los errores y deformaciones que se registraran en ese periodo en el movimiento comunista, pero nada de eso disminuye el papel positivo que jugó en aquella circunstancia histórica.

Es interesante recordar que fue en el VI Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú en 1928 que América Latina puso sus problemas en la orden del día. Por primera vez en la historia en un evento de trascendencia mundial, América Latina y sus problemas fueron motivo del análisis y las reflexiones de las más destacadas figuras del movimiento revolucionario internacional y de los partidos comunistas y obreros de todos los países.

Erróneamente, en sus tesis, Bujarin incorpora a todos los países del sub continente adjudicándoles la calidad de “países coloniales”, pero saluda como un avance la lucha del pueblo de Nicaragua contra la intervención militar norteamericana, y abre la perspectiva del debate para un mayor intercambio de opiniones y experiencias en beneficio de los pueblos.

Como era previsible, los debates no fueron sólo teóricos. Se extendieron al plano de la ejecución política, al cumplimiento de tareas revolucionarias y al análisis de realidades concretas. La delegación latinoamericana asistente al evento tuvo la oportunidad de plantear con franqueza sus preocupaciones esenciales y llamar la atención del movimiento revolucionario mundial acerca de la importancia de la región.  “América Latina –dijeron- es el Interlant del más poderoso imperialismo, de la más poderosa burguesía del mundo (ella) disfruta de esa supremacía en buena parte gracias a la base económica de América Latina” 

Bien puede afirmarse que en el periodo, la IC tuvo aciertos y errores. Uno de los primeros fue, sin duda, la creación de la Liga Antiimperialista de las Américas (José Carlos Mariátegui fue considerado parte integrante de la dirección de la Liga); y entre los segundos hay que reconocer algunas deformaciones que pronto hicieron crisis: El propio Bujarin presentó una visión deformada de la realidad que los comunistas latinoamericanos y otros soviéticos corrigieron. Zinoviev  recomendó a Haya de la Torre formar una suerte de Kuo Ming Tang latinoamericano -el APRA-, que hizo un daño muy grade al proceso revolucionario en América Latina.

No fue fácil entonces el abordamiento de los temas de América Latina en el escenario de la IC. No solamente porque se trataba de problemas complejos sino también porque ellos ocurrían en un escenario convulso en el que se enfrentaban tendencias discordantes. Esa discusión no estaba zanjada en 1929 cuando se produjo la primera Conferencia de Partidos Comunistas a la que concurrió una delegación peruana envida por Mariátegui, ni tampoco en la primera Conferencia Sindical de América Latina celebrada en Montevideo. Ambas, sin embargo, aportaron creadoramente al debate de nuestros problemas básicos. .

Es conocido el conjunto de coincidencias y de diferencias que se manejaron en el evento de Buenos Aires del 29 y que se procesaran en el marco de las decisiones del Buró Sudamericano de la IC.  Pero los críticos de nuestro movimiento ponen énfasis en las desavenencias para mostrar el rostro de una falsa ruptura. En realidad hubo un rico intercambio de opiniones y experiencias que fortaleció el accionar de los comunistas en la región. La preeminencia del debate ideológico fue establecida por algunas de nuestras más descollantes figuras, pero el trabajo teórico resultó insuficiente. Por eso, probablemente, el APRA logró afirmarse debilitando significativamente la lucha de nuestros pueblos.

Rodney Arismendi estuvo en la primera fila cuando se trató de desarrollar el deslinde indispensable con las tendencias falsamente revolucionarias de Haya de la Torres y sus seguidores. Del mismo modo como lo hizo desde La Habana Julio Antonio Mella, Arismendi publicó uno de sus más polémicos trabajos bajo el título de “La filosofía del marxismo y el señor Haya de la Torre. Sobre una gran mistificación teórica” editado en Montevideo con prólogo de Jesualdo. Ya en ese entonces Arismendi acertaba en algo que confirmó la historia:

“que la concepción hayista es nefasta para el desarrollo de la revolución democrático-burguesa en el continente y que sus postulados contribuyen a la conservación de las prescriptas estructuras del atraso económico, encadenadas a la voracidad del capital financiero internacional”

Nefastas para nuestro pueblo no sólo fueron las concepciones seudo filosóficas del señor Haya de la Torre, sino también la práctica política de su partido, que fue gobierno en nuestro país y pretende volver a serlo. El APRA, en efecto no sólo dejó de ser una fuerza social avanzada para convertirse en un escollo para el progreso y el desarrollo de nuestro pueblo; sino que se transformó en el instrumento más eficaz para asegurar y perpetuar la dominación imperialista. Más allá de su retórica huera el propio Haya y los continuadores de su política, se pusieron objetivamente al servicio del Gran Capital y de los Monopolios y ejercieron, cuando pudieron, una dictadura terrorista contra nuestro pueblo.

Durante muchos años, sin embargo, los comunistas peruanos trabajamos a partir de los textos de Arismendi, de Mella y de los nuestros -José Carlos Mariátegui, César Guardia Mayorga y Jorge del Prado- para enfrentar la ofensiva ideológica desplegada contra el marxismo. Hoy esa lucha n solamente que no ha terminado, sino que enfrenta nuevos retos.

EL PROCESO LATINOAMERCANO

Si en un comienzo América Latina fue el granero de los monopolios, poco a poco fue tornándose en un campo de batalla entre los pueblos y las camarillas tradicionales de Poder ligadas al Gran Capital. Surgieron en nuestra región procesos nacional- liberadores y movimientos democráticos y progresistas de gran magnitud, pero ciertamente el más significativo de todos fue la Revolución Cubana, que llegó para quedarse.

El invalorable aporte de Cuba al proceso revolucionario mundial y el ejemplo de dignidad y de coraje que encarnan su pueblo y su gobierno, favorecen el desarrollo de las luchas en la región y abren perspectiva a todos los nuevos fenómenos que hoy ocurren en el sub continente, azotado sin embargo por el odio imperial que llegó a extremos brutales en diversos países.

Experiencias como las vividas en Brasil a partir de 1964, Uruguay desde junio de 1973, Chile desde septiembre del mismo año, Argentina después y otros países, mostraron de manera clara la disposición del Imperialismo a recurrir a todos los procedimientos posibles para detener y derrotar el auge de los pueblos. El fascismo  latinoamericano, con características muy precisas, fue una forma de dominación extremadamente cruel que usó el Gran Capital para proteger sus privilegios y cautelar sus intereses. Nunca como en esos años nuestros pueblos fueron sometidos más a prueba. Y respondieron y  actuaron no sólo con infinito valor, sino también con aguda inteligencia. Se unieron prontamente y sumaron en torno suyo a sectores y fuerzas más amplias, y usaron las más diversas formas de lucha para derrocar a las dictaduras.

Hoy, Pinochet, Videla, Alvarez, Stroessner son simples esperpentos ubicados en el basurero de la historia a la que pasaron no como gobernantes, sino como vulgares asesinos y ladrones que cometieron crímenes horrendos y se robaron a manos llenas los recursos de los países a los que transitoriamente alcanzaron a doblegar por la fuerza de las armas y el terror.

Las dictaduras asesinas, a las que habría que añadir la de Alberto Fujimori en el Perú, nos dejaron sin embargo una estela de desastres imborrable. No sólo envilecieron la política, sino que saquearon también nuestros recursos y sometieron a nuestros países para imponer contra los pueblos modelos económicos perversos. Por eso, en lugar de resolverse, los problemas de la región quedaron como secuela y se agravaron en grado extremo. Hoy han tornado  casi ingobernables a diversos países.

Y es que, independientemente de los mecanismos de represión que hoy subsisten en nuevas condiciones, los gobiernos reaccionarios de la región -continuadores en lo económico de los “ajustes” neo liberales impuestos por el Fondo Monetario y el Banco Mundial- insisten en aplicar fórmulas abusivamente que sólo descargan el peso de la crisis sobre los escuálidos hombros de los trabajadores y el pueblo.

Entre 1991 y 1992, siguiendo el derrotero del modelo impuesto por las dictaduras, extraña simbiosis de dinero y fusiles, América Latina invirtió 16 mil 500 millones de dólares en armas Entre 1997 y 1998 esa suma se elevó hasta los 26 mil millones. Un dato indicativo resulta reconocer que los países de nuestra región invierten en armas el 10% de sus presupuestos nacionales, más -ciertamente- de lo que disponen para los programas de salud, educación y bienestar social.

8 de cada diez niños que mueren en América Latina perecen por neumonía, o desnutrición. Y eso lo reconoce la Oficina Panamericana de la Salud.

La pobreza, que había disminuido del 41% al 36% entre 1990 y 1997, habiéndose reducido en 11 de 14 países analizados; aumentó al revertirse la tendencia y pasó de 200 millones a 224 millones de personas en el ultimo bienio del siglo XX, tal como lo informó la Segunda Conferencia Regional de seguimiento de la Cumbre Mundial sobre el desarrollo celebrada hace pocos años en Chile.

El 24% de la población de América Latina -224 millones de personas- vive actualmente bajo la línea de la pobreza. Pero todos sabemos que hoy hay más de 90 millones de personas que viven simplemente en condiciones de indigencia. Ellos representan al 18% de la población total.

En 1980, cuando irrumpen en América Latina las políticas neo liberales, el número de pobres en la región era de 135 millones. Hoy es de 224 millones. El número de indigentes, que era de 62 millones hace veinte años, subió a 90 millones ahora.

En 1980 la posición de América Latina en la economía mundial era mucho mejor que la que tiene hoy. Por ejemplo, el peso de América Latina en las exportaciones mundiales en 1980 era del 6%. Veinte años después, con políticas neoliberales y administraciones pro yanquis, el índice ha descendido al 5%.            

En cambio ha crecido el nivel de la deuda externa. En 1980 era de 250 mil millones de dólares, al arribar al nuevo siglo esa deuda estaba por encima de los 750 mil millones de dólares. Hay que considerar sin embargo que entre 1986 y 1997 los pagos por amortizaciones e intereses referidos a la deuda externa sumaron 763 mil millones de dólares. En cifras, es claro entonces que la famosa deuda externa del sub continente, ya ha sido pagada.

En nuestro país afrontamos una situación en extremo dramática: el 54% de la Población Económicamente Activa vive bajo el límite de la pobreza y hay ocho millones de peruanos en condiciones de extrema pobreza, que carecen de ingresos, salud, educación, puesto de trabajo o vivienda. En el Perú, en efecto, cada año vienen al mundo 620 mil niños. Un tercio de ellos, sin embargo, se origina en vientres enfermos, atravesados por la tuberculosis, la hepatitis, la desnutrición y el Sida. Hoy se sabe, adicionalmente, que  en el Perú hay un millón 200 mil alcohólicos, pero que nada menos que cien mil niños afronta la misma certificación.

Con horror, recientemente, entidades universitarias de indiscutible solvencia aseguraron que en nuestro país hay tres millones de niños pobres que no reciben ninguna ayuda social del estado como consecuencia de la mala distribución de los recursos. Y en el extremo, los voceros de la oligarquía justifican el hecho arguyendo sin rubor que, “felizmente”, ya acabaron las épocas de “el Estado Benefactor”.

En cambio, el gobierno peruano -uno de los más serviles de la región- se jacta de tener en sus arcas 15 mil millones de dólares de “reservas netas” que reflejan una inexistente solvencia financiera. Su discurso se solaza, además, con la estabilidad “macro económica”, que supuestamente brinda “confianza” a la inversión extranjera. También con el incremento cuantioso de la producción de las minas de oro, que enriquecen a consorcios norteamericanos, y con la producción de otros minerales que son sustraídos de nuestro suelo. El país ha vuelto a ser, en efecto, emporio del Gran Capital

Muchas otras cifras podríamos citar para subrayar el verdadero estado de falencia en el que se encuentran los países de la región como consecuencia de las dictaduras asesinas, los gobierno pro norteamericanos y la creciente riqueza de los poderosos como consecuencia de los modelos económicos impuestos contra la voluntad de los pueblos por los organismos financieros internacionales y las obsecuentes administraciones locales. Hay que decir sin embargo solamente que en los últimos veinte años la participación de la industria en el total de la economía latinoamericana descendió del 24% al 16%; y que la región aportaba en 1980 el 50% del valor agregado industrial de la producción en el tercer mundo; y que ahora aporta apenas el 25%.

Y que el modelo precariza toda la estructura productiva, lo confirma apenas el hecho que de cada cien nuevos puestos de trabajo que se crean en esta parte del mundo, 85 lo son en el área informal de la economía. Los trabajadores, entonces, carecen de estabilidad en el empleo, de seguridad social, de acumulación por tiempo de servicios; en un contexto en el cual los pueblos ven afectadas crecientemente sus posibilidades de contar con una educación pública de calidad, servicios de salud y atención médica eficaz, y una política social elementalmente justa.

Problemas como los derivados de la desocupación, el analfabetismo, la violencia, la contaminación del medio ambiente humano y del medio ambiente del trabajo, la desnutrición infantil, la toxicomanía y otros males; afectan severamente la convivencia humana y ponen serios riesgos frente a nuestros pueblos.

De ese modo se van creando en América Latina las condiciones revolucionarias indispensables -de las que hablaba Lenin- y que diseñan una verdadera situación revolucionaria. Los de “arriba” - en efecto- no pueden seguir gobernando como antes; y “los de abajo” no están dispuestos a dejarse gobernar como antes. La situación sin embargo es más dramática por el retraso de las fuerzas indispensables de recambio. En algunos países -como el Perú- la clase dominante ya no puede gobernar, pero dramáticamente las fuerzas del pueblo no están tampoco en condiciones de asumir en sus manos el poder. La ausencia de un liderazgo social reconocido y solvente, permite que sectores improvisados y núcleos ganados incluso por la desesperación y el aventurerismo, asomen como alternativa improvisada. Esto nos obliga a revisar algunos temas básicos que abordó también en su momento Rodney Arismendi.

LOS CAMINOS DE LA REVOLUCION    

Se nos plantean para el debate algunos temas claros. Como consecuencia de la crisis y la aplicación del modelo neo liberal, como resultado de la globalización capitalista y como consecuencia de las políticas de ajuste impuestas contra la voluntad de los pueblos, se han registrado cambios en la estructura productiva de nuestros países.

El desarrollo deformado del capitalismo en la región ha afectado incluso a la Clase Obrera, que ha sufrido severos golpes represivos, pero también medidas económicas que han afectado su misma condición de clase. Eso ha permitido que circulen especulaciones seudo teóricas que pontifican en torno a la llamada “desaparición del proletariado”, añadiendo al tema la idea de la desaparición –también- de la lucha de clases.

De esta formulación se derivan dos deducciones. La primera es que, como la clase obrera “ya no existe” ahora hay que buscar nuevos referentes. Por lo demás, si la clase obrera no existe, no tiene sentido tampoco -dicen algunos- que existan partidos de la clase obrera, es decir, partidos comunistas.  Por lo demás, si lo que ha desaparecido es “la lucha de clases” entonces hay que buscar otra vía -¿la colaboración de clases”, quizá?- y renunciar a la expresión más alta de la lucha de clases que es, ciertamente, la revolución social. Antiguos marxistas, entonces, se han vuelto reformistas y buscan ahora introducir “cambios” que “mejoren” la sociedad capitalista. Todo ello en nombre de la “modernidad”.

Es antigua la tesis aquella de las reformas. Y es legítima también la idea de luchar por ellas sin renunciar a los cambios revolucionarios indispensables que no caerán del cielo, sino que serán forjados por los trabajadores y los pueblos de una manera directa y concreta. Pero hay que tener claras las ideas.

Que la clase obrera de hoy no es igual a la de “antes” es una verdad de Perogrullo. La clase obrera rusa de 1905, no fue tampoco la clase obrera de la Comuna en 1871; ni tampoco la que en 1917 tomara el Poder y fundara el régimen de los Soviets.  La clase obrera que en el mundo luchó en los Frentes Populares contra el nazi fascismo, era distinta a la clase obrera que debió enfrentar las dictaduras fascistas de la década de los setenta del siglo pasado en América latina. En todas las épocas y circunstancias cambia la clase obrera, su composición y sus tareas. Pero ella se mantiene como clase porque es consustancial a la estructura misma de la sociedad capitalista, y su tarea principal - acabar con la explotación y la miseria- tampoco se esfuma.

La lucha de clases sigue existiendo porque no han desaparecido los elementos que la hicieron posible -la propiedad privada sobre los medios de producción y el trabajo asalariado-; solo que ahora adquiere nuevas formas y permite la incorporación de nuevos actores a la actividad de masas.

Las formas del trabajo revolucionario tampoco han cambiado. Han surgido nuevos procedimientos que ayudan también a fortalecer la educación y la conciencia de las masas, pero las huelgas y las movilizaciones obreras no pueden ser consideradas “obsoletas”. Tampoco, ciertamente, las formas superiores de lucha incluso en los países en los que se ha ampliado transitoriamente la estructura democrática del Estado.

Arismendi acierta entonces cuando ya en los años setenta del siglo pasado aseguraba que América Latina vive en un periodo de ascenso revolucionario general, independientemente de las fluctuaciones coyunturales de cada país. Recordemos que en su trabajo sobre el VII Congreso de la IC, subrayaba tres elementos ciertamente claves que hoy hay que recordar:
  1. A pesar de los diversos niveles y ritmos entre los distintos países, el proceso revolucionario sigue abarcándole continente.
  1. Las convulsiones revolucionarias han venido cubriendo toda una fase histórica  aproximadamente desde los años cincuenta y
  1. La presencia expoliadora del imperialismo yanqui y la inclusión de América latina en su estrategia global son poderosos factores  que enlazan en muchos aspectos los procesos revolucionarios de los distintos pueblos.

“Concebimos el proceso revolucionario continental ante todo como parte del gran proceso histórico de la revolución socialista internacional. Como previera Lenin, el tránsito del capitalismo al socialismo se desenvuelve abarcando toda una época histórica”. Esto decía Arismendi  en octubre de 1980 en Berlín. Y conserva ciertamente plena vigencia.

El tema, entonces, es otro: la capacidad que tienen las vanguardias políticas en cada país para jugar el rol que les corresponde. El papel dirigente en la lucha -decía Lenin- corresponde a quien lucha con mayor energía, sabe aprovechar todas las ocasiones para asestar un golpe al enemigo. Para este efecto resulta indispensable que el comportamiento político de la vanguardia sea diáfano y que nadie pueda enrostrarle el hecho que sus palabras difieran de sus acciones.

Esa es también una lección que entregó Rodney Arismendi a los revolucionarios de todos los países. Por eso sus ideas constituyen un aporte en la hora de hoy, cuando los pueblos de América Latina, con la bandera del socialismo, defienden firmemente a Cuba socialista, y apuntalan los procesos nacional-liberadores que surgen en diversos países. La experiencia bolivariana de Venezuela que lidera Hugo Chávez, los acontecimientos de Bolivia a partir de la elección de Evo Morales, las luchas de las masas populares que en Brasil. Uruguay, Argentina, Chile y otros países diseñan referencias esenciales en el combate contra el Imperio, el heroísmo de la martirizada Colombia y los cambios que se avizoran en la correlación de fuerzas en el continente; abren una nueva perspectiva.

La batalla principal contra el imperialismo es más dura por la política de Bush, fuertemente atada a resabios neo nazis, y enfrascada crecientemente en una brutal guerra de exterminio contra pueblos indefensos, como Afganistán e Irak. También la solidaridad con esos pueblos, y la lucha resuelta contra esas guerras y esa política constituyen un deber esencial. Si Rodney Arismendi estuviera físicamente entre nosotros, sin ninguna duda ocuparía un lugar activo entre quienes enarbolan la bandera de los pueblos que es, sin duda, también la bandera de la lucha por la integración continental y contra la guerra imperialista.

Lima, abril del 2006

* Profesor y periodista. Miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera, publicación mensual que se edita en Lima (www.nuestra- bandera.com)

22/06/2006 21:29 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Historia No hay comentarios. Comentar.

Ser comunista ahora

20060624070250-leninmanos.jpgSer comunista, ahora

 Francisco Fernández Buey
La Insignia. España, julio del 2003.

Poca gente se lo pregunta, pero aún hay en el mundo personas que lo preguntan en serio:¿se puede todavía seguir siendo comunista hoy en día? Paco Frutos, el secretario general del PCE, da por supuesta la respuesta positiva a esa pregunta en un librito reciente que lleva por título El comunismo contado con sencillez (Maeva, Madrid, 2003). Como ahora no es de buen tono hacer declaraciones de este tipo, casi nadie ha dicho nada del librito en los grandes medios de comunicación. Y, sin embargo, en él hay cosas tan sencillas como veraces que darán que pensar a las personas que se interesan por la vida social.

Yo no creo que después de lo que hemos visto y vivido en el siglo XX haya que dar por descontada la respuesta positiva a la pregunta. Pero pienso, en cambio, que se puede llegar a una conclusión parecida a la que saca Frutos siguiendo un camino oblicuo: por aquello, que decía Machado, de que a veces quien pretende atajar rodea. Hace algunos años el dramaturgo alemán Heine Müller, que sin duda sabía de qué hablaba, contestaba a un pregunta parecida más o menos así: todavía se puede ser comunista por comparación, por vía negativa. Esta respuesta me parece atendible. Y quisiera argumentarla un poco para aquellas personas preocupadas por las desigualdades sociales y a las que no les gusta dar por supuesto nada.

De todas las grandes ideas que ha tenido aquella parte de la humanidad que podríamos llamar humanidad sufriente y pensante el comunismo ha sido una de las mejores. Claro que ha habido ideas mejores: la de la conservación del fuego, la de la rueda, la de la palanca, la del alfabeto, la de la relatividad del movimiento local, la de la gravitación.... Pero en el ámbito socio-político no ha habido muchas tan buenas. La idea de comunismo viene de muy lejos. En realidad se podría decir que esa idea se pierde en los confines de la historia. No es una idea moderna; se hizo moderna, con Babeuf y con Marx, atendiendo a las desigualdades existentes en la sociedad capitalista, a la extracción de plusvalía y a la explotación social, protestando por ellas y luchando contra ellas. El comunismo hace suyas viejísimas aspiraciones de la humanidad sufriente, de los explotados y oprimidos, de los que sufren por ello y de los que piensan con los que sufren por ello.

Cuando nació como idea, tal vez en los albores de la historia, el comunismo era un humanismo. Tampoco es que eso fuera mucho, pero fue algo importante en un mundo dominado por ideas animalescas (con perdón de los animales más próximos a los humanos). El comunismo moderno es un nuevo humanismo para una fase de la historia de la humanidad en la que el viejo humanismo está ya en crisis.

El comunista quiere que haya libertad en esta tierra. Pero, como la quiere en serio, en tanto que libertad concreta, pregunta, a quienes usan el nombre de la libertad en vano, "libertad, ¿para quién?"

El comunista quiere la igualdad en esta tierra. Pero, como no pretende uniformar a los hombres y a las mujeres, precisa qué tipo de igualdad es posible entre seres humanos psíquica y culturalmente diferentes. Aspira, por tanto, a la igualdad social. Más es demasiado.

El comunista quiere la fraternidad en esta tierra. Pero, como sabe que en esta tierra sigue habiendo mucho cainismo y mucho amiguismo que pretenden estar por encima de la justicia, precisa de qué fraternidad se trata: fraternidad entre iguales.

Y al luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad, el comunista se orienta por un principio: a cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus posibilidades y aptitudes.

El comunismo es un ideal, una idea sencilla. Brecht decía: lo sencillo es lo difícil. No es un juego de palabras. Es pensamiento dialéctico, pensamiento que conoce la dialéctica histórica. También el poeta alemán sabía de qué hablaba cuando puso el Manifiesto comunista en verso. Lo sencillo es difícil.

Pero no ha habido ideal de la humanidad que, antes o después, no haya sido convertido en mierda por los que transforman los ideales en dogmas, en templos y en iglesias. Aspirar a la mesura y a la prudencia, como querían los filósofos griegos, era una buena cosa; pero en nombre de la mesura y de la prudencia el ser humano ha tolerado lo intolerable y ha condenado la rebeldía de los que no tienen otra cosa que perder que sus cadenas. El cristianismo, dijo Marx, nos enseñó a amar a los niños; pero luego convirtió a los niños en patrimonio privado de los padres. "Caridad" empezó siendo una buena palabra para comportarse con el prójimo próximo en el valle de Caín; pero luego los de arriba identificaron caridad con paternalismo e hipocresía. Los europeos modernos amaron tanto la libertad que hicieron la revolución por ella; pero en nombre de la libertad la burguesía, que un día fue revolucionaria, suprimió o limitó las libertades de los de abajo. Y en nombre de la igualdad el socialismo que se llamaba a sí mismo "real" cometió durante el siglo XX un montón de barbaridades.

Lo sencillo es lo difícil. Engels, uno de los padres fundadores del comunismo moderno, escribió una vez: "Tal vez nos pase a nosotros lo que les ocurrió a los revolucionarios burgueses, que queriendo traer la libertad a este mundo lo que acabaron trayendo fue el Credit Mobilier". Él no lo supo ya, pero nos pasó. Nos pasó a los comunistas: queriendo traer la igualdad a este mundo acabamos confundiendo la unión "soviética", el reino de los soviets, la democracia directa consejista, con la unión "cosmética", con un nuevo poder orientado a la conquista del cosmos que quiso ser superpotencia. Lo dijo Guevara en su momento y lo ha dicho hace poco el hijo de Jruschev, que también debe saber de lo que habla.

Así que para ser comunista hoy, si se quiere serlo en serio, lo primero es el trago amargo. Hay que saberlo: que las grandes ideas, incluida la gran idea del comunismo, se convierten en pura mierda al contacto con eso que, para abreviar, solemos llamar poder. Ha pasado con todas las grandes ideas de la historia de la humanidad, incluidas las mejores ideas científicas y las mejores invenciones técnicas. Y no hay razón para pensar que el comunismo hubiera de ser una excepción.

¿Quiere esto decir que para ser comunista hoy, después del reconocimiento de las barbaridades cometidas en su nombre, hay que convertirse en un cínico misántropo, despreciador de la naturaleza humana? Hay quien piensa así. Pero quien piensa así, piensa mal. Que los grandes ideales se conviertan en grandes porquerías no es algo que esté ya grabado de una vez por todas en el código genético de la humanidad. Eso está escrito, en cambio, en la gramática elemental del poder, que no es precisamente un código genético sino parte de la cultura de los seres humanos, como lo es el cainismo pero como lo es también el altruismo y la fraternidad.

Por eso, porque lo que cuenta en estas cosas es la gramática elemental del poder, una pieza de la cultura humana que se aprende o se puede aprender, ha habido "comunismo" y comunismo. Del libro negro del comunismo circulan muchas copias por ahí. El libro blanco del comunismo lo han escrito y lo seguirán escribiendo aquellos seres humanos, la mayoría anónimos, mujeres y hombres, que se han pasado la vida luchando contra el poder (independientemente del nombre que éste adoptara). O sea, tratando de poner un buen bozal a ese monstruo llamado Leviatán o Behemoth y que se concreta en los estados sin riendas y en las ataduras que ni siquiera son estados.

El monstruo llamado poder tiene tentáculos varios: económico, político, judicial, mediático. Pero, sobre todo, ese monstruo tiene una particularidad muy especial y difícil de reconocer: la de transformarse en amigo de san Jorge cuando los demás tendemos a creer que quien lo ejerce, en algunos de sus tentáculos, es de nuestra cuerda y que, por ello, puede ejercerlo igual que lo habían ejercido quienes le precedieron.

Ser comunista ahora, a pesar de los pesares, querrá decir, por tanto, renovar la vieja lucha de los anónimos contra ese monstruo, hacer algo concreto, con los de abajo, en este mundo, para poner un bozal al monstruo del poder. A este embridar al monstruo lo podríamos llamar democracia radical para diferenciarlo de la democracia demediada que conocemos hoy en nuestras sociedades con el nombre de neoliberalismo.

De todas las descripciones del comunismo que he conocido en estos años, la que más me ha tocado, la que ha parecido más sensata, por lo poco ideológica que era, se la oí a un viejísimo campesino, creo que mongol, en un documental reciente sobre los orígenes de la Unión Soviética cuando ya ésta había fenecido. Explicaba el viejo campesino que en 1918 llegaron a su aldea unos funcionarios de Moscú y dijeron a las gentes allí reunidas que se había acabado el viejo régimen y que ahora empezaba una nueva era: la era del comunismo. A la pregunta desconfiada del viejo campesino sobre qué era esa cosa llamada comunismo, el funcionario de Moscú contestó: "En primer lugar, tener las tierras en común, labrarlas en común y repartir comunitariamente el producto de las tareas realizadas en común; y en segundo lugar, trabajar bien la tierra con los tractores que nosotros os daremos". "Nos pareció lo mejor" -comentó el viejo campesino-"porque lo primero, labrar en común, es lo que veníamos haciendo desde hacía mucho tiempo; y lo segundo, lo de los tractores, era una ayuda inesperada, como llegada del cielo".

Esta descripción protocomunista del comunismo no implica la idea de misión, ni promete que quienes realicen la idea irán al paraíso, ni atribuye a los sujetos una particular conciencia de clase, ni dice que las pobres gentes hayan de creer a pies juntillas las nuevas que traen los funcionarios de la modernidad. Es una descripción sencilla del por qué "nos pareció lo mejor". Tan sencilla que aún podrían hacerla suya los campesinos sin tierra, los ni-siquiera-explotados y los miles de miles de excluidos en este mundo nuestro.

Solo que este mundo nuestro ha cambiado mucho desde entonces. Muchos campesinos de ayer son hoy empresarios agrícolas y razonan como empresarios; muchos trabajadores industriales que ayer luchaban contra su burgués se consideran hoy parte de la empresa en que trabajan y han olvidado lo que quería decir "control obrero". Marx decía muy drásticamente: "La clase obrera o es revolucionaria o no es nada". Tal vez no sea eso la primera premisa de un buen silogismo, pero suena a verdad. Y si es verdad (y la mayoría de los comunistas han tendido a pensar que todo lo que escribió Marx es verdad), entonces, por el momento, y dicho con los debidos respetos, la clase obrera no es nada.

Nada, naturalmente, en el sentido del comunismo-misión (una idea, esta del comunismo-misión, que, por cierto, desagradaba mucho a Bertolt Brecht). Pero aún podría ser algo, mejorando lo presente, en el sentido que daba a la palabra el viejo campesino mongol, aquel que en 1918 escuchaba, con tanta atención como distancia, al funcionario que llegó de Moscú. O también en el sentido del valeroso soldado Schwej, el personaje de Hasek-Brecht, que no era precisamente un héroe, pero que, al hacer casi siempre lo contrario de lo que le mandaban sus mandos, creaba en éstos la duda de si era realmente un idiota o un insumiso.

Es posible que ahora, tal como están las cosas, aquella vieja lucha comunista se tenga que renovar por la vía negativa. O sea: no diciendo "el comunismo será así y así", sino diciendo más bien: "el comunismo no podrá ser así y así", porque quererlo así (por ejemplo, en el sentido de "a todos según sus necesidades") sería tanto como: a) rebasar las capacidades humanas, o b) entrar en contradicción con los principios jurídico-morales que nos proponemos plasmar, o c) entrar en contradicción con las leyes elementales de la naturaleza, con la base material de mantenimiento de la vida sobre el planeta.

Siguiendo esta vía negativa el comunista de ahora acabará encontrándose con el viejo Nicolás Maquiavelo de los orígenes de la modernidad: "Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos". No hay lucha comunista sin conocimiento, sin teoría, sin ciencia social. Ya los clásicos del comunismo moderno fueron algo más allá del enunciado de los principios jurídico-morales. Y precisaron. Y al precisar sugirieron las formas de poner un buen bozal al poder (del estado y del mercado). Los clásicos del comunismo llaman a eso transición. Si se quiere seguir hablando de comunismo en serio, sin perder el espíritu positivo de la vieja utopía, habrá que seguir precisando en esa línea. Precisando sobre lo que, racional y plausiblemente, no puede ser. Esa es, en mi opinión, la única vía que permite juntar utopía y ciencia sin que las dos palabras se peguen entre ellas ni caer en un cientificismo en el que no puede creer hoy en día ningún aspirante a comunista con formación científico-social que se precie.

Tal vez por eso, porque siguiendo la vía negativa el comunista de hoy acaba encontrándose con Nicolás Maquiavelo en los orígenes de la modernidad, una de las cosas más llamativas del librito de Paco Frutos es que el secretario general del partido comunista apenas hable en él de comunismo (ni siquiera de sociedad socialista) cuando se refiere al futuro. Dice que el mundo necesita una pasada por la izquierda. Habla de democracia radical y participativa, de otra globalización, de nuevo humanismo. Y sobre todo de derechos, de derechos que, por así decirlo, habría que reconquistar: derecho a un trabajo digno, derecho a la vivienda, derecho al agua, derecho a la educación, a la salud y a la cultura.

22/06/2006 21:38 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Ideología No hay comentarios. Comentar.

25/06/2006

La vigencia de un pensamiento

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Adolfo Sánchez Vázquez*

Por qué ser marxista hoy


Distinguidos miembros del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana.

Doctor Juan Vela Valdés, rector de esta universidad,

Profesores y estudiantes,

Compañeros y amigos:

 

La decisión del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana de otorgarme el grado de doctor honoris causa, me ha conmovido tan profundamente que la expresión de mi agradecimiento resultaría pobre e insuficiente. Pero no puedo dejar de decir que tan alta y honrosa distinción la aprecio, sobe todo, por provenir de una institución universitaria que, junto a sus elevadas contribuciones académicas, tanto ha dado al realce y a la realización de los valores que más podemos estimar: la verdad, la justicia, la dignidad humana, así como la soberanía nacional, la solidaridad, la convivencia pacífica y el respeto mutuo entre los pueblos.

Pero a este agradecimiento institucional, quisiera agregar el personal por la fraternal, lúcida y bella laudatio de quien -Roberto Fernández Retamar- me siento, desde hace ya casi 40 años, no sólo compañero de ideas y esperanzas y admirado lector de su admirable obra poética, sino también persistente seguidor de su conducta intelectual y política al frente de una institución tan consecuente con la digna e inquebrantable política antimperialista de la Revolución Cubana como La Casa de las Américas, a la que tanto debemos los intelectuales de este continente y del Caribe por su defensa ejemplar y constante enriquecimiento de la cultura latinoamericana.

I

A continuación voy a dedicar mi discurso de investidura a la obra que tan generosamente se reconoce con el grado de doctor honoris causa. Y, por supuesto, no para juzgarla, pues yo sería el menos indicado para ello, sino para reivindicar el eje filosófico, político y moral en torno al cual ha girado toda ella: o sea, el marxismo. Pero no sólo el marxismo como conjunto de ideas, sino como parte de la vida misma, o más exactamente: de ideas y valores que han alentado la lucha de millones de hombres que han sacrificado en ella su tranquilidad y, en muchos casos, su libertad e incluso la vida.

Ahora bien, ¿por qué volver, en estos momentos, sobre este eje, fuente o manantial teórico y vital? Porque hoy, más que en otros tiempos, se pone en cuestión la vinculación entre sus ideas y la realidad, entre su pensamiento y la acción.

Cierto es que el marxismo siempre ha sido no sólo cuestionado, sino negado por quienes, dados su interés de clase o su privilegiada posición social, no pueden soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus privilegios. Pero no es éste el cuestionamiento que ahora tenemos en la mira, sino el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de clase o privilegiada posición social. Esta perplejidad y desorientación, que se intensifica y amplía bajo el martilleo ideológico de los medios masivos de comunicación, sobre todo desde el hundimiento del llamado "socialismo real", constituye el caldo de cultivo del cuestionamiento del marxismo, que puede condensarse en esta lacónica pregunta: ¿se puede ser marxista hoy? O con otras palabras: ¿tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo XIX?

Ahora bien, para responder a esta pregunta habría que tener una idea, por mínima que sea, de lo que entendemos por marxismo, dada la pluralidad de sus interpretaciones. Pues bien, teniendo esto presente, y sin pretender extender certificados de "pureza", se puede entender por él -con base en el propio Marx- un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del marxismo y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta tanto a su teoría como a su práctica, pero -como trataremos de ver- más a ésta que a aquélla.

II

En cuanto teoría de vocación científica, el marxismo pone al descubierto la estructura del capitalismo, así como las posibilidades de su transformación inscritas en ella, y, como tal, tiene que asumir el reto de toda teoría que aspire a la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales contrastándolas con la realidad y con la práctica. De este reto el marxismo tiene que salir manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las que han de ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que han sido invalidadas por la realidad. Pues bien, veamos, aunque sea muy sucintamente, la situación de algunas de sus tesis básicas con respecto a esa triple exigencia.

Por lo que toca a las primeras, encontramos tesis que no sólo se mantienen, sino que hoy son más sólidas que nunca, ya que la realidad no ha hecho más que acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Tales son, para dar sólo unos cuantos ejemplos, las relativas a la naturaleza explotadora, depredadora, del capitalismo; a los conceptos de clase, división social clasista y lucha de clases; a la expansión creciente e ilimitada del capital que, en nuestros días, prueba fehacientemente la globalización del capital financiero; al carácter de clase del Estado; a la mercantilización avasallante de toda forma de producción material y espiritual; a la enajenación que alcanza hoy a todas las formas de relación humana: en la producción, en el consumo, en los medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera.

En cuanto a las tesis o concepciones que habría que revisar para ajustarlas al movimiento de lo real, está la relativa a las contradicciones de clase que, sin dejar de ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes contradicciones en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas, ambientales, de género, etcétera. Y por lo que toca a la concepción de la historia hay que superar el dualismo que se da en los textos de Marx, entre una interpretación determinista e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la concepción abierta según la cual "la historia la hacen los hombres en condiciones determinadas". Y que, por tanto, depende de ellos, de su conciencia, organización y acción, que la historia conduzca al socialismo o a una nueva barbarie. Y están también las tesis, que han de ser puestas al día acerca de las funciones del Estado, así como las del acceso al poder, cuestiones sobre las cuales ya Gramsci proporcionó importantes indicaciones.

Finalmente entre las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay que abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecerse a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo minaría la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez, utópica la justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la sociedad comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a las necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone una producción ilimitada de bienes, "a manos llenas".

En suma, el marxismo como teoría sigue en pie, pero a condición de que, de acuerdo con el movimiento de lo real, mantenga sus tesis básicas -aunque no todas-, revise o ajuste otras y abandone aquéllas que tienen que dejar paso a otras nuevas para no quedar a la zaga de la realidad. O sea, en la marcha para la necesaria transformación del mundo existente, hay que partir de Marx para desarrollar y enriquecer su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces, al propio Marx.

III

Ahora bien, reafirmada esta salud teórica del marxismo, hay que subrayar que éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y prioritariamente, una práctica, pues recordemos, una vez más, que "de lo que se trata es de transformar el mundo" (Tesis XI sobre Feuerbach de Marx). Pues bien, si de eso se trata, es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene sentido ser marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad.

Pues bien, considerando el papel que el marxismo ha desempeñado históricamente, desde sus orígenes, al elevar la conciencia de los trabajadores de la necesidad y posibilidad de su emancipación, y al inspirar con ello tanto sus acciones reivindicativas como revolucionarias, no podría negarse fundamentalmente su influencia y significado histórico-universal. Ciertamente, puede afirmarse sin exagerar, que ningún pensamiento filosófico, político o social ha influido, a lo largo de la historia de la humanidad, tanto como el marxismo en la conciencia y conducta de los hombres y de los pueblos.

Para encontrar algo semejante habría que buscarlo fuera de ese pensamiento, no en el campo de la razón, sino en el de la fe, propio de las religiones como budismo, cristianismo o islamismo, que ofrecen una salvación ilusoria de los sufrimientos terrenales en un mundo supraterreno. Para el marxismo, la liberación social, humana, hay que buscarla aquí y desde ahora con la razón y la práctica que han de conducir a ella.

Aunque sólo fuera por esto, y el "esto" tiene aquí una enorme dimensión, el marxismo puede afrontar venturosamente su cuestionamiento en el plano de práctica encaminada a mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores, así como en las luchas contra los regímenes autoritarios o nazifascistas o por la destrucción del poder económico y político burgués. Los múltiples testimonios que, con este motivo, podrían aportarse favorecen esta apreciación positiva de su papel histórico-práctico, sin que éste signifique, en modo alguno, ignorar sus debilidades, sombras o desvíos en este terreno, ni tampoco las aportaciones de otras corrientes políticas o sociales: demócratas radicales, socialistas de izquierda, diferentes movimientos sociales, o de liberación nacional, anarquistas, teología de la liberación, etcétera.

IV

La cuestión se plantea, sobre todo, con respecto a la práctica que, en nombre del marxismo, se ejerció después de haberse abolido las relaciones capitalistas de producción y el poder burgués, para construir una alternativa al capitalismo: el socialismo. Ciertamente, nos referimos a la experiencia histórica, que se inaugura con la Revolución Rusa de 1917, que desembocó en la construcción de la sociedad que posteriormente se llamó el "socialismo real". Un "socialismo" que se veía a sí mismo, en la ex Unión Soviética, como la base, ya construida, del comunismo diseñado por Marx en su Crítica del programa de Gotha.

Sin entrar ahora en las causas que determinaron el fracaso histórico de un proyecto originario de emancipación, al pretender realizarse, puede afirmarse: primero, que, no obstante los logros económicos, sociales y culturales alcanzados, condujo a un régimen económico, social y político atípico -ni capitalista ni socialista-, que representó una nueva forma de dominio y explotación. Segundo: que ese "socialismo" significó, no obstante, un dique a la expansión mundial del capitalismo, aunque es evidente también que con su derrumbe la bipolaridad en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del capitalismo más depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos. Y tercero: que la opción por, y las esperanzas, en la alternativa social del socialismo quedaron sumamente reducidas o cegadas, así como las del marxismo que la inspiró y fundamentó. A ello contribuyó decisivamente la identificación falsa e interesada del "socialismo real" con todo socialismo posible y la del marxismo con la ideología soviética que lo justificó.

V

Puesto que no es tan fácil negar el carácter liberador, emancipatorio, del pensamiento de Marx y del marxismo clásico, los ideólogos más reaccionarios, pero también más perspicaces del capitalismo, tratan de sostener la imposibilidad de la realización del socialismo. Y para ello recurren a diversas concepciones idealistas del hombre, la historia y la sociedad. Unas veces apelan a una supuesta naturaleza humana inmutable -egoísta, competitiva-, propia en verdad del homo economicus capitalista, incompatible con la fraternidad, solidaridad y cooperación indispensable en una sociedad socialista. Otras veces se valen de la concepción teleológica de la historia que decreta -muy hegelianamente- la inviabilidad del socialismo al llegar aquélla a su fin con el triunfo del capitalismo liberal, o más exactamente neoliberal.

También se recurre a la idea fatalista de que todo proyecto emancipatorio, al realizarse se degrada o desnaturaliza inevitablemente. Y, por último, se echa mano del "pensamiento débil" o posmoderno para el cual la falta de fundamento o razón de lo existente invalida toda causa o proyecto humano de emancipación.

Como es fácil advertir, en todos estos casos se persigue o alimenta el mismo fin: confundir las conciencias, desmovilizarlas y cerrar así el paso a la organización y la acción necesarias para construir una alternativa social al capitalismo y, por tanto, a todo pensamiento que -como el marxista- contribuya a ella.

VI

Ahora bien, aun reconociendo la falsedad de los supuestos ideológicos en que se apoyan estos intentos descalificadores, así como los intereses de clase que los promueven, es innegable que, a raíz del hundimiento del "socialismo real", se da un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción y adhesión al marxismo. Y ello cuando la alternativa al capitalismo, en su fase globalizadora, se ha vuelto más imperiosa no sólo porque sus males estructurales se han agravado, sino también porque al poner el desarrollo científico y tecnológico bajo el signo del lucro y la ganancia, amenaza a la humanidad con sumirla en la nueva barbarie de un holocausto nuclear, de un cataclismo geológico o de la supeditación de los logros genéticos al mercado.

De tal manera que, en nuestros días, el agresivo capitalismo globalizador hegemonizado por Estados Unidos, al avasallar, con sus guerras preventivas, la soberanía y la independencia de los pueblos, al hacer añicos la legalidad internacional, al volver las conquistas de la ciencia y la técnica contra el hombre y al globalizar los sufrimientos, humillaciones y la enajenación de los seres humanos, atenta no sólo contra las clases más explotadas y oprimidas y contra los más amplios sectores sociales, sino también contra la humanidad misma, lo que explica el signo anticapitalista de las recientes movilizaciones contra la guerra y de los crecientes movimientos sociales altermundistas en los que participan los más diversos actores sociales.

La emancipación social y humana que el marxismo se ha propuesto siempre pasa hoy necesariamente por la construcción del dique que detenga esta agresiva y antihumana política imperial estadunidense. Pues bien, en la construcción de ese dique al imperialismo que tantos sufrimientos ha infligido al pueblo cubano, está hoy sin desmayo, como siempre, y fiel a sus orígenes martianos, la Revolución Cubana.

VII

Llegamos al final de nuestro discurso con el que pretendíamos responder a la cuestión de si se puede ser marxista hoy. Y nuestra firme respuesta al concluir, es ésta: puesto que una alternativa social al capitalismo -como el socialismo- es ahora más necesaria y deseable que nunca, también lo es, por consiguiente, el marxismo que contribuye -teórica y prácticamente- a su realización. Lo cual quiere decir, a su vez, que ser marxista hoy significa no sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad de esa alternativa, sino también tensar la voluntad para responder al imperativo político-moral de contribuir a realizarla.

Por último, reitero mi más profundo agradecimiento a la Universidad de La Habana, porque con la alta distinción que me otorga, me da un vigoroso impulso para continuar, en su tramo final, la obra que ha tenido y tiene como eje teórico y vital al marxismo.

* Discurso pronunciado al ser investido doctor honoris causa por la Universidad de La Habana

16 de septiembre de 2004

25/06/2006 19:02 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Ideología No hay comentarios. Comentar.

27/06/2006

¿Qué representa la izquierda sistémica?

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Socialdemocracia e izquierda en América Latina
Marcos Roitman
21-12-2004
La Jornada

Los años setenta del siglo XX marcan un punto de no retorno en la reconstrucción del orden capitalista. Su desarrollo no puede ser integrador. La exclusión social, económica y política es parte de su estructura. Por consiguiente, las batallas de los trabajadores abriendo espacios democráticos y conquistando derechos laborales y civiles se truncan y sufren un proceso de involución que continua abierto en la actualidad. Sólo por razones ideológicas en tiempos de la guerra fría, en el mundo occidental, se realizan concesiones en el ámbito socio-laboral para contrarrestar la influencia de los partidos obreros, la fuerza del socialismo y el comunismo en lo político y social. Al concluir la segunda guerra mundial, el enemigo dejo de ser el nazi-fascismo. El peligro real, vuelve a ser el socialismo, la revolución proletaria, los comunistas y los partidos de izquierda. Si por un breve período en la historia del capitalismo, la lucha contra el holocausto, suscita la unión de voluntades, ese espejismo se desvanece, tras el juicio de Nuremberg. En el siglo XXI la recuperación de las prácticas del Reich permite su renacer sin necesidad de la esvástica. La economía de mercado se impone con su ideología de la globalización destruyendo la quimera del capitalismo como una sociedad de integración social, pleno empleo y redistribución de la riqueza. Asimismo se evapora la ideología socialdemócrata que sustenta dicho argumento.

Si la lucha contra el nazi-fascismo supone un instante de sensatez, el triunfo sobre las fuerzas del Eje desata la locura en el orbe capitalista. Una interpretación ad-hoc unirá fascismo, socialismo, nazismo y comunismo. Tardará dos décadas en acoplarse; pero se consigue gracias a los millones de dólares invertidos y los muchos ideólogos dedicados a imponerla. Violencia, muerte, y campos de concentración se asocian a la disidencia, los Gulag, la revolución bolchevique y los comunistas. Se trata de dar vida a una explicación del socialismo fundada en la destrucción de la persona, la inteligencia, la iniciativa privada y creadora de la vitalidad humana. La Unión Soviética y desde 1949 China son junto a sus llamados Asatélites@, los enemigos de las libertades y del mundo occidental. Mundo que pasa a representar los valores de la cultura y civilización cristiana frente al comunismo ateo , icono de la muerte. Este relato construye un capitalismo sin explotación ni desigualdad cuyo éxito se debe al buen hacer del mercado y del acceso de los trabajadores al consumo de bienes. La socialdemocracia sería el resultado de dicho proceso.

A pesar de esta visión maniquea, los trabajadores, las clases sociales explotadas del mundo occidental ven en el socialismo y el comunismo, una respuesta y luchan por superar las estructuras de explotación capitalista. La revolución, los partidos de izquierda, y la acción sindical constituyen su realización militante de lucha reivindicativa. En este contexto, la revolución anti-colonial en Asia, África y América latina toma cuerpo en movimientos de liberación nacional durante las décadas cincuenta y sesenta del siglo XX. El capitalismo emprende su cruzada y le asigna un nuevo papel a la socialdemocracia que arremete con fuerza buscando la domesticación política de los partidos comunistas cuando no su desarticulación. La izquierda radical también se ve inmersa en esta estrategia. Por otro lado, los partidos comunistas con influencia teórica y política, como el francés, italiano y mas tarde el español, una vez terminada la dictadura franquista, prefieren las mieles del poder institucional y disfrutar de sus regalías, antes que aplicarse a la lucha anticapitalista. Ello acaba por disolver su identidad y constituirse en parte del poder institucional.

Mientras tanto, en América latina la izquierda sufre los embates del anticomunismo. La guerra sucia, forma parte de desarticulación de la izquierda política en la región. Nombres como Carlos Andrés Pérez, José Figueres, Luis Echeverría, Frondizzi, Pacheco Areco, Bordaberry, Siles Suazo o Balaguer, todos ellos presidentes electos, mandan a torturar a militantes en sus respectivos gobiernos. Es la tónica general. Por otro lado, las tiranías militares ya no buscan reconstruir el poder tradicional, fundan un nuevo orden. Las fuerzas armadas se enfrentan ideológicamente a los partidos políticos de la derecha tradicional y crean las bases para un sistema donde todo debe ser nuevo. La izquierda política es desarticulada. En los años ochenta América latina se ve inmersa en la marea de la contrarrevolución. Conceptos como gobernabilidad, flexibilidad laboral, racionalidad y eficiencia, corrupción pública, recursos humanos, liberalización, privatización, descentralización, fondos privados de pensiones, falsa sustitución de importaciones, reconversión industrial, desregulación, crisis del Estado, de la izquierda, de las ideologías, de la historia, del comunismo o del socialismo se tornan comunes en el vocabulario de los políticos y los medios de comunicación. La nueva derecha busca aliados y lo encuentra en la socialdemocracia. Se apropian de la realidad en un contexto donde la lucha anti-imperialista y anticapitalista pierde fuelle tras la caída del muro de Berlín. El neoliberalismo se expande y su discurso es hegemónico. La izquierda política es desacreditada. Sus espacios naturales son ocupados por una socialdemocracia financiada por la internacional socialista que no duda en admitir partidos con tal de ampliar su influencia y seguir su batalla anti-comunista. Así sientan las bases de un pacto de gobernabilidad fundado sobre los principios de una economía de mercado. Esta dinámica que se generaliza en todo América latina, con excepción de Cuba y en el breve lapso que dura la revolución sandinista en Nicaragua 1979-1991, se rompe a fines de los años noventa con el triunfo electoral en 1998 de Hugo Chávez en Venezuela y la crisis en Argentina en 2001, la elección de Lula en Brasil en 2002 que abre la puerta a la incertidumbre y hasta hoy no la cierra. Y sobre todo con el éxito del Frente Amplio en Uruguay. La renuncia en 2003 del Presidente de Bolivia, representante de la socialdemocracia es significativo del grado de deslegitimación de las políticas neoliberales. Nuevos aires hacen pensar que una izquierda política nace sobre una socialdemocracia que deja al descubierto la otra cara de una moneda llamada neoliberalismo.


27/06/2006 20:15 Autor: comunista. Enlace permanente. Tema: Historia No hay comentarios. Comentar.


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