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Presentación
Comunista es un espacio virtual para aportar al trabajo de difusión del comunismo, como pensamiento y propuesta política de transformación de la sociedad.
En primer lugar recoge la tradición de los comunistas y socialistas peruanos que desde José Carlos Mariátegui han dejado un legado de lucha política, social e intelectual que los comunistas de hoy debemos revalorar, y así extraer las lecciones para las nuevas luchas del escenario nacional e internacional. Así mismo, recojemos el legado de los comunistas y socialistas revolucionarios que han luchado y luchan junto a los trabajadores, los campesinos y las clases populares desde Europa, hasta Asia, África, América y hoy más que nunca, en nuestra América Latina.
Frente al pensamiento hegemónico del capitalismo en sus diferentes expresiones y tonalidades, se mantiene vigente el tronco de la crítica marxista a la condición dominante y opresora de clase del actual sistema, es decir, la existencia del capitalismo como un modo de producción sustentado en la explotación de una clase sobre otras: la burguesía contra los trabajadores.

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD DE NUESTRA HISTORIA
Por GUSTAVO ESPINOZA M. (*)
El sabio mexicano Luis Enrique Erro publicó en 1951 un libro de excepcional importancia dedicado a enaltecer la vida y el ejemplo de Emiliano Zapata. En él, aludiendo al legendario líder agrario de la Revolución Mexicana, lo describió como “una luz en la oscuridad de nuestra historia”. Las mismas ocho palabras podríamos citar aquí, haciendo honor a su inicial depositario cuando nos referimos a la revista Amauta, cuya primera edición fuera entregada por José Carlos Mariátegui a sus lectores, hace ochenta años, en la primera semana de septiembre de 1926. Y es que, en efecto, la publicación que evocamos tuvo en su momento, y luego a lo largo de los años, idéntica función iluminadora.
En recuerdo de tan importante fecha de la historia latinoamericana, y precisamente en los mismos días, se desarrollará en Lima un Simposio Internacional convocado por la Casa Mariátegui y los Amigos del Amauta, bajo el patrocinio de Universidades e Instituciones de Cultura de nuestro país. Una ocasión cierta para reflexionar acerca de la vida del autor de los “7 Ensayos…” y ponderar la trascendencia de su obra sintetizada en una publicación que duró solamente 4 años y que murió al desaparecer la figura de su realizador. Como Erro, podríamos decir sin ninguna duda, en efecto, que Mariátegui y su revista Amauta fueron una luz en la oscuridad de nuestra difícil y compleja historia.
Para tener una mejor idea de la trascendencia de su aporte, buscaremos entonces abordar el tema a partir de tres elementos: las ideas en juego, la identificación de Mariátegui con el objetivo socialista, y la trascendencia de la revista Amauta como portadora de su mensaje esencial. Aunque puedan parecer temas distintos, los une una sola comunidad: la práctica revolucionaria y de clase que entregó el autor de “La escena contemporánea” a la posteridad. Aspiramos ciertamente a que esto ayude a superar prejuicios, afrontar mejor diferencias menores y afirmar el cauce de la unidad de las fuerzas progresistas, que la situación de hoy, en el Perú y en la región, reclama perentoriamente
MARIATEGUI, Y SU APORTE AL PENSAMIENTO PERUANO
José Carlos Mariátegui, la personalidad más destacada del Perú en el siglo XX concita siempre reflexiones y debates. Sus ideas son un fermento constante de inquietudes y una simiente inagotable de iniciativas. Alimentan y afirman voluntades y abren cauce para la lucha de los pueblos. No envejecen nunca porque se afirman en la realidad de nuestro tiempo y conservan la misma vigencia de la historia en la medida que encarnan los sentimientos más altos de las masas oprimidas de nuestro continente.
Como se recuerda, Mariátegui vio en la luz de Lenin y en la experiencia revolucionaria rusa de 1917, el signo de una nueva época. Y convocado por ella, se enrumbó resueltamente hacia el socialismo. Asumió, como su primera tarea, la misión de brindar solidaridad activa a los trabajadores que luchaban por el establecimiento de la Jornada de las 8 horas y puso su valiosa pluma a disposición de una causa que configuró la primera gran batalla del proletariado en nuestro país. Pero si bien esos fueron los cimientos de su formación política, la consolidación de su pensamiento socialista ocurrió en Europa entre 1919 y 1923, cuando en el viejo continente pudo espectar y conocer las expresiones más definidas del sentimiento revolucionario de la época.
Fueron esos años expresión de dos fenómenos contrapuestos: el ascenso combativo de los pueblos en el marco de la célebre “ola revolucionaria del veinte”, y el surgimiento del fascismo, como expresión más clara del capital financiero y sus métodos terroristas para enfrentar la resistencia de los trabajadores. Observar el proceso social europeo fue lo que le dio a Mariátegui su primera y más clara noción del escenario: la imperiosa necesidad de una visión internacional de los problemas. Y él mismo lo diría, abordando la crisis en sus conferencias en las Universidades Populares González Prada:
“La civilización capitalista ha internacionalizado la vida de la humanidad, ha creado entre todos los pueblos lazos materiales que establecen entre ellos una solidaridad inevitable. El internacionalismo no es sólo un ideal, es una realidad histórica”.
Es importante subrayar, sin embargo que ya en esta etapa de su vida, cuando Mariátegui aún no había cumplido los treinta años, afloraban en él los rasgos esenciales de un indoblegable combatiente revolucionario: era un espectador de las luchas, pero también un receptos de las mismas y un trasmisor de sus inquietudes esenciales; un activista pleno del trabajo concreto, un participante declarado y un constructor activo de organizaciones de clase; un líder del pensamiento, y un introductor de ideas. En otras palabras, un marxista en pleno proceso de formación llamado a afirmar su personalidad en contacto con la vida misma de su pueblo, como ocurrió, en efecto, entre 1923 y 1930, etapa que Jorge del Prado diera en llamar con acierto “los años cumbres de Mariátegui”.
No se requiere profundizar en el análisis para recordar el hecho que Mariátegui retornó al Perú con una idea central en la cabeza: forjar la alternativa socialista para el proceso peruano. Y la herramienta que se propuso desde un comienzo, fue una revista.
En un inicio pensó llamarla “Vanguardia”, porque esa palabra le pareció probablemente más cercana a la misión que debía cumplir en la materia: jugar un rol de vanguardia en la introducción de ideas, mirar más lejos, otear el horizonte para percibir los nuevos fenómenos de la época y advertir a los peruanos acerca del acontecer mundial. La iniciativa de su amigo, el destacado pintor nacional José Sabogal, le hizo cambiar. El artista no sólo le sugirió un nuevo nombre -Amauta- sino que le diseñó el formato de la edición y le dibujó el logotipo con el que pasó a la historia, y que se ha repetido en todas partes hasta ser convertido en una suerte de símbolo del pensamiento nuevo en el Perú.
A la obra monumental, la revista que prologó diciendo que estaba llamada a hacer historia, le sumó luego sus otras creaciones: el Partido de los Comunistas que bautizó con el nombre de Partido Socialista pero al que le reservó una declaración programática rotunda; y la Central Obrera, la CGTP, que fundada en mayo de 1929, cayó sin embargo abatida poco después por la brutal ofensiva del capital, para renacer de sus cenizas años más tarde, en junio de 1968 bajo el influjo combativo de sus seguidores.
Mucho se ha discutido acerca del pensamiento y la obra de Mariátegui en esta etapa compleja de la vida mundial. Partidarios y adversarios del Amauta han analizado en sucesivos eventos y a lo largo de muchos años los más variados tópicos referidos a esta singular figura de la historia. Pero en Mariátegui se ha cumplido también largamente aquello que señalara Lenin en “El Estado y la Revolución” y que se refiere al trato que reciben los revolucionarios: en vida son ponzoñosamente atacados y vilipendiados por las clases opresoras. Y una vez muertos, ensalzados y deificados por las mismas gentes, hasta tornarlos irreconocibles. Una manera práctica, por cierto, de deformar su imagen, distorsionar su pensamiento y luego usarlos contra su propia causa contraponiéndolos a sus mismos seguidores.
En el caso de Mariátegui se registraron, en efecto, varios intentos orientados a descalificar su obra. Uno, fue en su momento, liderado por el APRA y su más conspicuo exponente, Víctor Raúl Haya de la Torre; otro, por el extremismo “de izquierda” -el “Senderismo Gonzalista”- que pretendió convertirlo en un icono del terror desenfrenado: y un tercero -más reciente-, que buscó presentarlo como una suerte de “marxista nacional” desligado de la experiencia mundial del socialismo y aún enfrentado por ella. Estas deformaciones subsisten y periódicamente vuelven a la carga con los mismos argumentos de siempre, procurando desdibujar el perfil de un revolucionario que respondió a una realidad concreta. Deformar la obra de Mariátegui y cuestionar los elementos básicos de su teoría y de su práctica, parecen ser el pasatiempo preferido de quienes, sin embargo, rehuyen compromisos con el accionar de sus pueblos.
UNA TEMPESTAD EN UN VASO DE AGUA
Es verdad que en el proceso de afirmación del pensamiento marxista en América Latina, y más precisamente en el Buró Sudamericano de la Internacional Comunista, se registraron contradicciones y errores. Es cierto también que no todos los actores de la lucha en el periodo, mantuvieron la misma coherencia, ni fueron hasta el final con sus ideas. Como en todos los casos, también en esta etapa de la historia y en esta vertiente del pensamiento, hubo quienes militaron en las filas del movimiento popular ocasionalmente y otros que luego “cambiaron de bando” hasta renunciar a las posiciones más consecuentes. Recordemos a Guralsky, por ejemplo, antiguo trotskista que por dificultades en el trabajo político en los años de Stalin, decidió más bien dedicarse a la ciencia; o a Humbert-Droz, en su momento representante del Buró de la IC para la región, quien luego abandonó las filas de la revolución para liderar en su Suiza natal un pequeño movimiento de corte social-demócrata. Guardando las distancias, fue también similar el caso de Marcos Chamudes, en Chile, o de Eudocio Ravines, en el Perú, considerados ambos en su momento supuestos teóricos del marxismo revolucionario, y luego disidentes netos de la causa que enarbolaron asumiendo una conducta lindante con la traición.
En un escenario así, en el marco de ideas nuevas enfrentadas a fenómenos convulsos y en circunstancias en las que los países de la región vivían sometidos a las más crueles expoliaciones, cuando asomaban las primeras herramientas del trabajo realmente revolucionario de los pueblos; es explicable que anidaran planteamientos erróneos, ideas infundadas o criterios contradictorios; o que, incluso, unos actores cambiaran de opinión entre una y otra etapa de sus vidas trocando puntos de vista en función del estudio de los temas o del cambio de rumbo de los acontecimientos.
Esto hay que advertirlo para que no se caiga en la tentación de tomar un personaje, o una cita, como algo definitivo y categórico, como una suerte de “verdad revelada”, que debía permanecer inmutable en el tiempo. Caer en ese error -lamentablemente frecuente en ciertos intelectuales de nuestro medio- se abrir la puerta a un debate en el fondo estéril, pero sobre todo improductivo. Hacer una suerte de tempestad en un vaso de agua tan sólo apenas para justificar especulaciones teóricas ciertamente intrascendentes.
Así ocurre, por ejemplo, cuando se busca contraponer el pensamiento y la obra de Mariátegui, al aporte que brindara en su momento la Internacional Comunista al proceso de formación de Partidos Marxista-Leninistas y a las luchas que ellos desarrollaran en el continente. Escudriñando en un escenario confuso, se ha buscado, en efecto, crear la imagen de un Mariátegui desligado de la IC, pero además enfrentado y combatido por la misma, una suerte de figura quimérica aplastada por una estructura burocrática e insensible que resultó incapaz de comprender sus devaneos intelectuales y sus aportes originales al pensamiento marxista. De ese modo se ha construido una suerte de “cartilla” de diferencias entre el pensador peruano y la estructura de los comunistas latinoamericanos. Y se ha pretendido ubicar en Buenos Aires -1929- la contradicción entre ambos.
Es claro que en todas las etapas de la historia de formación y desarrollo de los Partidos Comunistas –y no sólo de ellos- se registraron errores de diverso tipo. Uno fue, por ejemplo, la extensión al plano universal, de la exigencia leninista concebida originalmente primero para la URSS, y que se refería al cambio de nombre del Partido Revolucionario. Aún se recuerda, en efecto que, en 1918 Lenin aseguró que los marxistas rusos estaban cansados de la casaquilla social demócrata desprestigiada por la conducta de los líderes europeos de la misma en el marco de la I Gran Guerra. Debemos, dijo, echar la camisa sucia y ponernos una camisa nueva: llamarnos comunistas, y no ya social demócratas.
Esa decisión que llevó al viejo POSDR a trocar su nombre y convertirse en el PC (b) de la URSS, fue ciertamente correcta para el naciente país soviético, pero su extensión al plano más amplio, puso en serios aprietos a movimientos que apenas surgían. Algunos de ellos adoptaron la nueva denominación sin dificultades, pero varios en condiciones muy adversas, tuvieron que sortear apremios variados. Pero finalmente hubo quienes optaron por saltarse a garrocha ésta, que fue una de las “21 condiciones… de la IC”. En diversos países los Partidos Comunistas dejaron de llamarse así y asumieron otras denominaciones: Partido del Trabajo, por ejemplo, sin cambiar una línea de sus programas ni un ápice de sus formulaciones políticas.
Resulta poco útil ahora abrir un debate de principios en torno a asunto en el fondo trivial: el nombre, y no el contenido ni el carácter de los Partidos Revolucionarios. Sin embargo eso ocurre en el Perú, donde se busca cimentar el tema de “las diferencias” entre Mariátegui y la IC a partir de la denominación del Partido que fundó el Amauta: Partido Socialista, y no Partido Comunista.
Para despejar dudas vale la pena recordar aquí las dos reuniones referidas as la formación del Partido, que ocurrieron en 1928. La primera de ellas, en la playa de la Herradura el 16 de septiembre, resolvió “Constituir la célula inicial del Partido, afiliado a la III Internacional, y cuyo nombre sería el de Partido Socialista del Perú, bajo la dirección de elementos conscientemente marxistas”. La segunda, en Barranco el domingo 7 de octubre, oficializó la creación del Partido y lo dotó de un Programa transparente que proclamó:
“La praxis del socialismo marxista en este periodo, es la del marxismo-leninismo. El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú lo adopta como su método de lucha”
Erróneamente unos han querido ver, a partir del nombre del Partido, una disidencia de fondo y han sostenido entonces que el propio Mariátegui no fue en realidad comunista, sino apenas socialista. Otros, por el contrario, han pretendido encontrar en el tema una discrepancia de otro tipo: Mariátegui fue un marxista creador, enfrentado a los marxistas dogmáticos, que lideraban la IC y más específicamente el Buró Sudamericano de la IC. Vittorio Codovilla, el italiano migrante que radicó en Argentina, fue quien pagó los platos rotos en esa aparente contradicción. Por eso el escenario se sitúa en la Conferencia de Partidos Comunistas celebrada en Buenos Aires hace exactamente 77 años, en junio de 1929.
Fue este un evento excepcional, la primera reunión continental de comunistas representados por 38 delegados, la inmensa mayoría de los cuales eran muy jóvenes, marxistas en proceso de formación, que provenían de distintos países, que habían vivido experiencias diversas y que pertenecían incluso a diferentes segmentos de la vida social latinoamericana. Ellos afrontaban debates inéditos abordando temas candentes pero que no dominaban en un mismo nivel. Soslayando esto, y como una manera de darse la razón, los que han especulado con una supuesta “diferencia de principios” entre Mariátegui y la IC, simplemente se han saltado a garrocha los documentos centrales del debate y han omitido considerar, por ejemplo, la intervención del representante peruano -Hugo Pesce, un eminente sabio marxista- que aludiendo al informe de Codovilla, subrayó hablando en nombre de la delegación a la que representaba:
“Refiriéndome al informe del compañero Codovilla, diré que nuestra delegación está de acuerdo con los conceptos vertidos. Creo que ese informe sintetiza en forma certera la realidad actual y señala la posición que el proletariado debe adoptar en los presentes momentos”.
Codovilla, tan joven como Mariátegui –ambos habían nacido en 1894- puso énfasis y pasión en la defensa de sus opiniones en asuntos puntuales, como la cuestión de Tacna y Arica, en ese entonces de moda, y subrayó su incidencia en los peligros de guerra en el continente, exhortando a los comunistas peruanos a luchar más activamente por un Plebiscito vinculado al tema de la autodeterminación, que pusiera fin a ese conflicto. La franqueza de sus expresiones y la elocuencia de sus palabras, cargadas con el acento italiano que las hacía más sonoras, dio pábulo a interpretaciones diversas.
Julio Portocarrero, el otro representante de los comunistas peruanos, analizando la lucha antiimperialista y los problemas de la táctica de los PP.CC advirtió a los representantes de los otros partidos, lo siguiente:
“Hemos venido los compañeros del Perú a solucionar un asunto que a todos nos interesa como revolucionarios, y apreciamos en su justo valor las intervenciones de los compañeros, encaminadas a evitar que incurramos en algún error que más tarde se pueda reflejar en nuestro Partido. Quiero pues que se produzca la crítica severa sobre nuestras proposiciones, la que será recibida y contestada con la máxima sinceridad”.
La agenda de asuntos encarados en esta discusión, fue muy amplia. Se trataron temas muy diversos: los conflictos fronterizos subsistentes en la región, el problema de las razas, el papel de la clase obrera, la misión de los sindicatos, el carácter de los gobiernos, la estructura de clase de los Estados, el tema de las nacionalidades, la situación del indios, el ascenso combativo de las masas, el surgimiento de los partidos revolucionarios, su estrategia y su táctica, y otros de singular interés. Y en torno a cada uno de ellos hubo coincidencias y diferencias. Pero unas y otras respondían a visiones concretas del proceso político, y no a diferencias de orden ideológico, ni a contradicciones de fondo. Precisamente por eso, en carta enviada desde Buenos Aires el 25 de junio de 1929 dando cuenta de la conclusión del evento, Pesce dijo:
“La discusión durante el Congreso así como en sesiones de Comité, se ha desarrollado, inútil es decirlo, dentro de un ambiente de la más franca camaradería, no sólo, sino que, contrariamente a suposiciones hechas por compañeros peruanos desterrados, ha habido la mayor comprensión de nuestros problemas, y un verdadero espíritu de cooperación por parte de los dirigentes”.
Hoy puede afirmarse sin embargo que Mariátegui concibió un enfoque realmente leninista y científico referido al Partido al que concibió como un resultado natural –histórico natural- del proceso de maduración de la conciencia de clase de los trabajadores. Esa concepción chocó ciertamente con opiniones de otros marxistas de la época, que actuaban con una mentalidad más bien burocrática y que pensaban tan sólo en la necesidad de nuclear a un grupo revolucionario para crear un partido y trabajar por la revolución que consideraban próxima.
Aunque siempre resulta útil volver sobre los temas, no es indispensable hacer una tempestad en un vaso de agua. Y eso lo subraya Jorge Basadre, el más importante historiador peruano de la República:
“Se discute mucho y se seguirá discutiendo en el Perú –dice- acerca de si Mariátegui fue el fundador del Partido Comunista o no- En realidad, la polémica carece de objeto. Mariátegui no estuvo en desacuerdo fundamental con los dirigentes del comunismo internacional; su discrepancia fue sólo de orden táctico., inmediato, incidental”.
Y eso, es exacto.
UNA DECISIVA HERRAMIENTA DE CLASE:
Basadre también subraya que la revista Amauta “cuestionó y teorizó a profundidad sobre los problemas de la sociedad peruana”. Y es que, en verdad, fue una decisiva herramienta para la formación de una verdadera conciencia nacional. Como lo señala Genaro Carnero Checa, hay que distinguir, sin embargo, tres etapas en esta importante publicación. La primera, corresponde a los 16 números iniciales de la revista, publicados entre septiembre de 1926 y el mismo mes de 1928.
En su editorial liminar se proclama como “la voz de un movimiento y de una generación”, editada con el firme propósito de ayudar “a conocernos mejor nosotros mismos”. “No hace falta declarar expresamente -sostiene- que Amauta no es una tribuna libre, abierta a todos los vientos del espíritu. Los que fundamos esta revista no concebimos una cultura y un arte agnósticos. Nos sentimos una fuerza beligerante. Polémica. No le hacemos ninguna concesión al criterio generalmente falaz, de la tolerancia de las ideas. Para nosotros, hay ideas buenas e ideas malas
Este periodo sin embargo fue interrumpido, como se sabe, por la abrupta represión policial que generó la detención de Mariátegui y la clausura de la revista, en junio de 1927 cuando en su edición N. 9 dedicó sus páginas a analizar el tema del imperialismo. Como se recuerda, la publicación quedó en receso hasta diciembre de ese año. Al volver a luz, lo hizo con un editorial titulado “Segundo acto”, en el que reafirmaba su misma voluntad de lucha: “La temporal clausura de Amauta -dijo- pertenece a su biografía. Más propiamente que a su vida. El trabajo intelectual, cuando no es metafísico sino dialéctico, vale decir histórico, tiene sus riesgos”.
La segunda etapa de Amauta coincidió con su segundo aniversario, y se inició así –en su edición en septiembre de 1928-con un editorial titulado “Aniversario y balance”. En él, precisó el rumbo más definido de la publicación: “Amauta no es una diversión ni un juego de intelectuales puros; profesa una idea histórica, confiesa una fe activa y multitudinaria. Obedece a un movimiento social contemporáneo. En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores. No inventar un tercer término. La originalidad a ultranza, es una preocupación literaria y anárquica. En nuestra bandera, inscribimos esta sola, sencilla y grande palabra: socialismo”
Cada una de las ediciones de Amauta da una idea del sentido universal y aun ecuménico de las concepciones de Mariátegui, su verdadera identidad internacionalista capaz, al mismo tiempo, de absorber todas las facetas de la vida humana. El número 17, por ejemplo, ya aludido, nos muestra un sumario riquísimo: El editorial, Aniversario y Balance; el artículo Defensa del Marxismo, del mismo Mariátegui; una colaboración de Antenor Orrego sobre la cultura de América; , un poema de Xavier Abril, una de las más caracterizadas figuras de la poesía vanguardista de nuestro país; cuatro exquisitas acuarelas de José Sabogal; un estudio de Juan Andrade referido al nuevo curso de la Revolución China;; una nota en torno al problema de la nueva educación, suscrita por Carlos V. Velásquez; un capítulo de “Matalaché”, la novela costumbrista de López Albújar; una crónica de Estuardo Núñez, titulada “Meditación del circo”, el trabajo de Martínez de la Torre en torno al Movimiento Obrero en 1919; y otras notas de de prestigiadas plumas como Enrique Peña Barrenechea, Martín Adán, Manuel Seoane, Blanca Luz Brum, Alberto Hidalgo; un mensaje surrealista de Andrés Bretón y hasta una nota sobre el primer aniversario de Nicolás Sacco y Bartolomé Vanzetti, los italianos anarquistas ejecutados en Massachusetts en 1927.
Un universo de temas, de artículos, notas y pinturas vinculadas a ideología, política, educación, historia, arte, cultura y otros aspectos estrechamente relacionados con el pensamiento humano. Un mosaico expresivo de las inquietudes y motivaciones de Mariátegui, un genuino marxista en proceso de realización.
Mariátegui, como se recuerda, pudo tener presencia activa en la publicación de Amauta sólo hasta su número 29, correspondiente a febrero y marzo de 1930, pero ya en él su aporte estuvo ausente. En cambio asomó Ravines con un estudio sobre la realidad social de América latina, que tuvo las páginas preferentes de la edición. Los números siguientes -30, 31 y 32, que corresponden a su tercera época- salieron ya bajo la responsabilidad de Ricardo Martínez de la Torre, esforzado colaborador de Mariátegui que sin embargo no pudo vencer las dificultades políticas y materiales del periodo. De inicio a fin, sin embargo, Amauta fue una muy valiosa herramienta de lucha por la afirmación de ideas nuevas, por la búsqueda de alterativas destinadas a concretar el ideal socialista. Una piedra de toque, también, para distinguir lo bueno de lo malo en el escenario político y social de nuestra patria.
Hubo un tiempo, es verdad, que se impuso un rumbo equívoco en el proceso revolucionario peruano y fue mucho más producto de la situación interna que resultado de la influencia exterior. Ocurrió poco después de la muerte de Mariátegui, sobre todo entre 1933 y 1939 -bajo la dictadura del Mariscal Benavides- cuando el Partido de los Comunistas, reprimido e ilegalizado, cayó la influencia sectaria y estrecha de Ravines. Este oscuro personaje usó toda su capacidad polémica, y sus altas funciones partidistas no para atacar al imperialismo ni defender los intereses de los trabajadores, sino para desvirtuar y denigrar el pensamiento del Amauta atribuyéndole desviaciones de orden “populista” que nunca tuvo. En esa misma línea, un analista soviético, Vladimir Mirochevski, basado en los escritos de Ravines, comparó erróneamente a Mariátegui con los antiguos “populistas” rusos.
Contribuyó a ello el hecho, innegable, que los colaboradores de Mariátegui en realidad, estaban a una apreciable distancia del Amauta. Eran muy jóvenes –Jorge del Prado, por ejemplo, tenía apenas veinte años cuando murió el Maestro- tenían escasa experiencia política y una aún incipiente formación marxista. Fue eso, en buena medida, lo que permitió que prosperaran las iniciativas deformadoras que nos afectaron. Ningún ataque, sin embargo, quedó sin respuesta. Ravines pronto desenmascaró la esencia de su mensaje. Se reveló como un simple traidor, y Mirochevski fue rebatido en las páginas de la revista cubana “Dialéctica” mediante valiosos artículos escritos por Jorge del Prado y Moisés Arroyo.
Hoy, Mariátegui, en su verdadero sitial, señala el derrotero de nuestras luchas, y la revista Amauta es, como se ha dicho, la luz que nos alumbra en nuestra oscura historia. El Simposio que se avecina contribuirá a comprenderlo mejor. (fin)
(*) Profesor y periodista. Miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera
Jean Paul Sartre decía, hace casi medio siglo, que ''una filosofía se constituye para expresar el movimiento general de la sociedad y, mientras vive, ella es la que sirve de medio cultural a sus contemporáneos'', o que ''la filosofía sigue siendo eficaz mientras se mantiene viva la praxis que la ha engendrado'', y que, en ese sentido, ''el marxismo es la filosofía insuperable de nuestro tiempo''.
Ha pasado el tiempo y aquellas palabras han quedado como una admirable pieza de museo, que además de su elegancia y precisión tienen el mérito de ilustrar la percepción que una parte de la intelectualidad y las elites políticas de la época tenían de la realidad. Otro gran pensador francés, Raymond Aron, en una de sus tantas polémicas con Sartre, le respondió que el marxismo era ''el opio de los intelectuales'', un humo que los embriagaba y los confundía y les impedía ver y entender el mundo.
Por su pesimismo y por sus vaticinios, los hechos parecieron darle la razón a Aron. La caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética confirmaron la idea de Aron de que el comunismo iba a terminar en un gran fracaso. Y con el correr de los años el marxismo dejó de ser ''la filosofía insuperable de nuestro tiempo'' y fue desapareciendo de la agenda filosófica y política de la modernidad, aunque Karl Marx quedó en la galería de los grandes pensadores clásicos, que siempre tienen algo verdadero que decir. Pero el eclipse del marxismo no se explica solamente por el fracaso del comunismo como sistema político y económico, que después de todo tenía muy poco de marxista. Se explica también porque la praxis que lo había engendrado, siguiendo la terminología sartreana, no se mantuvo viva. Dicho de otro modo, la clase obrera dejó de ser el motor de la historia, la vanguardia de la revolución o de las grandes reformas sociales.
En la sociedad de la información, la clase obrera, en el sentido tradicional de la palabra, desapareció. Hay trabajadores, por cierto, pero que no constituyen una clase social como la pensaba Marx. Y han aparecido, a su vera, otros sujetos sociales que tienen tanta importancia como aquéllos: los desocupados, los pobres, los inmigrantes, los jóvenes desarraigados, que forman una vasta y heterogénea constelación social y cultural. Ello sucede en Europa, Estados Unidos y también en América latina, donde se agregan dos componentes que están teniendo una creciente gravitación: los campesinos pobres y las poblaciones aborígenes. Estos dos últimos grupos sociales tuvieron una fuerte incidencia en la victoria de Evo Morales en Bolivia y en el apoyo a Ollanta Humala en las elecciones presidenciales peruanas, en las que obtuvo el segundo lugar con el 47 por ciento de los votos. Y en Chile se produjo una ''revolución de los adolescentes'', una movilización de estudiantes secundarios que durante tres semanas exigieron una educación más igualitaria y de mayor calidad. Y en la Argentina tenemos a los piqueteros y los ambientalistas, entre otros.
En Córdoba se está programando un gran acto popular para la Cumbre del Mercosur, el 20 y 21 de julio, del que serían oradores Hugo Chávez y Evo Morales. Son las expresiones políticas de los nuevos movimientos sociales.

José Cademartori *
Abril 2006
El giro a la izquierda, tendencias y peligros
Que hay un giro a la izquierda en la política de América Latina, en comparación con el decenio de los noventa, es algo difícil de negar. Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Haití son los casos más notorios, pero no los únicos. Es un proceso que irrumpe al inicio del siglo XXI con la victoria de Hugo Chávez y sigue con las elecciones de Lula, Kirchner, Tabaré Vásquez y Evo Morales. En la misma línea se inserta el contundente triunfo de René Preval, la altísima votación de un candidato contrario al TLC en la tranquila Costa Rica, los avances del F. Farabundo Martí en El Salvador y de los sandinistas en Nicaragua. Nuevas expresiones de esta tendencia cabe esperar en uno o más de los próximos eventos electorales en el 2006, en Perú, México, Ecuador, Nicaragua o Brasil.
El actual giro a la izquierda tiene sus raíces en el malestar generalizado de extensos estratos sociales excluidos o postergados. Así lo testimonian las innumerables y masivas expresiones de resistencia contra las consecuencias del libre mercado y la globalización transnacional y en repudio a “la clase política” y sus instituciones, cada vez más alejadas de sus representados. La profunda crisis económica y social de los últimos veinte años del siglo - aumento del desempleo, indigencia extendida, desigualdades crecientes, desmantelamiento de servicios públicos, incremento y mal uso de la deuda externa – se transformó en crisis política. Políticos otrora poderosos como C.A. Pérez, Menem, Sánchez de Losada y Fujimori, fueron ignominiosamente derribados por la presión popular. Varios Presidentes fueron obligados a renunciar en medio de rebeliones populares. Partidos de larga vigencia como Acción Democrática y el COPEI en Venezuela, el MNR en Bolivia, Colorados en Uruguay, el PRI de México, perdieron drásticamente sus bases de apoyo. El giro se ha expresado en el surgimiento de nuevos líderes de extracción popular, en el papel protagónico de movimientos sociales inéditos y en el acceso al gobierno, con apoyo ciudadano mayoritario o relativo, de frentes, movimientos o partidos de trayectoria de antiguo o nuevo ideario izquierdista.
Desde luego, los nuevos regímenes están sometidos al ataque graneado de los partidos desplazados y del gran capital nacional con sus poderosos recursos mediáticos, los cuales buscan minar el apoyo ciudadano y sustituirlos por gobiernos que restablezcan la “normalidad anterior”. Washington no oculta su disgusto por el curso de los acontecimientos y apunta sus fuegos a lo que llaman “el eje del mal”, Cuba-Venezuela-Bolivia . Urden todo tipo de maniobras en su contra, con la complicidad de sus aliados más afines como Uribe, Fox y Toledo. Presiona a los demás gobiernos, con exigencias o halagos, para alinearlos junto a sus intereses mundiales y regionales. Particular atención pone en Brasil, Chile y Uruguay, a los que considera gobiernos “moderados”, con miras a evitar su radicalización y contraponerlos a la orientación latinoamericanista de Cuba, Venezuela, Bolivia y hasta cierto punto Argentina. Bush consiguió algunos éxitos como los TLC bilaterales, ya en funcionamiento con México y Chile y otros, en diverso estado de avance con Centroamérica, República Dominicana, Perú, Colombia y Ecuador. Logró que algunos gobiernos respaldaran la invasión de Irak y enviaran tropas auxiliares a Afganistán e Irak. Obtuvo que Brasil, Argentina y Chile enviaran tropas a Haití, aunque no consiguió su objetivo de torcer hacia la derecha la voluntad de los haitianos. Logró la autorización para la instalación de bases militares en Ecuador y Paraguay, con inmunidad judicial para sus tropas. Pero, también Bush ha cosechado sonadas derrotas como el intento de condenar a Venezuela en la OEA, la negativa a unificar o coordinar los ejércitos bajo el Pentágono, la pérdida de su favorito como Secretario General de la OEA y el fracaso del ALCA en la cumbre de Mar del Plata.
Izquierda, derecha y centro
El giro a la izquierda reactualiza los conceptos de “izquierda” y “derecha”, los que son objeto de diversas interpretaciones. Hay quienes sostienen que ya no tienen vigencia. Algunos prefieren el término “populista” para descalificar a los gobiernos o las medidas que rechazan el recetario neoliberal y proyectan nuevas alternativas. La derecha política se autodenomina de centro-derecha para camuflar su relación con la plutocracia y ampliar su espectro electoral. Sin embargo, los términos izquierda y derecha vuelven a ser utilizados. Ellos designan, aunque de un modo simplificado, el continuo alineamiento en dos bandos que caracteriza la lucha política, sobre todo en medio de la crisis de poder y en los momentos álgidos. Y, como bien sabemos, la política es la expresión concentrada de los intereses sociales y económicos de las dos principales clases en pugna en el capitalismo, lucha que, en diferentes ámbitos y con diversa intensidad, se prolonga durante todo el período de tránsito hacia una nueva sociedad. Por otro lado es importante tener en cuenta a las capas medias, antiguas y nuevas, cuyos líderes y partidos disputan el poder, sea intentando una difícil equidistancia de ambos polos o bien, inclinándose a uno u otro bando, según quien tenga más fuerza. En algunos de los nuevos gobiernos, al lado de sectores izquierdistas que los apoyan hay un mayor peso de corrientes centristas y aún de derecha. En otros, predominan las fuerzas de izquierda, con presencia de sectores de centro.
En los debates al interior de la izquierda se manifiestan dos tendencias extremas, pero igualmente negativas. Una, asimilable a la socialdemocracia europea que estando en la oposición critica el modelo neoliberal, pero una vez en el gobierno abandona las críticas y las reformas prometidas y cede, a las exigencias de Washington y las oligarquías internas. Esta corriente designada también como “moderada” o renovada se permite apenas atenuar los efectos negativos de las políticas ortodoxas, mediante cambios superficiales o medidas asistenciales a favor de grupos minoritarios. La tendencia “moderada” puede afianzarse durante algún tiempo, pero a la larga frustra las esperanzas de los pobres y excluidos que terminan por repudiarla. La derrota puede afectar a la propia izquierda consecuente, sea que esté dentro o desde fuera del gobierno, si se muestra pasiva o incapaz de rectificar, con el apoyo de masas, el rumbo de la coalición gobernante. La otra corriente, a la que podemos llamar “extremista”, pretende identificar la izquierda sólo con medidas inmediatas de un supuesto carácter “socialista”. (expropiaciones, hostilidad a los empresarios pequeños y medianos, reivindicaciones económicas insostenibles, supresión del mercado, etc.) Esta corriente desestima la correlación de fuerzas, la capacidad del enemigo de clase y el estado de conciencia, organización y ánimo de las grandes masas. El ultrismo de izquierda niega dogmáticamente la necesidad de acciones comunes o alianzas con sectores de centro que permitan consolidar la base política para ulteriores avances. La izquierda sectaria, es casi por definición una corriente con cierto ruido, pero con escaso apoyo de masas. Aunque carece de viabilidad, puede generar consecuencias negativas que frustran las posibilidades de derrotar a los enemigos principales, al fomentar la división y debilitar las fuerzas del frente antineoliberal que hoy se necesita.
La Unidad Popular, compendio de aciertos y errores
La historia del gobierno de la Unidad Popular nos dejó lecciones que pueden servir para esta discusión. Para ello es necesario tener en cuenta algunos hechos básicos. El triunfo electoral de Allende fue un triunfo relativo, (el 36% del electorado) lo que hace una importante diferencia con la magnitud de las victorias de Chávez, Tabaré Vásquez y Evo Morales. En Chile no había otra alternativa que pactar con la democracia cristiana para ratificarlo en el Congreso. En todo caso, el no tener la mayoría absoluta no nos inhibió para llevar a la práctica en tres años, buena parte del programa comprometido, haciendo uso de las atribuciones presidenciales. Así nuestra minoría fue creciendo de modo que en las elecciones nacionales de 1973, aumentamos el caudal de sufragios hasta el 44% y del mismo modo, la representación parlamentaria, curso que de no haberse interrumpido por el golpe, habría permitido alcanzar la mayoría absoluta en 1976. Nuestros adversarios no tuvieron dudas que estábamos construyendo los primeros pilares de una nueva economía y una nueva sociedad, y por eso no se arriesgaron a esperar hasta 1976 y después de Marzo de 1973 lanzaron con todo a la preparación del golpe.
Una primera lección es que no supimos resolver el problema de la estabilidad y continuidad democrática de este primer gobierno izquierdista en nuestra historia. Era cierto que contamos con el respaldo de la mayoría absoluta en la calle para realizar la nacionalización del cobre, democratizar la banca, nacionalizar la telefonía y otras industrias básicas, así como para impulsar a fondo la reforma agraria y para dictar no pocas leyes de beneficio social. Pero no tuvimos el apoyo parlamentario para legislar sobre otros importantes temas, como sancionar los delitos económicos, efectuar la reforma tributaria, consolidar las tres áreas de la economía, institucionalizar la participación popular y los cambios democráticos en el sistema judicial. La mayoría en el Congreso era necesaria también para aplicar el estado de sitio y otras medidas de excepción para aplastar los actos terroristas, las campañas mediáticas subversivas y el sabotaje de que fuimos objeto. Es decir, se necesitaba una mayoría política democrática con base de masas más allá de la UP, para aislar e impedir los designios de la derecha golpista. Los acuerdos con partidos de centro eran viables, al menos en un comienzo, dadas las coincidencias programáticas con la democracia cristiana, aunque dentro de ella convivían demócratas y progresistas junto con reaccionarios y golpistas. Al no concretarse esos acuerdos, la derecha tuvo el campo libre para atraer a la mayoría DC a sus planes subversivos. A medida que crecía el peligro del golpe, Allende estuvo dispuesto a hacer algunas concesiones a la DC para consolidar las reformas estructurales realizadas y asegurar la continuidad democrática. Como es sabido, algunos partidos de izquierda se opusieron tajantemente a los esfuerzos de Allende por llevar adelante esa estrategia, con el argumento de que la democracia cristiana y no la derecha golpista, era el enemigo principal. Asimismo se opusieron a la colaboración con el general Prats y los militares constitucionalistas quienes, mientras estuvieron en funciones dieron pruebas de capacidad para defender la seguridad interna, fueron leales al Presidente y aceptaron el programa de gobierno; a la vez, no estaban dispuestos a excederse del mismo y exigían el fin de las acciones provocadoras promovidas por la ultra izquierda (y por elementos infiltrados) y que afectaban a las capas medias.
Otra lección que nos dejó la Unidad Popular es la necesidad de mantener la unidad de la izquierda en torno al programa comprometido y a los liderazgos reconocidos. Es la exigencia más profunda, no siempre cumplida, de las grandes masas del continente cuando gritan a todo pulmón: “la izquierda unida jamás será vencida”. El programa tiene importancia porque define la estrategia para unas condiciones determinadas. El intento voluntarista de ir más allá para “apurar el proceso”, sin tener en cuenta las condiciones objetivas o, en el otro polo, renunciar al compromiso de cambiar el modelo neoliberal y congraciarse con sus profitadores, resultan en ambos casos, funestos. Las diferencias sobre tácticas o medidas concretas en relación al programa no debieran acallarse, pero sí mantenerse en los marcos del respeto debido a las personas, a las promesas y a los métodos acordados para resolver las diferencias. Para cumplir el programa es decisivo el apoyo mayoritario de los trabajadores de la ciudad y del campo, el cual sólo se puede asegurar mediante la participación informada, masiva, organizada y activa de sus bases sociales y políticas frente a todas y cada una de las decisiones gubernamentales, en su implementación y control.
Chile actual, ¿centroizquierda o centroderecha?
Para comprender la “excepcionalidad“ de Chile con respecto al panorama latinoamericano actual, hay que recordar los diecisiete años de la dictadura pinochetista. La implantación duradera del sistema neoliberal no habría sido posible sin el terror masivo, el aniquilamiento de toda una generación de valiosos cuadros, el aplastamiento de toda disidencia, la liquidación de las leyes de seguridad social y de la base productiva industrial, la erradicación de la memoria histórica y la renuncia de los ideales socialistas de una parte importante de sus dirigentes. Desde el fin de la dictadura Chile es presentado erróneamente como ejemplo de izquierda moderada, como el exitoso modelo a seguir en el continente. El sustento de este modelo es un bloque de clases que va desde los multimillonarios hasta capas medias ascendentes que influye en sectores populares, algunos ilusionados con un futuro mejor y otros resignados a lo que hay. La derecha y una parte de la concertación concuerdan en lo esencial de la institucionalidad pinochetista y la ideología neoliberal. Las transnacionales y los grupos financieros locales son los grandes beneficiados del modelo chileno, pues sus elevadas tasas de ganancias y la acelerada acumulación de riquezas en sus manos, su penetración ideológica e influencia política, nunca habían sido tan grandes como ahora. Pero, la derecha política y económica chilena está al acecho, siempre teme perder sus privilegios y se siente con capacidad de reasumir todos los poderes del estado. Estuvo muy cerca de lograrlo por vía electoral en 1999 y en el 2005. Sus partidos, Udi y Renovación Nacional, ejercen una influencia desproporcionada en la política nacional. Para ello disponen de recursos ilimitados para comprar voluntades y se valen de los grandes capitalistas que dictan la pauta en los monopolizados medios de comunicación. Los altos quórum que Pinochet impuso para aprobar las modificaciones a su Constitución y a las leyes “orgánicas”, entre ellas, el sistema electoral binominal, le permite a la derecha una sobre-representación en el Congreso Nacional principalmente a costa de la izquierda y también de la concertación, pues con sólo un 33% de la votación nacional puede alcanzar cerca de la mitad de los asientos en el Congreso. Con esa minoría la derecha puede bloquear toda iniciativa legal que necesite altos quórum para aprobarse. Por su lado, los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos aceptaron lo que llaman “el consenso democrático”, una especie de co-gobierno tácito que se traduce en legislar con el acuerdo de la derecha. El consenso se materializa en un cuoteo constante de los cargos en la Corte Suprema, la Televisión estatal, el Banco Central y otros servicios públicos. La cúpula empresarial generalmente propone la agenda que los ministros después aplican. Aún cuando los partidos de la concertación cuentan con una innegable base de apoyo popular, para al cual poco se toma en cuenta, su desgaste es indiscutible. En las dos últimas elecciones presidenciales la concertación ha debido someterse a la segunda vuelta y requerido del menor, pero decisivo apoyo de la izquierda opositora para superar a la derecha y mantenerse en el gobierno. Los grupos o corrientes de izquierda dentro de los partidos gobernantes son débiles e inestables y, aunque formulan críticas y propuestas justas, tienen escasa influencia en las decisiones gubernamentales. Cuando estos parlamentarios se rebelan, el gobierno recurre a los votos de la derecha para hacer aprobar sus leyes. Más que de centro izquierda, los gobiernos de la concertación han sido de centro-derecha.
La reestructuración y modernización capitalista en Chile está sustentada en varios factores: Un aumento de la productividad que crece muy por encima de aumento de los salarios, lo que reduce continuamente la proporción de éstos en el valor agregado; una superexplotación de trabajadores informales desprovisto de derechos; la destrucción sistemática de bosques naturales, recursos pesqueros, agotamiento de minerales y el empeoramiento del medio ambiente; una política estatal de subsidios y privilegios al capital, excepcionalmente favorable en el marco mundial. La reestructuración neoliberal ha sido profunda y no será fácil de revertir. Sin embargo, sus consecuencias sociales son innegables: alta y crónica falta de trabajo entre los jóvenes a pesar de su mayor escolarización, bajos salarios, despidos arbitrarios y otros abusos, extenuantes jornadas, múltiples y escandalosas desigualdades, crecimiento de la delincuencia, deterioro de la convivencia familiar, temor al futuro. Ya está reconocido que Chile tiene una de las peores distribuciones del ingreso nacional en el mundo. No obstante como lo demuestran numerosos estudios sociales, las continuas protestas y movilizaciones y como lo confirmó el debate electoral, ahora hay más conciencia en la gran mayoría de los chilenos que los duros sacrificios que soportan sobre todo en términos de calidad de vida, sólo sirven a una minoría que se enriquece ostentosamente.
El cuarto gobierno de la concertación, presidido por Michelle Bachelet con su historial de víctima y luchadora contra la dictadura, ha creado esperanzas en diversos círculos, abonadas con la espectacular mejoría del precio del cobre y de otras materias primas en el mercado mundial. A ello se agrega una mayor presencia de la izquierda extraparlamentaria en el escenario político por la creación del Juntos Podemos Más, y la nueva mayoría para la concertación, en ambas ramas del Congreso. Sin embargo, en los pocos meses en el cargo, Michelle Bachelet ha enfatizado más los rasgos de continuidad que los de cambio. Continuidad con los gobiernos anteriores en materias económicas, por lo cual designó entre sus principales ministros a tecnócratas formados en la línea neoliberal, para gran satisfacción de los círculos financieros y empresariales. Se advierte continuidad en las relaciones con el gobierno de Bush en materias como el ALCA y la globalización neoliberal, sin cuestionar tampoco sus acciones agresivas en la arena mundial. Se continúa en la búsqueda de acuerdos parlamentarios con la derecha para las reformas prometidas. No obstante, la Presidenta es deudora de compromisos concretos sobre algunas reformas democráticas, como el sistema binominal, los fondos de pensiones y relaciones laborales. Es cierto que ha dado algunas señales positivas en derechos humanos y en las relaciones con nuestros vecinos, principalmente con Bolivia. Dependerá de las fuerzas y organizaciones sociales y de izquierda hacer pesar su influencia de masas para que se cumplan los cambios que el pueblo espera.
Propuestas de izquierda en el continente
Lo que a continuación se propone es examinar el programa y las acciones de las fuerzas de izquierda para sacar a nuestros países del marco neoliberal en que se encuentran atrapados y avanzar hacia la superación de la pobreza, las desigualdades, el atraso, la exclusión y la dependencia. Se trata de saber cuáles son los pasos necesarios para avanzar en la dirección hacia la nueva sociedad. Para muchos de nosotros, ella es el socialismo y para otros puede tener otros nombres, pero sobre el contenido hay similitudes y divergencias superables sobre la marcha. Por cierto, esta es una tarea que deben resolver los propios actores de cada país, líderes gubernamentales, partidos revolucionarios y progresistas, movimientos sociales. No se trata de inventar fórmulas generales, iguales para todos sino partir de las demandas y necesidades comunes a todos nuestros pueblos pero que se expresan de manera distinta en cada caso. Habrá que probar nuevos caminos y prestar especial atención a la propia experiencia de éxitos y fracasos.
La estabilidad política y la seguridad ciudadana.
Garantizar la estabilidad política y el orden público contra las amenazas de subversión de las fuerzas reaccionarias internas y externas, son obligaciones prioritarias del gobierno de izquierda. Esto implica asegurar en todo momento el sometimiento de las fuerzas armadas, la policía, los tribunales, los servicios de inteligencia a la ley y a sus autoridades legítimas. Para eso se necesita el apoyo popular activo y organizado. Peligros de golpes de estado, dictaduras reaccionarias o retrocesos seguirán existiendo. Por eso, tienen una gran trascendencia para nuestro continente las movilizaciones decididas del pueblo venezolano, junto a sus fuerzas armadas democráticas, que permitieron derrotar el golpe de estado del 2002, el boicot petrolero, los paros patronales y los atentados criminales que amenazaron la continuidad de la revolución bolivariana en los años pasados. Como lo ha reiterado el Presidente Chávez hay que estar preparados para nuevas amenazas.
Asegurar el funcionamiento del orden público es indispensable para llevar adelante el programa económico y social. La desestabilización provoca retrocesos graves en la economía, detiene su crecimiento o recuperación y demora el mejoramiento de las condiciones de vida de los más pobres. También tiene importancia política el combate a la delincuencia, demanda muy sentida por numerosos estratos sociales. Es cierto que la parte del pueblo más combativo y sufrido, es capaz de comprender y aguantar las consecuencias de la desestabilización, pero en otro sector puede cundir el desánimo y su deserción o abstención por minoritaria que sea, puede ser decisivo en las urnas. Entre otros, la derrota de los sandinistas en 1990, después de un decenio de gobierno, es uno de los varios ejemplos que ilustran esta verdad.
Una política nacional, continental y mundial independiente.
Vivimos en el continente una inevitable confrontación entre la política imperial de los EE.UU. y las necesidades de nuestras naciones, ser libres e independientes para construir nuestro destino o someternos a la voluntad ajena. La historia contemporánea abunda en ejemplos brutales de intervención norteamericana en nuestras políticas internas. Han pagado caro los políticos que creyeron obtener trato privilegiado para su país, entregando la soberanía y apartándose de la hermandad latinoamericana.. Podrá haber diferencias de estilo entre las administraciones republicanas y demócratas; pero, hay un consenso dominante en la clase gobernante: América Latina debe tener gobiernos incondicionales o aliados confiables, de lo contrario, serán combatidos, sin detenerse ante medios encubiertos, ilícitos o inmorales. Nuestra disyuntiva es mantenernos como patio trasero o levantar casa propia; formar parte de un solo territorio de Polo a Polo controlado por EE.UU. , sus capitales y normas o bien construir nuestra propia integración económica, cultural y política. En dos palabras la alternativa es panamericanismo o latinoamericanismo. Ahora la globalización no da tiempo ni espacio para la indefinición.
Ante el cúmulo de tratados, convenios, acuerdos y otras formas de sometimiento a Washington o a Wall Street será difícil deshacerse de ellos de un plumazo. Se necesitará tiempo para revisarlos, modificarlos, si es posible de común acuerdo, o de lo contrario, desahuciarlos, cuando sea el momento adecuado. Pero, desde ya hay que cerrarle el paso a toda ingerencia o imposición a la soberanía nacional, en la economía como en la seguridad interna. (No olvidamos que en Chile, desde nuestro propio Ministerio de Defensa, los adictos militares norteamericanos y otros “especialistas” ejercieron directa intervención en la preparación del 11 de Septiembre) Graves peligros trae la aceptación de bases militares estadounidense, peor si incluyen prerrogativas de impunidad. Las operaciones, ejercicios y maniobras militares conjuntas, así como los cursos de entrenamiento son también recursos que se han demostrado perniciosos para la formación de nuestros ejércitos. Así también lo es la dependencia de pertrechos de una sola fuente. Las posibilidades de contar con una industria de armamentos latinoamericana debieran impulsarse.
Crecen los sentimientos nacionales contra el ALCA o contra los tratados bilaterales de libre comercio o inversiones con Washington. Deben ser respaldados desde los gobiernos. Los plebiscitos debieran dirimir la decisión final. Entretanto debemos avanzar en la materialización de los acuerdos de cooperación entre nuestros países. Los tratados subregionales de libre comercio, como el MERCOSUR y otros necesitan profundas reformas, ampliarse a otras esferas como la financiera, cultural y política y de participación de la sociedad, la coordinación productiva, de inversiones y mecanismos de solución de controversias. La recién creada Comunidad Sudamericana de Naciones no debe quedar sólo en el papel. El ALBA, impulsado por el Presidente Chávez, cuyos principios de solidaridad y cooperación se están llevando a la práctica en las relaciones entre Cuba y Venezuela, muestra el camino de complementación y beneficio mutuo que de extenderse nos favorece a todos. Los acuerdos y convenios de cooperación en materias concretas, de Venezuela con Argentina, Brasil, Uruguay son positivos. Están las propuestas venezolanas como Petrosur, Telesur, el Banco del Sur y el gasoducto del Sur. Una tarea prioritaria es resolver los conflictos fronterizos como el de Chile con Bolivia o superar los nuevos como el de las papeleras, entre Argentina y Uruguay. Se requieren mecanismos jurídicos para solventar las diferencias. Es indispensable un trato equitativo y formas de ayuda a los países más pobres o más atrasados, o a los más pequeños, lo que parece no ha ocurrido en los casos de Uruguay y Paraguay. La formación de un frente común para tratar asuntos con terceros, tales como la Deuda Externa o la relación con los organismos internacionales tipo FMI, Banco Mundial y OMC, se hace cada vez más necesaria, a medida que las grandes potencias quieren imponer sus conveniencias exclusivas. Incluso el frente común con otras naciones subdesarrolladas, en el que se han dado los primeros pasos resulta altamente conveniente y permite en todo caso mejores resultados que las negociaciones por separado. Nos empeñamos por un giro en la política exterior chilena que hasta ahora ha estado de espaldas al continente, ha reducido su atención a asuntos puntuales y aceptado acríticamente la globalización transnacional.
La defensa de nuestros recursos naturales
Contra la opción neoliberal de desnacionalizar y privatizar nuestros recursos naturales, la izquierda levanta la recuperación para la nación de su propiedad y administración. Venezuela lleva adelante en esta materia una política ejemplar. La “nacionalización” del petróleo durante C.A. Pérez dejó amplios márgenes para revertirla en los gobiernos posteriores, bajo los cuales las transnacionales se apropiaron de grandes reservas y la industria estatal fue saqueada por administraciones corruptas, mientras su aporte al estado fue reduciéndose. Chávez detuvo los procesos encubiertos de privatización, obligó a las compañías privadas a convertirse en empresas mixtas con mayoría accionaria y control del estado, aumentó el royalty o pago de regalías del 1% al 16% y elevó del 35% al 50% el impuesto sobre las ganancias. Pdvesa, la empresa estatal mejoró su administración e ingresos, más allá del alza del precio del petróleo y aumentó los aportes al estado que se han convertido en financiamiento de proyectos e inversiones sociales y productivas. A la vez, el gobierno bolivariano revirtió la tendencia pronorteamericana de boicotear a la OPEP adoptada por los gobiernos anteriores y, por el contrario, reforzó sus vínculos con los otros productores. Al mismo tiempo practica una política de solidaridad con los países de Centroamérica y el Caribe y ofrece cooperación a las naciones del cono sur.
El ejemplo venezolano se extiende. En Bolivia, antes del ascenso de Morales ya se aprobó una ley mediante la cual se les aumentan los impuestos a 26 compañías extranjeras que extraen hidrocarburos, cuya producción estará controlada por el estado. Bolivia ha dado otro paso trascendental al nacionalizar sus hidrocarburos, sometiendo a las petroleras a los intereses del estado. En Ecuador se discute una ley para recabar mayor participación del estado en la industria. En Argentina, Kirchner mantiene una pugna con las compañías privatizadas por la fijación de los precios internos, las restricciones a la exportación de gas en aras del consumo nacional y por el incumplimiento de los contratos de inversiones. Al mismo tiempo creó la empresa estatal Enarsa que se propone tener un activo papel en la industria energética.
En Chile, en cambio los gobiernos de la concertación legitimaron las normas pinochetistas contrarias a la constitución vigente, para privatizar enormes reservas de cobre, oro, molibdeno, plata y otros metales, de propiedad del estado. Hoy cerca del 70% del cobre extraído se exporta sin ninguna elaboración por transnacionales, las que cancelan con bajos impuestos o sin pagar nada, gracias a los vacíos legales y a la falta de control. La lucha de la izquierda ha logrado hasta ahora preservar la estatizada Corporación del Cobre de los múltiples intentos de privatizarla e implantar por primera vez un royalty, reducido por el congreso nacional a menos de un 1%. La Presidente se ha comprometido a no privatizar Codelco, pero, a mantener el privilegiado estatuto de las compañías privadas. Nada ha dicho de eliminar el tributo a Codelco de exclusivo beneficio para las Fuerzas Armadas que les ha permitido financiar un enorme gasto armamentista, mientras se niegan los recursos para necesidades sociales.
La batalla por nuestras riquezas naturales se amplía hoy a la recuperación para la nación de las fuentes acuíferas, bosques nativos y de las empresas privatizadas del agua potable y alcantarillado, a la preservación, limpieza o descontaminación de las costas, lagos y ríos, bosques naturales y aire, en defensa de la vida de los campesinos, indígenas pescadores y pobladores urbanos que son sus principales víctimas. En todo el continente proliferan estos conflictos, con ejemplos notables de victorias populares como en Cochabamba por la reconquista del agua potable o en Uruguay por la defensa de las empresas públicas. En Chile, dos grandes proyectos transnacionales destinados a arrasar con el valioso bosque nativo en Tierra del Fuego y Puerto Montt fueron cancelados gracias a la lucha de masas. La planta de celulosa que contaminó el río Cruces y ocasionó la muerte masiva de cisnes es una batalla que aún prosigue, como también el intento de la Barrick Gold de arrasar con las reservas acuíferas y auríferas de Pascua Lama o la intención de las eléctricas que pretenden usar las privatizadas fuentes de agua para inundar valiosas tierras vírgenes en Aysén.
Políticas financieras, monetarias y fiscales
La reorientación del crecimiento hacia un desarrollo cualitativo y la necesidad de reducir la pobreza, exige un cambio en las políticas neoliberales que campean en el área financiera. Estas favorecen la concentración y aprovechamiento de enormes activos ajenos para la manipulación de grupos privados nacionales o extranjeros. Estos grupos han acrecentado su poder y riqueza, gracias a las privatizaciones de bancos estatales, a cuantiosos subsidios fiscales a grupos privados en bancarrota, o a la administración privada de fondos de pensiones o de salud, de seguros obligatorios y de depósitos o títulos de pequeños ahorrantes o inversionistas. La ganancia o renta financiera ahoga la producción.
La supuesta autonomía de los Bancos Centrales del gobierno se ha convertido en una dependencia de los tecnócratas que los administran, según las conveniencias de los banqueros privados y otros grupos financieros. Esto se revela en la política cambiaria, sea del tipo fijo o libre flotación, la que en algunos momentos casos favorecen a los grandes importadores y en otras, a los grandes exportadores. Problemas como el desempleo, la escandalosa distribución de los ingresos y la pobreza no interesan a los ejecutivos de los bancos centrales, en cambio, en aras de sus concepciones neoliberales se oponen a los aumentos salariales y favorecen los incrementos de las ganancias privadas. En la fijación de las tasas de interés con que el Banco Central presta a los bancos privados, éstos se aprovechan para aumentar sus propios márgenes que cargan principalmente a sus deudores medianos o pequeños o a los consumidores en las compras a plazo. Una dura pugna se planteó entre el gobierno venezolano y el directorio del banco central en torno a la política monetaria, la administración de reservas de divisas, la política de importaciones y otros asuntos. Finalmente la doctrina de la autonomía fue dejada de lado y la política del banco se somete a las directrices gubernamentales. En Argentina, el banco central bajo los gobiernos de Menem y De la Rúa, fue incapaz de advertir y prevenir la grave crisis que se avecinaba por las políticas recomendadas por el FMI. Sólo después que éstas fueron desechadas, especialmente la llamada convertibilidad” y el tipo de cambio fue devaluado y ajustado, pudo el país entrar en una decidida recuperación.
Es evidente que el estado debe tener facultades amplias de control y orientación del sistema financiero. Debe moderar las altas ganancias de estos capitales basadas en el costo excesivo de las comisiones e intereses que cargan a los usuarios modestos, reducir mediante controles estrictos la especulación bursátil y cambiaria, la fuga de capitales al exterior, el lavado de dinero, sea del narcotráfico, de fraudes, operaciones ilícitas o por la evasión tributaria. La historia de muchos de nuestros países recomienda aumentar la capacidad de los bancos o corporaciones financieras estatales, sea para financiar el crédito a largo plazo para inversiones productivas, especialmente de interés nacional, para el apoyo a las pymes, o al crecimiento de regiones y localidades atrasadas o empobrecidas. Las nuevas instituciones creadas por el gobierno bolivariano – como el Banco de la Mujer- son dignas de observar; también el impulso dado al Banco del Desarrollo del Nordeste de Brasil para inversiones públicas.
Las políticas financieras y presupuestarias requieren cambios. Desde luego no se trata de incurrir en déficit insostenibles ni en saldos negativos en la balanza de pagos, por gastos excesivos, ni menos una expansión irracional del dinero circulante. El control de la inflación en rangos de un dígito, es posible y necesario, pero aplicando nuevos métodos que ataquen la especulación y los poderes monopólicos, apoyen la acción concertada de los consumidores, aseguren el aumento de la inversión en la producción deficitaria y desalienten el consumismo y el endeudamiento excesivo. Velar por el equilibrio de la balanza de pagos, asegurar el mantenimiento de reservas adecuadas de divisas, sostener el tipo de cambio a niveles que protejan la producción nacional y las exportaciones de la competencia desleal del exterior son objetivos que ayudan a la independencia económica y se pueden lograr mejor con una intervención preventiva apropiada del estado y no cuando las crisis financieras están desatadas. El equilibrio fiscal debe ser un objetivo en el mediano plazo y no necesariamente anual, por lo que es innecesario mantener ociosos grandes superávits en las cuentas fiscales. Donde es posible políticamente, lo mejor es la condonación de la deuda externa. Pero también puede renegociarse como lo impuso Allende contra la voluntad de Nixon, sin aceptar condicionamientos y con netos beneficios al país.
En una situación económica mundial favorable, el continente se ha favorecido con el aumento de los precios de sus materias primas y el repunte de sus exportaciones. Pero las políticas macroeconómicas y sus resultados no han sido iguales para todos. Desechando los criterios neoliberales, el gobierno de Chávez ha avanzado en reducir los fuertes desequilibrios macroeconómicos heredados y causados por el sabotaje petrolero. El PIB se recuperó en el 2004 y creció en el 2005 en 9%, siendo el más alto en el continente, mientras el sector no petrolero lo hizo todavía a un ritmo mayor. La inflación se ha reducido aunque todavía es más de un dígito, la desocupación sigue en baja, hay un alto superávit en la balanza de pagos, las reservas continúan aumentando. Se dictaron nuevos controles y normas para los bancos privados. El gobierno de Kirchner consiguió una notable recuperación de la producción agrícola e industrial desde la profunda crisis que dejó el neoliberalismo, pero el verdadero auge recién comenzaría en el 2006, si se mantienen las altas tasas de crecimiento del PIB. Ha sostenido un tipo de cambio favorable al país, aumentado sus reservas externas y conseguido un fuerte superávit fiscal, aunque la inflación se torna amenazante. Obtuvo una importante reducción de su endeudamiento externo con los acreedores privados, pero la cancelación anticipada de la deuda total con el FMI, sin descontar los costos que éste le infringió al país ha sido fuertemente criticada. En Brasil, la política financiera y presupuestaria siguió hasta ahora apegada a los lineamientos del FMI, aunque las privatizaciones se han detenido. Es cierto que logró un importante superávit de la balanza de pagos, aumentó la reserva de divisas, pero destinó buena parte de ella a cancelar anticipadamente la deuda externa con el FMI, antes que a inversiones públicas y otras demandas sociales. La inflación se ha reducido. Pero, el crecimiento del PIB ha sido pobre, frenado por una alta tasa de interés y una política presupuestaria restrictiva destinada a sostener los excesivos superávits fiscales, exigidos por el FMI. En Uruguay se mantienen vigentes los criterios impuestos por el FMI, que obligan a priorizar el pago de su enorme deuda externa. A la vez se aprobó el Tratado de Protección de Inversiones con EE.UU que otorga privilegios al capital norteamericano.
Políticas presupuestarias y sociales
Una de las primeras decisiones que deben adoptar los gobiernos de izquierda es la reestructuración del presupuesto público. Hay que cambiar las prioridades y dar señales fuertes del cambio, a pesar de las obvias limitaciones de corto plazo fijadas por las leyes vigentes, la necesidad de evitar déficit elevados y los endeudamientos condicionados con los organismos internacionales. La inversión social pasa a ser prioritaria. El gobierno venezolano incrementó fuertemente el presupuesto de educación y cultura, logrando desde ya un gran éxito en la liquidación del analfabetismo, en la ampliación de la cobertura escolar gratuita con prestaciones alimenticias. Otro tanto se ha avanzado en la expansión de los servicios de salud hacia los sectores más pobres de las ciudades y hacia zonas rurales abandonadas. En ambos casos ha contribuido el decisivo aporte de Cuba. Son importantes los programas de apoyo a los trabajadores cesantes, por cuenta propia, con créditos apropiados para nuevos emprendimientos. Evo Morales se inició con un fuerte recorte de las remuneraciones de los cargos públicos principales y elevó los precios a los hidrocarburos exportados. En Brasil, se puso en práctica los programas Hambre Cero, Bolsa Familiar, Valorización de la Agricultura Familiar y Microcréditos que, pese a sus insuficiencias, han tenido efectos favorables para los pobres. En Argentina se amplió el subsidio a los Jefes de Hogar desempleados, pero éste y otros programas sociales resultan todavía muy insuficientes. En Uruguay está en marcha el Plan de Emergencia para Indigentes y se aumentó fuertemente el presupuesto de educación. En Venezuela se lleva adelante la reforma tributaria, con fines de recaudación y de equidad, mediante la cual disminuyó la tasa del IVA, no obstante aumentó la recaudación de los impuestos a las empresas, gracias también a un fuerte control de la evasión. En los otros países esa reforma con fines de equidad está pendiente.
En Venezuela, Brasil y Argentina el desempleo viene disminuyendo, pero lentamente y es aún elevado. Se requiere un efectivo seguro de desempleo y otras medidas de fondo. Los indicadores de pobreza e indigencia han bajado, sobre todo desde los peores momentos de las crisis, pero siguen siendo altos. Menos notoria, y además por falta de datos más recientes, ha sido la disminución de la desigualdad y concentración de los ingresos. En Venezuela diversas políticas apuntan a ese objetivo. Son positivos algunos cambios operados en las relaciones laborales, pues, en varios de esos países se está recuperando el valor del salario mínimo, la afiliación a los sindicatos y los trabajadores organizados están retomando protagonismo, hay aumento en los salarios y mejores convenios colectivos. Algunas reformas legislativas favorables ya se han introducido en Venezuela, Brasil y Uruguay, con un mayor compromiso del estado a favor de los asalariados. Nuevos y más eficaces métodos de lucha de los trabajadores han aparecido, junto a una mayor independencia de las cúpulas sindicales. La reactivación de empresas paralizadas, en bancarrota o abandonadas por sus dueños, ha dado auge a las formas de propiedad cooperativa o de autogestión de los trabajadores, especialmente en Argentina y Venezuela que merecen el apoyo estatal. Finalmente en materia de derechos humanos y sociales, es importante el clima y las medidas adoptadas para esclarecer la verdad e imponer la justicia, en algunos de estos países. Es valiosa la nueva legislación y la política a favor de las comunidades indígenas que está operando en Venezuela. En materia agraria es fundamental la redistribución de la tierra, la entrega a los trabajadores del campo de tierras ociosas, el apoyo la protección social de las familias campesinas y a su desarrollo productivo, facilidades de comercialización. Venezuela está avanzando en todos estos objetivos, tanto mediante los cambios legales como en el apoyo en recursos. En Brasil, las organizaciones de los sin tierra reclaman con razón por el incumplimiento de las promesas y metas contraídas, un país en el cual la concentración de la propiedad es abismante. Dada la resistencia violenta de los terratenientes y sus bandas armadas con la complicidad de funcionarios públicos que se manifiesta en Brasil y Venezuela, es justo el reclamo de una acción más enérgica del estado para imponer el orden en apoyo de los campesinos. Otros sectores sociales perjudicados por el modelo neoliberal son la tercera edad y los mini y pequeños empresarios. La privatización de los fondos de pensiones debe detenerse, y reintroducirse reformas para un sistema más solidario, con aportes tripartitos, una administración de las pensiones sin fines de lucro, incorporar el sistema de reparto y utilizar los excedentes para la inversión social y productiva dentro del país y no para la especulación bursátil. El derecho a la pensión por vejez o invalidez debe ser universal.
Proyecto Nacional de Desarrollo, planificación, reindustrialización.
Una contraposición sustancial con la visión neoliberal es la que opone “el mercado libre” con la necesidad de nuevas métodos de planificación. En consonancia con ese criterio, la planificación, especialmente de mediano y largo plazo ha sido virtualmente eliminada o reducida a tareas circunstanciales o locales. Esto se ilustra con el papel autoritario que cumple el Ministerio de Hacienda en muchos países, como en el caso de Chile, en los que actúa como ejecutor de las demandas del capital y muro de las reivindicaciones sociales. Lo que se requiere es un papel más central y orientador de los ministerios de planificación que traduzcan en cifras las necesidades sociales y productivas del país, los recursos disponibles, plantee las tareas y metas a alcanzar y los mecanismos de control de su cumplimiento. No se trata de reeditar la planificación centralizada que lo decide todo, la cual es útil en tiempos de guerra o de emergencia. Pero en tiempos normales la planificación administrativa que pretende sustituir por completo a todos los demás actores, resultó profundamente dañina. Los consumidores, las pymes, los trabajadores, las regiones y localidades, las universidades, los profesionales y otros participantes del proceso económico deben expresar sus necesidades. Mercados regulados, controlados y crecientemente equitativos pueden ser un complemento de una planificación democrática.
En muchos de los programas de izquierda hoy se instala el concepto de proyecto nacional de desarrollo (o también proyecto de desarrollo nacional) Es la alternativa al modelo neoliberal que se niega a elaborar un proyecto de país y todo lo deja a la iniciativa del capital nacional o transnacional. En este proyecto está la concepción de un compromiso nacional, por tanto conocido, discutido y aprobado por los ciudadanos, para los cuales debe ser un derecho y un deber participar en su elaboración. Lo concebimos, no sólo como un programa de gobierno para unos pocos años, sino como un proyecto de largo plazo, con metas que requerirán decenios para materializarse, pero que en el camino nos permitirá saber si nos acercamos o nos alejamos de su cumplimiento. Será necesario sancionarlo como ley fundamental, por medio de plebiscito de modo que la mayoría nacional lo respalde. En armonía y coordinación con el proyecto nacional deben estar los procesos de integración latinoamericana que se vayan alcanzando en el continente. Del mismo modo, a nivel regional, local o comunal, se deben establecer mecanismos de consulta y decisión, como son entre otros, los conocidos presupuestos participativos existentes en diversos municipios.
En el concepto de proyecto nacional está la idea de ”desarrollo” y no de simple “crecimiento” del Producto Interno Bruto, la necesidad de contabilizar los costos y pérdidas por el deterioro ambiental, el concepto de industrialización o reindustrialización para expresar la superación de la etapa de simples productores y exportadores de materias primas en bruto o exportadores de trabajo sobreexplotado y no calificado, para pasar a una etapa superior de productos y servicios con mayor valor agregado y con mayor componente tecnológico. De allí la importancia de reemplazar gradualmente la dependencia absoluta de los mercados de los países ya industrializados por una amplia diversificación geográfica, en la que Asia ya ocupa un lugar importante para nuestros productos. Merece también el impulso de iniciativas innovadoras, el mercado común integrado de América Latina que puede ser la suma potenciada de cada uno de nuestros mercados nacionales.
Finalmente, en el proyecto nacional de desarrollo, un nuevo tipo de estado democrático con facultades y recursos suficientes debe cumplir el rol de motor e impulsor de los cambios, mediante, entre otras atribuciones, la de crear un conjunto de empresas públicas en los sectores estratégicos de la economía. Esta es otra idea fuerza, diametralmente contraria a la teoría y la práctica neoliberal. Ésta abomina del estado en cuanto a sus funciones como la promoción del desarrollo nacional independiente o proveedor de servicios sociales. El neoliberalismo concibe al estado ante todo como protector y estimulador del capital monopólico, dispuesto a asegurarle ganancias elevadas, al costo para todos los demás ciudadanos, de subsidios, ventajas tributarias y legales exclusivas.
Las reformas políticas del siglo XXI
El fin de las dictaduras de los ochenta no trajo regímenes democráticos auténticos y consecuentes. La desilusión ciudadana con los regímenes representativos no es una nostalgia hacia las formas dictatoriales, sino la demanda de democracias “efectivas” que atiendan los problemas económicos y sociales diarios que angustian a las masas. En diversos programas izquierdistas del continente se establece la consigna de sustitución total o reforma de fondo de la constitución vigente. No hay confianza que los actuales congresos legislativos, por la forma que son elegidos y por el predominio en ellos de personeros vinculados al gran capital, puedan o quieren introducir las demandas democráticas necesarias. La idea de asambleas constituyentes elegidas democráticamente para redactar nuevas constituciones gana terreno. La iniciativa de Chávez que culminó en una nueva constitución democrática para Venezuela, extensamente discutida por vastos sectores ciudadanos, ha sido una valiosa contribución a nuevas formas de democracia participativa. En Bolivia se abre paso la exigencia de asamblea constituyente. Las nuevas constituciones deben garantizar la plena vigencia de los derechos humanos, las demandas de reconocimiento de los pueblos indígenas, eliminar las limitaciones injustas para elegir y ser elegido, el derecho a plebiscito nacional y local para aprobar o rechazar leyes importantes, el derecho de los ciudadanos de revocar los mandatos de sus representantes en cualquier momento, la limitación de las funciones de los tribunales constitucionales que se colocan por encima de la soberanía popular, asegurar la justa reparticipación de beneficios y obligaciones a las regiones y localidades, elevar la autonomía de éstas sin perder la unidad del estado. Son también necesarias las reformas para sancionar delitos políticos como los atentados o golpes contra la democracia, los delitos económicos como el enriquecimiento ilícito, la democratización del poder judicial, la función social que debe cumplir la propiedad privada, la regulación de los medios de comunicación para que sirvan como medios de cultura y de val